Melissa no le huirá a su destino

2014 Words
Era Mauro Lombardi. El aire cambió en cuanto puso un pie en la propiedad. Como si la misma mansión se tensara ante su llegada. Las luces de los faroles temblaron. Un par de empleados que lo vieron desde la ventana se apartaron instintivamente. El nombre Mauro, en ese mundo, significaba una sola cosa: obediencia o muerte. Se detuvo en la entrada. No tocó el timbre. No llamó. Solo alzó la vista con esos ojos oscuros y penetrantes. Romina, que estaba con Melissa en el salón principal, se levantó de golpe. —¡No puede ser! —susurró. Melissa frunció el ceño, confundida. —¿Qué pasa? Romina no respondió. Caminó hasta la ventana y corrió un poco la cortina. Al ver la silueta de Mauro, se le endureció el rostro. —Ese bastardo… —murmuró—. ¡No pensé que se atreviera a venir esta misma noche! —¿Quién es? —insistió Melissa, nerviosa. Romina apretó la mandíbula. El sonido de pasos resonó en el pasillo. Enzo apareció con su teléfono aún en la mano. —Es Mauro. Está aquí. —¿Aquí? —preguntó Melissa, quedándose sin aliento. —Sí. Y no viene a charlar —dijo Enzo con seriedad—. Viene por ti. Melissa retrocedió un paso, y Romina se interpuso rápidamente entre ella y la puerta. —¡No vas a entregarla como si fuera un paquete, Enzo! —No hagas esto más difícil —respondió él—. Sabes cómo funcionan las cosas. Si nos oponemos ahora, lo tomará como una provocación. —¡Pues que se ofenda! —exclamó Romina. —¡Shhh! —Enzo alzó una mano—. Voy a hablar con él. Salió al porche justo cuando Mauro subía los escalones, lento pero determinado. —Mauro —dijo Enzo con diplomacia, extendiendo una mano—. Buenas noches. Mauro lo miró un segundo. Lo saludó con frialdad. Su apretón fue breve, sin emoción. —Vengo por mi prometida. La voz era ronca. Firme y seca como un disparo. Enzo respiró hondo. —Entiendo. Pero no esperaba que vinieras tan pronto. Es… una situación delicada, sabes… —No vine a discutir detalles —lo interrumpió Mauro, clavando la mirada en la puerta detrás de él—. Vine a llevarme lo que me corresponde. —Ella no está lista. Ha pasado por mucho. —No es mi problema. Romina apareció detrás de Enzo. Se cruzó de brazos, desafiante. —Tendrás que pasar por encima de mí primero. Mauro levantó apenas una ceja. Su mirada se posó sobre Romina con cierto respeto… y amenaza. —No vine a pelear contigo, Romina. Pero si piensas interponerte entre la familia Lombardi y su legado… no te va a gustar lo que venga después. —¡No es un legado, es una mujer! —gritó Romina. Enzo la tomó del brazo suavemente, intentando calmarla. Melissa, que había escuchado todo desde el umbral, apareció temblando. Llevaba un suéter prestado, y el miedo dibujado en cada gesto. Mauro la miró. No con dulzura. No con afecto. La escaneó como quien observa un bien valioso. —Toma lo que necesites. Salimos en veinte minutos —ordenó. —No soy un objeto —dijo ella con voz baja, pero temblorosa—. No puedes obligarme. —Ya eres una Lombardi. Y los Lombardi cumplen las reglas. Romina dio un paso al frente. —Si te la llevas así, sin darle tiempo, sin permitirle respirar, vas a ganarte un enemigo más. Y eso no es bueno ni para ti ni para tu gente. Mauro suspiró. Giró la cabeza hacia Enzo. —Te respeto porque fuiste amigo de Eduardo. Pero la paciencia no es mi fuerte. Me quedo aquí esta noche. Mañana a las ocho salimos. —¿Y si ella se niega? —preguntó Romina con voz cortante. Mauro la miró directo a los ojos. —Entonces dejará de ser útil. Y lo que no sirve… se descarta. El silencio fue insoportable. Enzo bajó la cabeza y Romina apretó los puños. Melissa sintió el frío del infierno entrarle