Las cenizas tienen memoria
El olor llegó antes que todo lo demás.
Opium de Saint Laurent. Denso, dulce, como miel derramada sobre algo que se pudre por debajo. Isolda lo reconoció al cruzar la segunda puerta del Hotel Monteverde y el estómago se le cerró de golpe, sin pedirle permiso al cerebro.
Llegó al baño de señoras en automático. Cerró el pestillo. Se arrodilló sobre el mármol blanco.
Vomitó en silencio.
No era debilidad. Se lo dijo a sí misma mientras las rodillas le ardían contra el suelo frío. Era memoria química. La clase que no vive en la cabeza sino en las tripas, la que no desaparece sin importar cuántos años pasen ni cuántas veces uno practique ser otra persona. Ese perfume lo llevaba puesto Ginebra Ferrer la noche que destruyó a su familia con una sola firma. Isolda tenía diecisiete años. Ya no los tiene. Pero el cuerpo no ha olvidado.
Abrió el grifo. Se enjuagó la boca.
Se miró al espejo.
Una mujer de treinta y dos años con un vestido de tres mil dólares que tardó dos años en pagarse y seis meses en encontrar. El cabello recogido. Los pendientes de su madre, pequeños y de oro viejo, los únicos que sobrevivieron al embargo. Todo lo demás se fue con la firma de un papel que esta noche Isolda había venido a cobrar.
Esta noche, se dijo.
No había venido por dinero. Ni siquiera por venganza, aunque la venganza también estaba ahí, quieta y paciente como lleva años estándolo. Había venido por algo que esa familia creía haber borrado. Algo que le pertenecía. Algo que recuperar aunque le costara quemarlo todo.
Y salió.
El salón principal del Monteverde estaba lleno de flores que valían un salario y conversaciones que olían a transacción. Isolda localizó a Fausto Ferrer en cuarenta segundos.
No porque destacara. Porque no lo hacía, y eso en un hombre de su posición era el dato más importante. Sesenta y dos años, traje oscuro, copa de whisky a la mitad. De pie en el perímetro de un grupo que hablaba sin escucharlo, presente sin estar, con la mirada de quien lleva años asistiendo a fiestas que ya no le dicen nada.
Luego miró el espacio entre él y Ginebra.
Un metro y medio.
En su propia fiesta benéfica, el matrimonio Ferrer mantenía un metro y medio de distancia que ninguno de los dos parecía notar. Era anatomía. Era costumbre. Era exactamente el hueco que Isolda necesitaba.
El teléfono vibró. Casandra: El hijo es mejor de lo esperábamos. ¿Problema o ventaja?
No respondió. Rodrigo Almeida, el socio intermediario, apareció a su izquierda con la sonrisa de quien necesita que la noche salga bien.
—Isolda, por fin. Ven, te presento a Fausto. Lleva semanas queriendo conocer voces nuevas en el sector.
Semanas queriendo conocer voces nuevas. Rodrigo creía que él había organizado este encuentro. Eso también era parte del plan.
Fausto la miró cuando Rodrigo los presentó. Un segundo, nada más. El inventario rápido que hacen los hombres de poder: ¿esposa de alguien, asistente de alguien, ambición de alguien?
—¿Consultora financiera? —dijo, con el énfasis justo para que sonara escéptico.
—Su exposición en los tres fondos latinoamericanos de Ferrer Holdings tiene una correlación de volatilidad que ninguno de sus analistas ha modelado correctamente —dijo Isolda—. Por separado parecen conservadores. Juntos son una bomba de tiempo.
Silencio.
Fausto bajó la copa un centímetro. La miró de otra manera.
—¿Ha auditado nuestros fondos?
—No hace falta. Los números están en los informes trimestrales. Solo hay que saber leerlos.
Nadie le hablaba así desde antes de su matrimonio. Fausto lo pensó sin querer, el pensamiento llegó solo, y algo en su postura cambió: los hombros un centímetro menos rígidos, la mandíbula un centímetro menos apretada. La guardia bajando sin que él lo decidiera.
Isolda lo vio. Lo registró. No mostró nada.
—¿Y la solución? —preguntó él.
—La tengo. Pero no es una conversación para aquí.
Fausto sonrió. Una sonrisa pequeña, casi involuntaria, del tipo que aparece cuando algo te sorprende antes de que decidas si quieres dejarte sorprender.
—Mañana tengo una reunión a las diez.
—Cancelarla o no depende de usted.
Hubo una pausa. Luego Fausto giró levemente la cabeza hacia algún punto detrás de Isolda y su expresión cambió en una fracción de segundo. Algo se cerró en su cara. Algo viejo y entrenado, como un animal que detecta una presencia antes de verla.
Isolda no se giró. No hacía falta.
Ginebra apareció a su derecha.
Alta, sesenta años que llevaba como si fueran cuarenta, vestido verde oscuro y ese perfume que Isolda ya había pagado esta noche con el contenido de su estómago. Besó a Fausto en la mejilla sin mirarlo. Él tampoco la miró a ella. Treinta años de matrimonio condensados en ese gesto vacío.
Luego se giró hacia Isolda.
—Qué apellido tan curioso —dijo, con una sonrisa perfecta—. Salgado. ¿De dónde es su familia?
La pregunta sonó inocente. Para todos los presentes era inocente.
Para Isolda fue una bofetada en medio de cien personas.
Sintió el ácido subirle de nuevo. Sintió los pendientes de su madre pesarle en las orejas. Sonrió.
—De ningún lugar en particular —dijo—. Las familias sin historia son las más peligrosas, ¿no cree? No tienen nada que perder.
Ginebra la estudió. Un segundo más de lo socialmente normal. Luego rió, se giró, y saludó a alguien al otro lado del salón como si Isolda hubiera dejado de existir.
El bolso vibró.
Noemí. Isolda abrió el mensaje esperando la actualización de rutina.
Lo que leyó no era una actualización de rutina.
Encontré documentos que no deberían existir. Alguien dentro de la mansión nos estaba esperando. Llámame antes de que salgas.
Isolda leyó el mensaje dos veces. Levantó la vista despacio. Ginebra en el centro del salón, perfecta e intocable, riendo con un grupo de inversores.
Luego miró a Fausto.
Seguía a su lado, en silencio, con la copa quieta. Pero ya no la miraba a ella. Miraba a Ginebra. Y en sus ojos no había el cansancio de antes ni la curiosidad que Isolda había pasado semanas cultivando con precisión quirúrgica.
Había otra cosa.
Algo que Isolda tardó tres segundos en clasificar porque no lo esperaba, porque no estaba en ninguno de sus cálculos, porque un hombre que teme a su esposa no sirve para lo que ella necesita que sirva.
Miedo.
Fausto Ferrer, patriarca de un imperio de cuatro mil millones, le tenía miedo a Ginebra.
Y lo que era peor: Ginebra, al otro lado del salón sin haberse girado una sola vez, sonreía. No como quien gana. Como quien ya sabía que la guerra había empezado.