Tan pronto se daña su tranquilidad...

2698 Words
El sol de la mañana la despertó con suavidad. La brisa era fresca, el cielo estaba limpio. Abrió los ojos lentamente, sintiendo su cuerpo adolorido. Le dolía todo. Los brazos, la espalda, el cuello… pero sobre todo, el alma. Se incorporó con esfuerzo. Sus piernas estaban entumecidas, su vestido manchado y su cabello enredado. Pero ya no tenía miedo. Por primera vez en tantos años, el silencio no era una amenaza. Entró a la casa sin decir palabra. Cruzó los pasillos que conocía de memoria. Pasó junto a los empleados, que desviaban la mirada como si ella fuera un fantasma. Subió a la habitación y cerró la puerta. Se desnudó lentamente frente al espejo, observando cada marca que Eduardo le dejó. Abrió la llave de la tina. Dejó que el agua caliente la llenara, agregó sales, jabón y aceites. Se sumergió con una esponja en la mano, y comenzó a frotar su piel con fuerza. Quería sacarse los recuerdos. Las noches de horror. Las veces que suplicó y nadie acudió. Quería arrancarse de encima el olor de Eduardo, su sombra, su maldición.. Estuvo un largo rato, hasta que su piel estuvo roja. Salió de la tina envuelta en una toalla blanca. Abrió el armario con decisión y allí estaba el vestido rojo. Lo tomó sin vacilar. Era de seda, entallado. Lo había comprado hacía años y jamás se había atrevido a usarlo. Eduardo decía que era demasiado provocativo, que solo “sus putas” se vestían así. Melissa se lo puso, sin sujetador y sin miedo. Se miró en el espejo. —No voy a guardarte luto, desgraciado —murmuró con voz firme. Se maquilló los ojos hinchados, se pintó los labios. Se puso los tacones más altos del armario y caminó como si nadie pudiera derribarla. Pero en el fondo… sabía lo que se venía. Eduardo no era cualquier hombre. No era solo un abusador, era el jefe de un imperio. Y ella, la esposa. Eso no desaparecía con el fuego. Ni con un ataúd. —Ahora vendrán por mí —dijo en voz baja, mirándose fijamente a los ojos—. Porque tú estás muerto… pero tu mundo sigue vivo. Y no sabía si llorar… o prepararse para la guerra. Melissa caminó con paso firme por el pasillo, el sonido de sus tacones rompía el silencio de la mansión. El vestido rojo se ceñía a su figura con rebeldía. A cada paso, el perfume de su libertad la envolvía. Al llegar a la cocina, los empleados fingieron ocuparse de sus tareas. Nadie le dirigía la palabra, pero todos la miraban de reojo. Nunca antes la habían visto así: tan viva. Abrió la nevera sin pedir permiso. —Ahora puedo comer lo que se me dé la gana —susurró para sí misma, con una sonrisa que apenas podía sostenerse. Tomó un vaso, lo llenó con yogurt frío y lo bebió de un solo trago. Luego comenzó a servirse de todo. Panes, mermeladas, frutas, queso. Comió como quien ha estado años en ayuno. Sus manos temblaban mientras cortaba un trozo de pastel de chocolate que Eduardo jamás le habría permitido probar. Masticaba rápido, ansiosa, como si en cualquier momento alguien pudiera arrebatarle el derecho de disfrutarlo. Pero ya nadie podía. —No más órdenes, no más castigos por engordar medio kilo —dijo en voz baja, limpiándose las migas de los labios. Cuando terminó, se lavó las manos y se miró en el reflejo del horno. Estaba pálida, con ojeras profundas y el rostro aún marcado por el golpe de la ceja partida. Pero detrás de todo eso… había algo nuevo. Una chispa. Tal vez coraje. Tal vez vida. Se colocó las gafas de sol y tomó su bolso. Iba a ver a Romina, su hermana. La casa de ella estaba a pocos minutos en auto, pero el trayecto le pareció eterno. Cada semáforo la obligaba a enfrentar el silencio, ese que traía de vuelta los recuerdos más crueles. Apretó el volante con