por la espalda. La mansión Di Caprio ardía en tensión. Nadie se movía. Nadie respiraba demasiado fuerte. Mauro seguía plantado en medio del salón, como un monumento de fuerza bruta, control y amenaza. Sus brazos cruzados, su pecho inflado bajo la camiseta negra, la mirada fija en Melissa. Parecía un cazador esperando que su presa se acercara por voluntad propia. Romina lo miraba como una fiera. Los brazos en jarra, el mentón en alto, los ojos inyectados de furia. Enzo estaba a su lado, más sereno, pero firme. Sabía que su esposa estaba a un segundo de hacer algo impulsivo, y él estaba listo. Podía respetar a Mauro. Podía llamarlo socio. Pero si tocaba a Romina, no dudaría. Era su mujer. Su reina. Mauro lo notaba. Leía cada músculo tenso en Enzo. Lo reconocía. Lo respetaba. Pero no se acobardaba. —Esto no tiene que ser así —gruñó Enzo, con un tono bajo, casi persuasivo. —Entonces haz que sea fácil —respondió Mauro, sin apartar la vista de Melissa. Romina avanzó un paso. —¿Sabes qué es fácil, Mauro? Que desaparezcas. Que dejes de tratarla como si fuera parte de un trato. Mauro giró apenas el rostro, lentamente, hacia Romina. —Ella no es un trato. Es un deber. Un legado. —¡Un legado es una finca, no una mujer! —bufó Romina. Enzo la tocó suavemente en el brazo. —Amor, por favor… —¡No me toques! —gritó Romina sin mirarlo—. ¿No ves lo que está pasando? ¡Se la va a llevar como si no tuviera alma, como si no hubiera sufrido ya demasiado! —Romina… —susurró Melissa. Pero su hermana no la escuchaba. Tenía los ojos brillantes de rabia. —¡No puedes decidir sobre su vida! ¡No puedes venir aquí como un toro y pensar que solo porque llevas un apellido vas a dominarlo todo! Mauro no respondió. Dio un paso al frente. Un solo paso. Enzo inmediatamente se interpuso entre él y Romina. Los ojos de ambos se cruzaron. Melissa sintió que algo iba a explotar. Su corazón latía con fuerza. Le dolía la garganta. La cabeza le zumbaba. Y entonces, dio un paso adelante. —¡Ya basta! Todos giraron hacia ella. Melissa estaba pálida. Delicada. Más frágil que nunca. Pero había una firmeza extraña en su voz. Una decisión que no parecía suya, pero sí lo era. —No quiero que peleen por mí —dijo—. No quiero que ustedes dos se maten solo porque yo estoy en medio de esta pesadilla. —Melissa, no digas eso —murmuró Romina—. No tienes que irte con él. —Sí, sí tengo que hacerlo —contestó ella con voz quebrada—. No quiero… pero tengo que hacerlo. Ya no me queda nada. Mauro alzó ligeramente la ceja. No parecía sorprendido. Solo satisfecho. —Buena elección —dijo. —No es una elección —replicó Melissa—. Es una rendición. Romina apretó los labios. Tenía las manos en los puños. Estaba al borde del llanto. —Mel… él no es bueno. No es como Eduardo, es peor. —Lo sé —susurró ella. —¿Y aun así…? —Sí. Aun así. Se volvió hacia Mauro. —Me iré contigo, Mauro Lombardi. El silencio fue total. Mauro asintió con la cabeza, sin sonreír. Dio un paso atrás, respetando el gesto. —A las 2.00 am en punto. Estaré afuera. Y sin decir más salió de la casa. El ruido de la puerta cerrándose fue como un disparo. Romina se dejó caer en el sofá, con las manos en la cabeza. Enzo se agachó a su lado, acariciándole la espalda. Melissa no lloró. No dijo nada. Solo subió las escaleras lentamente. Esa noche, el alma de la mansión quedó en ruinas. Faltaban apenas unos minutos para las 2:00 am cuando Melissa bajó las escaleras. Su rostro estaba serio, el maquillaje un poco corrido, los ojos enrojecidos como brasas tristes. Había llorado. No lo disimulaba. Ya no le quedaban fuerzas para fingir nada. Romina la esperaba al