Tres días tardó el viaje de regreso hacia Dasco, en los cuales Dalith no la paso del todo bien, por las noches, Maraduck tuvo que vendar sus ojos y ocultarla bajo una capa de piel que Miyako le había dado para que no se transformara mientras regresaba a su pueblo. Lucas no dejaba de preguntarle a su líder Maraduck porque Dalith tenía que hacer aquello y que era lo que Miyako había hecho para devolverla a la vida, pero él se negaba a responder las preguntas de Lucas.
―Señor iré a cazar, no hemos comido nada desde que salimos de Rurtcar, la señorita Dalith también debe de estar hambrienta al igual que nosotros ―mencionó Lucas.
―Está bien Lucas, te esperaremos aquí.
―Te acompañaré ―interrumpió Dalith.
―No, tú te quedarás aquí, conmigo ―vociferó Maraduck.
―No padre, yo iré con Lucas a cazar ―dijo Dalith mientras se ponía de pie del suelo húmedo y caminando para ponerse a la par de Lucas.
―Te he dicho que te quedes Dalith ―expresó molesto.
―Lo siento, padre, pero ya no seguiré tus ordenes ―respondió, mientras recordaba lo que Miyako le había dicho: la libertad no se pierde por más enjaulado que estés… recordó aquellas palabras y últimamente su alma y todo su ser le pedían ser libres.
―Te he dado una orden Dalith, recuerda que gracias a mí estás con vida, de lo contrario…
―De lo contrario, ¿qué padre? Hubiese preferido una y mil veces que me dejarás morir antes que me convirtieras en esto que soy ahora, yo no quería nada de esto, reconoce que el único que deseaba esto que Miyako me dijo que obtendría eres tú, padre ―gritó.
Los ojos de Maraduck se abrieron de manera sorpresiva, no entendía porque su hija últimamente lo trataba así al igual que tampoco sabía a qué se debían dichos cambios, quizás solo sea por esa bestia que lleva dentro, pensó.
Dalith acompañó a Lucas a ir a cazar, durante iban caminando en busca de que animal sería el que cazarían ninguno de los dos pronunció una sola palabra, Lucas no entendía ni una sola palabra de lo que habían dicho Maraduck a su hija, pero tampoco quería averiguarlo.
―Lucas ¿alguna vez te has sentido libre? ―preguntó.
― ¿A qué te refieres? ―cuestionó.
―Me refiero que si te has sentido como las aves que vuelan en el inmenso cielo, que son libres y van a donde quieren sin que les importe nada ―respondió.
―Si, casi todo el tiempo, justo en este momento me siento así ―sonrió, mientras miraba el rostro de Dalith.
― ¿Y tú?
―Yo no, al contrario, siento que algo dentro de mí me pide a gritos esa libertad que no he sentido nunca, siento como si me ahogara en un vaso vacío, como si estuviera nadando contra la corriente y cada vez está fuera más fuerte ―suspiró dirigiendo su mirada al cielo.
―Deberás de ir tras ella Dalith y seguir a tu corazón también, ahora guarda silencio, he visto a un ciervo caminar hacia aquel sitio ―señaló hacia una zona donde había arbustos de frutos rojos.
Lucas sacó su arco, tomó una flecha y apuntó hacia el ciervo, disparó, pero falló, el ciervo se echó a correr y Lucas y Dalith fueron tras él. Dalith era rápida, pero se había vuelto aún más ligera al correr lo que sorprendió mucho a Lucas, quién trataba de mantener el ritmo, pero le era imposible, Dalith le pidió el arco a Lucas y él se lo arrojó, junto a una flecha, las tomó aun en el aire y disparó… disparó tan fuertemente que partió el cuerpo del ciervo en dos. Lucas quedó sorprendido al ver lo sucedido, no sabía desde cuando Dalith se había hecho tan fuerte de tal manera en la que solamente con el impacto de una flecha partiera al ciervo en dos.
Mientras tanto Miyako, no dejaba de pensar en el egoísmo de aquel padre hacía su hija, que no le importaba ni en lo más mínimo que ella poco a poco fuera perdiendo su humanidad, con tal, de que él obtuviera lo que más deseaba.
―En que piensas, amor mío ―preguntó Amara.
―En el egoísmo de las personas ―respondió.
―Por esa mujer y su padre, ¿verdad? ―cuestionó Amara.
―Sí, Amara, ese hombre es un completo infeliz, busca su bienestar y hacer a los suyos más fuerte sin importarle lo que sacrifique así sea a su propia sangre, pude ver la avaricia del poder en sus ojos y, vaya que está loco, en cambio, esa mujer Dalith, perdió su libertad hace mucho tiempo, su alma vive en plena confusión es un caos, por lo tanto, creo que necesitaré que alguien la vigile y creo que tengo a la persona correcta para eso, creo que es Gloxdor, el licántropo que está entre nosotros, el mejor que nadie sabe el sentir de esa chica, él cuando vino aquí, llegó igual que ella en busca de su libertad y al borde de la muerte y ahora, míralo, es un hombre feliz y su alma y él son libres ―sonrió.
―Te preocupas mucho por todos y todo y te olvidas a ti, y me olvidas a mí ―comentó Amara.
―Es el deber de un líder y no me he olvidado de ti, Amara, eres lo más importante que tengo en mi ser y en mi vida, Amara, eres la luz de mis ojos, mi motor para seguir avanzando, mi lugar seguro ―tomó su rostro lo acercó hacia él y besó su frente.
Amara sonrió ante aquel gesto. ―Deberíamos casarnos ―comentó Amara con una sonrisa.
―Ya he elegido el día de nuestra unión ―respondió con una tierna sonrisa.
Mientras tanto, Lurcath, con la sangre de Dante corriendo por sus venas, su fuerza había vuelto a él, sentía que vivía nuevamente, caminó hasta el borde de sus tierras, miró a los suyos límites y se mantuvieran contenidos en aquel sitio. La barrera no tuvo efecto alguno en él, pero en uno de los suyos si, a tal punto de que con solo tocarla hizo que se convirtiera en polvo, Lurcath entendió que la sangre de aquel humano había hecho algo en él que podía pasar la barrera sin problema justo detrás de él, tocó con la yema de sus dedos la barrera de magia que un antiguo mago les había puesto para que no salieran de sus alguno, una macabra sonrisa se dibujó en el rostro de Lurcath, atravesó la barrera quedando del otro lado.
―Esperadme, regresaré dentro de tres días y los liberaré a todos y volveremos a gobernar y acabaremos con esa maldita tribu hechicera ―vociferó para que los suyos le escucharan.