fuerza. —Hoy todo eso queda atrás —dijo con firmeza, como si su boca pudiera sellar un pacto con el destino. Cuando el portón de la casa de Romina se abrió, Melissa casi suspiró. Ese lugar siempre le había parecido un refugio, un rincón fuera del infierno. Se bajó del auto, subió las escaleras, y cuando su hermana abrió la puerta, el tiempo pareció detenerse. —¡Melissa! Romina la abrazó sin esperar palabras. La apretó contra su pecho como si temiera que se desvaneciera frente a sus ojos. —Estás… tan flaca —susurró, separándose apenas para mirarla—. Dios mío… Melissa… Estás irreconocible. Melissa bajó la mirada ocultando una lágrima que se deslizó por su mejilla. —Sí… estuve… muy mal, Romi. Muy mal —dijo con voz baja, temblorosa—. Pero ahora estoy libre. Romina le acarició la cara con delicadeza, deteniéndose al notar las marcas. Hasta en el cuello se notaban moretones disimulados por la base. —¿Qué te hizo ese hijo de puta? —preguntó, conteniendo la furia—. ¿Por qué nunca me dijiste nada? —Porque me daba miedo… Porque no quería que le hiciera daño a nadie más —respondió Melissa, con la voz ahogada. Romina no dijo nada. Solo la guio hacia el interior de la casa, cerrando la puerta con firmeza tras ellas. La hizo sentar en el sofá más cómodo, le trajo un té, y se sentó frente a ella sin apartar la vista. Melissa hablaba, contaba entre pausas lo que había sido su vida, su encierro, las reglas absurdas, el hambre, el dolor físico y el emocional. Las veces que pensó en huir, pero no pudo. Las veces que deseó morirse. Romina escuchaba en silencio. Su rostro era una máscara de serenidad, pero sus ojos hablaban de una rabia contenida. Ella sabía que Eduardo estaba muerto. Sabía cómo había muerto. Sabía que el infierno de Melissa no había terminado… solo había cambiado de forma. Pero no se lo dijo. No podía. No ahora. Melissa necesitaba esta calma. Necesitaba creer que todo había acabado. Que al fin podría respirar sin que alguien la vigilara. Que ese capítulo oscuro se había cerrado. —Te aseguro que no nos vamos a volver a separar —le dijo Romina con una sonrisa suave—. Te lo juro por mamá. Melissa asintió. Cerró los ojos y se sintió a salvo. Romina, en cambio, miró hacia la ventana. Sabía que pronto vendrían preguntas. Que alguien tocaría esa puerta. Eduardo había dejado un legado… Y no todos estaban contentos con su muerte. La paz de Melissa era tan frágil como una copa de cristal. Y la tormenta ya se acercaba. ……… Esa tarde, el sol se colaba entre las cortinas de lino, tiñendo de dorado los muebles de la gran mansión. Romina tenía planes. Quería celebrar la presencia de su hermana, darle una pequeña probada de lo que significaba vivir sin cadenas. Mandó a traer un conjunto musical para que animara la velada y ordenó que prepararan cócteles, bandejas de frutas, mariscos frescos y pequeños postres. Quería que Melissa disfrutará al menos ese día. —Hoy no se llora, hoy se canta —le dijo mientras le acomodaba el cabello detrás de la oreja—. Estás en mi casa, Mel. Y aquí, se respira distinto. Melissa, aún débil, aún cargando las cenizas del pasado, la miró como si no terminara de creer que todo eso fuera real. La música llegó al caer la tarde. Un grupo joven de chicos, vestidos con camisas floreadas, guitarras al hombro y sonrisas sinceras. Comenzaron a tocar melodías alegres, algunas conocidas, otras improvisadas. Romina tomó a su hermana de la mano. —Vamos, vamos. Si no bailas, al menos canta. ¡Estás viva, Melissa! ¡Viva! Melissa se dio permiso de sonreír de verdad. Se sirvió un trago, dulce, frío y refrescante. Luego otro. Y otro más. Rio con los músicos, les pidió canciones, se levantó a cantar con voz entrecortada por la emoción. El