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Mafioso despiadado Esposo tierno

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Blurb

Melissa fue exigida como una ofrenda a la mafia, y terminó en manos de Eduardo Lombardi, un hombre que convirtió su vida en una prisión decorada con sangre y silencio. Cuando él muere, Melissa cree que al fin se ha roto la cadena que la ataba al infierno.

Pero el apellido Lombardi nunca suelta a sus presas.

El nuevo jefe es Mauro Lombardi, primo de Eduardo. Su reputación lo precede: más brutal, más inteligente, más cruel. No se le conoce debilidad, ni escrúpulos. Es temido por todos: enemigos, aliados, incluso su propia familia. Y ahora... Melissa le pertenece.

Pero algo en ella lo detiene.

Mauro no entiende por qué no puede romperla como a todos los demás. Por qué su voz le inquieta, por qué sus lágrimas lo irritan, por qué su presencia lo enciende. No es un hombre que ame. No es un hombre que cuide. Pero con Melissa, todo se vuelve distinto. Y ese cambio lo enfurece tanto como lo obsesiona.

Ella solo quiere escapar. Él no piensa dejarla ir. Y en medio del fuego… puede nacer algo más peligroso que el odio: el deseo.

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El infierno tenía nombre “Eduardo Lombardi”
Melissa lloraba con los ojos enrojecidos mientras el fuego devoraba una a una las pertenencias de Eduardo. El humo se mezclaba con sus sollozos, con su temblor en las manos y el ardor persistente en su rostro herido. Aún le dolía el cuerpo. El último encuentro con él había sido brutal: le había reventado los labios de un golpe y le había partido la ceja con la hebilla del cinturón. No fue el primero. Nunca lo era. Y ella ya había perdido la cuenta. Con cada prenda, sentía que una parte del miedo se iba desprendiendo de su alma. Durante años, Eduardo le había recordado a diario que prefería verla muerta a verla irse. Se lo decía con frialdad, mirándola a los ojos, como si desear su muerte fuera algo natural. Había noches en las que ella cerraba los ojos y deseaba no despertar. Otras en las que el sonido de las llaves en la puerta la paralizaba. Vivía atrapada en una cárcel sin barrotes, con un hombre que todos temían y del que nadie se atrevía a defenderla. Él era un mafioso, un hombre cruel y temible, dueño de un imperio de amenazas, muertes y dinero sucio. Nadie cuestionaba a Eduardo. Nadie se interponía entre él y su víctima. Ni siquiera cuando los gritos se escuchaban desde el pasillo, ni cuando los moretones eran imposibles de ocultar. Ella aprendió a fingir, a callar, a mirar al suelo y a sobrevivir en silencio. Pero ahora estaba muerto. Había sido un disparo certero en la cabeza durante una emboscada. Su cuerpo había sido reclamado por los suyos, sus socios, sus fantasmas. Y ella… necesitaba deshacerse de sus cosas. Con la ropa que aún olía a tabaco y sangre. Con sus anillos lujosos que tantas veces volaron contra las paredes en sus arrebatos de ira. Con las camisas que usaba antes de golpearla como si fuera nada. Con el perfume que la hacía vomitar del asco y el miedo. —Te odié tanto, Eduardo —murmuró con la voz quebrada, echando un par de zapatos al fuego—. Me quitaste todo, hasta el derecho a ser libre. Apretó los puños y lanzó una caja entera de documentos y billetes manchados por el horror. El fuego crepitó con fuerza, como si celebrara su liberación. Lloró con rabia, con dolor acumulado, con la furia de años silenciados. —Nunca más. —Soltó con los dientes apretados—. Nunca más voy a tenerle miedo a nadie. Cada prenda que desaparecía entre las llamas era una cicatriz que sanaba, un recuerdo que se convertía en cenizas. No quería nada de él. Nada que le recordara las noches de terror, los golpes, los insultos, el veneno que respiraba cada día. Quemar sus cosas no le devolvería los años perdidos, pero era un inicio. Un grito de libertad. Una forma de recuperar el control sobre su propia vida. Eduardo no podía hacerle más daño. Melissa se limpió las lágrimas con las manos, negras de hollín, tiznadas por el humo y la ceniza. Tenía los dedos adoloridos de cargar cajas, bolsas, muebles pequeños. Iba y venía desde el interior de la mansión hasta la hoguera en el jardín, sin