―Maraduck, debes de entender que esto qué he hecho por Dalith, no es un juego con el que puede hacer lo que se le venga en gana ―resopló ―Lo que he hecho por su hija, es lo que su corazón de padre ha anhelado, por lo tanto, ella no podrá salir bajo ninguna luna llena ―comentó.
― ¿Por qué no puede salir cuando haya luna llena? ―preguntó sin entender nada.
―Lo que usted quería, era eso, que su linaje se hiciera fuerte que su hija fuera la mejor guerrera con una fuerza sobrehumana y eso es lo que he hecho ―respondió.
― ¿En qué la ha convertido? ―cuestionó.
―En una mujer fuerte, luchadora, de fuerza sobrehumana y en un licántropo ―mencionó Miyako.
― ¿Un licántropo? ―susurró.
―Mitad humano, mitad mujer lobo ―respondió.
― ¿Qué locura ha hecho? ―vociferó Maraduck molesto.
―He hecho lo que usted y su corazón han deseado muy en el fondo ―mencionó con cierto desdén.
―Pero no era eso lo que le pedí, no le pedí que hiciera de mi hija un monstruo solamente le pedí que la hiciera más fuerte ―expresó con rabia en sus ojos.
―Lo es, es más fuerte, pero cómo todo lo demás, tiene un precio y usted lo aceptó sin pensarlo dos veces, que ni me dejó terminar de decir lo que debía aquel día ¿lo recuerda? ―cuestionó Miyako.
―Sí, lo hice, acepté sin pensar, pero jamás pensé que fuera algo tan descabellado cómo lo es esto ―se sentó de golpe en la cama.
―Usted nunca piensa y tampoco escucha, por favor, cuando caiga la noche pueden marcharse de aquí, tal como vinieron ―habló saliendo de su casa.
Mientras tanto, en el pueblo de Maraduck, las cosas no marchaban del todo bien, por la noche del día anterior, Dante, trató de acabar con la vida de Perito, mientras ella dormía, Lexin, al escuchar un fuerte ruido en la cabaña de Perito se despertó a toda prisa de ahí, al igual que todos los demás, Lexin entró a la cabaña de Perito, al ver lo que Dante le quería hacer empezó a forcejear con él, saliendo con una herida a un costado de sus costillas, Dante, al darse cuenta de su error, huyo de ahí, nadie supo hacía dónde se había marchado, pero todos estaban llenos de terror, ya que él podía regresar de nuevo por la noche y acabar con sus vidas.
Dante había huido hacia el Oeste dónde es tierra de nadie, dónde se dice que los muertos deambulan por esas tierras áridas… desiertas… dónde no crece ni una sola flor… dónde el alma queda atrapada al igual que el cuerpo y la mente.
― ¡Vaya, Vaya! ¿pero que tenemos aquí? ―escuchó una voz ronca a sus espaldas. Volteó la mirada rápidamente, no había nadie a su espalda, solamente el reflejo de la luna. Al mirar nuevamente hacía el frente, se encontró con un hombre, delgaducho, pálido, parecía estar sin vida, se miraba tan irreal.
―Eres un guerrero del sureste, puedo sentir el olor del odio en ti, se siente cómo si te estuvieras pudriendo en vida ―expresó sin apartar la mirada de Dante, ―ja, que patético, el que debería de emanar ese olor sería yo, que he estado muerto en vida, por más décadas de las esperadas, no tú un simple humano que no pasa ni siquiera los 28 años de vida ―sonrió con cierta burla.
― ¿Quién eres y que haces en estas tierras? ―habló Dante en un hilo de voz.
―Quién debería de hacer esas preguntas debería ser yo, tú, estás en mis tierras, muy lejos del sureste ―mofó, ―pero ya que tu curiosidad te mata, te diré quién soy, soy Lurcath Shannon IV, único heredero de este lugar maldito ―sonrió.
― ¿Eres alguna especie de demonio? ―preguntó.
― ¿Demonio?, claro que no, una vez fui un humano, pero… pero esos tiempos quedaron atrás, ahora soy esto, un vampiro y uno que no ha tomado ni una sola gota de sangre en décadas, y tú has caído como un regalo especialmente para mí ―dijo Lurcath casi cantando del regocijo que sentía.
― ¿Un vampiro? ―se preguntó Dante, así mismo.
―Sí, un vampiro, un ser que está muerto en vida, un ser que se alimenta de la sangre de los humanos, un ser que exprime hasta la última gota de sangre de un jugoso cuerpo a como lo es el tuyo ―respondió.
Dante, no podía creer que aquel hombre hubiese respondido a la pregunta que se hacía en su mente acaso… acaso era un ¿telepático?, no, no podía ese tipo de personas no existían. Dante sentía que cada vez le costaba más respirar, no podía moverse al igual que tampoco podía apartar su mirada de la vista de aquel hombre.
― ¿Cuál es tú nombre? ―preguntó Lurcath en un susurro.
―Soy Dante ―respondió de manera inmediata, sin pensarlo, solo lo soltó, como si el simple hecho de escuchar la voz de aquel hombre lo hiciera obedecer como una marioneta.
―Dante, interesante nombre ―sonrió. ―Gracias seres que me han creado por esta deliciosa y jugosa comida que me han enviado llamada Dante ―una risa burlesca se le escapó después de hacer aquel agradecimiento.
Dante estaba pálido al escuchar que sería el alimento de aquel ser, quiso correr, gritar, llorar, pero nada de su cuerpo le respondía.
Lurcath se aproximó a Dante, se colocó detrás de él, puso su mano en el cuello de aquel hombre, enterró una de sus uñas en el cuello haciendo que la sangre brotara, Dante sintió el hilo de sangre empezar a fluir por su cuello mientras aquel hombre pasaba su lengua por la espesa sangre que fluía, era su primer manjar de sangre después de tanto tiempo, hasta ya lo había olvidado. El cuerpo de Dante estaba frío, sus manos sudaban, aún seguía sin conseguir mover su cuerpo, miró que aquel hombre hacía heridas en sus brazos, pero no tomaba su sangre, solamente dejaba que saliera, mientras tenía esa sonrisa que aterrorizaba a cualquiera con solo verla.
―Corre ―susurró al oído de Dante.
Dante salió corriendo de ahí sin saber hacía donde se dirigía, cuando pensaba que estaba lo suficiente lejos de aquel hombre aparecía de la nada justo frente a él, siempre con esa sonrisa y sus ojos plateados brillaban de felicidad, Dante cayó de boca contra el suelo, una de sus piernas se encontraba atrapada entre las rocas, Lurcath quién venía detrás de él al ver que había quedado atrapado se soltó a reír, los ojos de Dante reflejaban terror al escuchar la macabra risa de aquel hombre, escuchó un crujir justo a su espalda, sintió que su pierna se liberaba, pues así era, Lurcath había quebrado la pierna de Dante, la pierna se empezaba a tornar de un morado oscuro, quiso gritar pero no pudo, Lurcath clavó sus colmillos en la pierna de Dante empezando a beber de su sangre, finalmente pudo gritar. Un grito ahogado salió de lo más profundo de él.