alma se le desanudaba de a poco. El dolor se diluía en el ritmo de cada canción. Enzo observaba todo desde la distancia, apoyado contra una columna de piedra en el patio. Su mirada no era la de un mafioso, sino la de un hombre enamorado de la risa de su esposa. Se acercó a ella cuando la música bajó el volumen. —La casa no había tenido este espíritu en mucho tiempo —le dijo a Romina, besándola en la sien—. Gracias por eso. Romina le sonrió, pero su mirada se desvió por un instante hacia Melissa, que bailaba descalza, con el vestido rojo ondeando en el aire. Esa alegría no iba a durar. Y lo sabían. Horas después, cuando los músicos ya se habían marchado y Melissa dormía en uno de los sillones del salón, con las piernas recogidas como una niña, Enzo se encerró en su oficina. Encendió las cámaras de seguridad, revisó los alrededores. Tenía experiencia oliendo los peligros antes de que llegaran. Marcó el número de su esposa. —Romina —dijo con voz grave—. ¿Ya le contaste lo que va a ocurrir? Hubo un silencio largo del otro lado de la línea. —No… —respondió ella al fin—. No he sido capaz, Enzo. ¿Cómo decirle eso ahora? Hoy fue feliz. ¿Sabes cuánto tiempo llevaba sin reírse así? —Lo sé, mi amor. Pero no podemos engañarla. El mundo de Eduardo no desaparece porque él haya muerto. Al contrario. Ahora se vuelve más inestable. Y ella es su viuda. —Lo sé… —susurró Romina, sentándose en la cama, la voz temblorosa—. Pero también sé que cuando se entere, no volverá a dormir tranquila. Se le irá esa sonrisa. Y no sé si su corazón aguante otra pesadilla más. —No podemos protegerla del todo —dijo Enzo con pesar—. Pero podemos estar preparados. La tormenta pronto se viene… no la vamos a dejar sola. Romina colgó sin decir más. Caminó hasta la sala y observó a su hermana dormida. Parecía en paz, incluso más joven. Le acarició la cabeza con suavidad y le susurró: —Ojalá pudiera detener el mundo para ti… Pero hay cosas que ni yo puedo frenar. Melissa se removió en sueños, sin saber que, mientras ella celebraba su libertad, los enemigos de Eduardo comenzaban a moverse. Viejas alianzas se rompían. Nuevas amenazas despertaban. Y aunque su captor estaba muerto… su sombra aún era demasiado extensa. Romina no quiso dejarla sola. Se quedó sentada en el borde del sofá, acariciando el cabello de Melissa con una ternura silenciosa. Era su hermana, su otra mitad. Siempre habían estado unidas. Desde niñas habían compartido secretos, promesas, escapadas a escondidas y también cicatrices. Pero ahora el tiempo les había cobrado caro. La mafia las había absorbido a ambas, aunque con caminos muy distintos. Romina, por suerte o por destino había terminado en brazos de Enzo, un hombre que, pese a estar metido en los negocios más oscuros, tenía alma de poeta y corazón de esposo. Melissa, en cambio… había tenido que vivir el infierno. El silencio reinaba en la casa, y el único sonido era el de la respiración tranquila de Melissa, que dormía profundamente, como si al fin su cuerpo hubiese bajado la guardia. Romina no quería moverse. No podía. Verla así, descansando, era como ver a una guerrera después de años de batalla. Pero también sabía que el amanecer traería tormenta. Y no podía seguir callando. A mitad de la noche, Melissa se despertó sobresaltada, cubriéndose la boca y sentándose de golpe. —Ay… —murmuró entre arcadas—. Creo que fue mucho alcohol, o demasiada comida. Romina se levantó rápido y corrió por un vaso con agua fría. Se lo entregó en silencio, sentándose a su lado otra vez. —Tómatelo despacio —le susurró—. Estás muy pálida. Melissa tomó el vaso y apoyó la frente contra el vidrio. El frío le alivió un poco las nauseas. Respiró hondo. —Lo siento, hermana. Qué