parar, con los ojos hinchados y el pecho apretado.. —¿Por qué no te moriste antes, Eduardo? —susurró con la voz quebrada, arrojando una bufanda de lana que aún conservaba su perfume—. ¡¿Por qué no me dejaste vivir?! Su rostro estaba empapado de lágrimas y sudor. Tenía el cabello, revuelto y las piernas, temblorosas. Pero no se detenía. La mansión era inmensa. Cada rincón parecía reírse de ella. Cada pared, cada alfombra, cada puerta guardaba los ecos de sus gritos ahogados. Allí fue donde la arrastró del cabello. Allí la encerró desnuda durante horas. Allí le rompió las costillas mientras le decía que “era para que aprendiera”. —Asqueroso —escupió Melissa, lanzando una nueva caja de relojes caros al fuego—. ¡Asqueroso desgraciado! No vivía sola. La casa seguía llena de empleados. Cocineros, jardineros, guardaespaldas y criadas. Todos fingían no ver. No oír. Porque Eduardo era el rey. —¿Nadie va a decir nada? —gritó, de pronto, girándose hacia la galería donde algunos de ellos la observaban en silencio—. ¿Nadie va a abrir la boca? Nadie respondió. —¡Lo atendían como a un dios! —escupió—. ¡Y a mí me dejaban tirada como una basura! ¿Eso les parecía normal? Solo había un silencio espeso, lleno de culpa. Melissa rió con amargura. —Ustedes lo llamaban señor… —siguió—. Yo lo llamaba monstruo. Volvió adentro. Subió las escaleras pesadas. Cada peldaño le dolía. Cada paso la obligaba a recordar. Pasó frente al dormitorio matrimonial. Sintió arcadas. Las sábanas estaban tendidas. Todo limpio, perfecto y ordenado. Una mentira bien doblada. —Aquí me violaste, Eduardo… —susurró, con la voz desgarrada—. Aquí lloré tantas veces sin que a nadie le importara. Tomó las almohadas, las fundas, las cortinas, los cuadros. Bajó otra vez al jardín. Arrastrándolo todo con furia. —Me humillaste. Me hiciste sentir menos que un perro —dijo entre dientes—. Y aun así tuve que sonreír para no morir. Arrojó todo al fuego. Se quedó mirando cómo ardía. —¿Sabes qué hacías cuando te antojabas, Eduardo? —le dijo a las llamas—. Me tomabas como si fuera tuya. Como si yo no tuviera derecho a decir que no. Se cubrió la cara con las manos sucias. —A veces… —balbuceó—. A veces yo pensaba que estaba muerta. Que solo quedaba mi cuerpo… y que tú lo usabas cuando querías. El fuego rugía y los recuerdos también. —¿Te acuerdas cuando me escupiste por hablar en la cena? —continuó, con la mirada perdida—. ¿O cuando me hiciste limpiar el baño con las manos porque te contesté? Respiró hondo y tosió por el humo. Pero no paró. —¿Y saben qué es lo peor? —dijo, levantando la voz, mirando hacia la mansión—. Que ni uno solo de ustedes me preguntó si estaba bien. ¡Ni uno! Un jardinero bajó la cabeza. Una de las criadas se limpió discretamente una lágrima. Pero nadie se acercó. —Cobardes… —murmuró Melissa—. Todos ustedes eran cómplices. Volvió a entrar. Ahora era el turno de la oficina. Se acercó al escritorio de caoba. Ese lugar donde él cerraba tratos sucios mientras ella lloraba en el baño. Se llevó los papeles, las fotos y los libros. Los tiró al fuego sin titubear. —Me quitaste todo, Eduardo. Todo. Pero ahora… —se detuvo, respirando hondo—. Ahora te borro para siempre de mi vida. El humo ascendía, las llamas devoraban los recuerdos. Y en medio del infierno que ardía, Melissa se sentía, por fin, viva. De pronto, sus piernas cedieron. Melissa cayó de rodillas sobre el césped húmedo, con las manos sucias, la garganta seca y los ojos vacíos de tanto llorar. El aire olía a cenizas y a libertad. El fuego había devorado todo. Cada prenda, cada papel, cada objeto que alguna vez representó el poder de Eduardo sobre ella. Ya no quedaba nada. Solo ella. Se acercó hasta un árbol viejo al fondo del jardín, uno que solía mirar desde su ventana, deseando estar allí cuando las paredes de la casa la asfixiaban. Se recostó en su base, abrazando sus rodillas, respirando entrecortado. Las hojas caían lentamente sobre su cuerpo. El viento le susurraba que, al fin, era libre. Lloró en silencio, porque ya no le dolería el cuerpo, pues el monstruo ya no estaba. Y así, vencida por el cansancio, por los años de miedo y represión, se quedó dormida bajo aquel árbol.

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