Los enemigos siguen al acecho.

1083 Words

Gustavo Figueroa llevaba sus gafas oscuras, una camisa blanca abierta en el pecho y la maleta en mano. A su lado, su esposa, una mujer exuberante de sonrisa fácil, hablaba sin parar sobre lo que quería comprar en París. Ella no sospechaba nada. Ni del dinero. Ni del encargo. —¿Reservaste en el hotel frente al Sena? —preguntó ella, alisando su falda ceñida. —Claro que sí —respondió Gustavo, ajustándose el reloj—. Esta vez vamos a derrochar un poco. Es lo mínimo después del favor que hice. Pensó en Eduardo Lombardi. En lo fácil que había sido el encargo. Melissa, había sobrevivido. Sin embargo el trabajo había sido limpio. Sin ruido y sin huellas. Pero cuando estaban a punto de subir al jet privado, un grupo de hombres apareció de la nada. Llevaban trajes negros, gafas oscuras y sus

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