vergüenza… volver a molestarte. —No digas eso. No estás molestando. Pero, Mel… tengo que hablar contigo. No puedo seguir callando. Melissa la miró con expresión cansada, pero curiosa. Sabía que cuando Romina usaba ese tono, no era por cosas pequeñas. —Dime… ¿qué pasa? Romina dudó unos segundos, luego bajó la mirada, buscando las palabras adecuadas. —El imperio Lombardi no es como otros —comenzó—. Tiene sus propias reglas, normas antiguas, casi tribales. Y tú… tú ahora eres su viuda. Eso te convierte en la heredera. —¿Her… heredera? —Melissa frunció el ceño, confundida—. ¿De qué estás hablando? —De que el poder no queda vacante, Mel. Y tú lo ocupas, porque eras su esposa. Pero hay una condición para conservarlo. —¿Cuál? Romina tragó saliva. Había temido este momento toda la noche. —Tienes que casarte de nuevo. Con el siguiente Lombardi en la línea de sucesión. Es una norma interna del clan. Si tú murieras, Eduardo habría tenido derecho a elegir a quien lo sucedería. Pero como fue él quien murió… ahora tú debes casarte con su primo, Mauro Lombardi. Mauro Lombardi es un depredador silencioso. No necesita alzar la voz ni mancharse las manos: con una sola orden, ciudades enteras arden y familias desaparecen, o son enterradas vivas. Donde Eduardo era violento y predecible, Mauro es el silencio antes de la masacre, o la sombra que nadie ve venir. Nadie osa pronunciar su nombre, porque en su mundo, hacerlo es invocar la muerte. Mauro no negocia, no perdona, y jamás repite una advertencia. —¿Qué…? ¿Estás diciendo que… que debo volver a casarme? ¿Con un Lombardi? —Melissa abrió los ojos con tal intensidad que Romina creyó por un segundo que se desmayaría. —Sí —dijo Romina con pesar—. Y no con cualquiera. Con Mauro. Es el siguiente en la jerarquía del clan. —¡Pero yo no quiero eso! —soltó Melissa, dejando caer el vaso que se estrelló contra el piso—. ¡Yo no quiero otro hombre! ¡No quiero volver a vivir encerrada con un mafioso! ¡Quiero ser libre, Romina! Romina la abrazó con fuerza. Sabía que esta noticia partiría su alma en dos. —Yo lo sé, lo sé, mi amor. Pero esto no es algo que puedas evitar tan fácilmente. Es una cadena… y aún no has salido de ella. Enzo me lo dijo esta tarde. El consejo del clan ya lo decidió. Están esperando que tú salgas del luto para hacer el anuncio oficial. —¡Pero no hay luto! ¡No voy a vestir de n***o! ¡No voy a llorarlo! ¡Era un monstruo! —Lo sé, y no te estoy pidiendo que lo hagas. Pero tienes que entender que su muerte no terminó con el imperio. Lo heredaste, te guste o no. Y los ojos de todos están sobre ti. Melissa cayó de rodillas, temblando. Se tapó el rostro con las manos, sollozando de impotencia. —¿Y si me niego? —susurró con la voz rota—. ¿Y si me voy? —Sabes que no es tan fácil —respondió Romina—. El imperio Lombardi no deja cabos sueltos. Y tú… tú eres la viuda del jefe. La noche estaba cerrada, el aire quieto como si la oscuridad misma contuviera la respiración. En las afueras de la mansión Di Caprio, el sonido de un motor grave y potente rompió la calma. Una Hummer blanca se detuvo frente al portón principal, reluciente bajo la escasa luz del camino. La puerta del conductor se abrió con un golpe seco. Descendió un hombre imponente. Alto, musculoso, con el pecho ancho marcado bajo una camiseta negra que se pegaba a su cuerpo como una segunda piel. Sus pasos eran pesados, pero firmes. El pavimento parecía crujir bajo sus botas. Tenía el cabello n***o, corto y perfectamente ordenado. Su barba, bien recortada, delineaba unos rasgos duros y angulosos, casi esculpidos. No sonreía. No lo necesitaba. Su sola presencia helaba la sangre.
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