pie de la escalera. Enzo, de pie junto a la puerta, apenas le sostuvo la mirada. Nadie dijo palabra. Nadie se atrevía. Melissa pasó junto a ellos sin detenerse. Su perfume se mezclaba con la amargura que dejaba tras de sí. Afuera, la camioneta blanca de Mauro esperaba con el motor encendido. Una columna de humo se escapaba por la ventana entreabierta. Melissa abrió la puerta y subió. Un golpe de humo la recibió de lleno. Tosió con fuerza. —¡Por Dios! —exclamó, llevándose la mano a la nariz. Mauro la observó de reojo, sin inmutarse. Luego apagó el cigarro en el cenicero, abrió ambas ventanas delanteras y buscó un pequeño aerosol. Un rocío seco de aromatizante inundó el interior del auto. Melissa lo miró, confundida. El gesto había sido… ¿considerado? Él encendió el motor sin decir nada. El camino fue silencioso, tenso. Ella miraba por la ventana. Él conducía como si cada kilómetro fuera una sentencia. Nadie habló. Cuando llegaron a la mansión Lombardi, la noche estaba en su mejor parte. Una brisa fría rozaba los árboles del jardín. Melissa bajó del auto con cuidado. Sus pasos eran pequeños, tensos. Respiró hondo, como quien acepta un destino. No se fijó en el tercer escalón y su tobillo se dobló. El cuerpo se le fue hacia un lado. Un grito ahogado escapó de sus labios, pero antes de tocar el suelo, unos brazos duros y cálidos la sujetaron. —Por eso nunca he entendido por qué las mujeres disfrutan tanto andar en tacones —dijo Mauro, sin cambiar el tono de su voz—. Son igual de peligrosos que un cuchillo. Melissa lo miró con furia. Sus labios temblaban. —¿También me vas a obligar a vestir a tu gusto? —espetó, clavándole la mirada—. ¿Vas a querer que me pinte los labios de rojo y me siente con las piernas cruzadas a esperarte? —¿Dije eso? —respondió él, soltándola con suavidad. Ella no respondió. Subieron las escaleras en silencio. La habitación era lujosa y enorme, había una alfombra persa. Y una cama gigante en el centro. Mauro se sentó frente a ella, en el borde de una butaca. Observaba. No hablaba. Melissa lo miró, luego bajó la vista. Sus dedos temblaban cuando empezó a desabotonarse el vestido. Lo dejó caer a sus pies. Llevaba solo la ropa interior. Dio un paso al frente. Con sus labios apretados y el cuerpo rígido. —Haz lo que tengas que hacer —dijo con voz dura, aunque temblaba—. Hazlo pronto. Cerró los ojos y una lágrima rodó por su mejilla. Entonces de pronto sintió que ese hombre se acercaba. Abrió los ojos y Mauro estaba justo delante, envolviéndola con la sábana de la cama. —No estoy aquí para maltratarte —dijo con voz grave pero serena—. Soy un varón, Melissa. Y sé respetar a una mujer en la intimidad… que es el momento más vulnerable que tienen. Ella no entendía. Seguía temblando. —Forzarla —continuó él, sin soltarla—. Sería como comer una comida sosa. Sin gusto. Sin alma. Y yo no tengo hambre de eso. Melissa no podía creer lo que escuchaba. No venía de un caballero. Venía de Mauro Lombardi. El bárbaro. El imponente. El que se había llevado su vida sin preguntar. Solo parpadeó. No tenía palabras. No podía reaccionar. Se dio la vuelta, sin decir nada más, y se acostó en un extremo de la cama. Se encogió ligeramente. El cuerpo le temblaba. Mauro se quedó sentado un instante más, observándola. Luego se quitó las botas y caminó hasta el otro lado. Se acostó boca arriba, sin tocarla. Sin mirarla siquiera. El silencio volvió a ocupar la habitación. Pero esta vez… era distinto. Más denso. Más humano. Melissa no durmió. Tampoco lloró. Solo esperó. Como si todo aún pudiera cambiar.
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