Las horas pasaban.
El reloj marcó las tres, y después las cinco.
Melissa no dormía. Estaba despierta, de lado, sintiendo el leve vaivén de su respiración. Mauro estaba allí, en la misma cama, pero no la había tocado. Ni un roce. Ni una insinuación.
Si hubiera sido Eduardo… para este momento ya le habría hecho daño un par de veces. Lo sabía. Lo conocía. Eduardo tenía manos frías, voluntad caliente y un corazón podrido.
Pero Mauro no se movía. Su presencia era fuerte, sí. Intimidante. Pero no la había forzado. No había cruzado ningún límite. No aún.
Cuando los primeros rayos de sol se filtraron por las cortinas pesadas de la habitación, Melissa seguía despierta. Cansada y atenta.
Tres suaves golpes resonaron en la puerta.
—¿Señor Mauro? —dijo una voz femenina—. Ya está listo el desayuno.
—Entren.
La puerta se abrió con suavidad y dos empleadas entraron cargando bandejas de plata y platos decorados. Olía a fruta fresca, a masa dulce, a mantequilla caliente.
Las chicas trabajaron en silencio. En el centro de la habitación, colocaron una pequeña mesa plegable, redonda, cubierta con un mantel blanco. Sobre ella, un florero de cristal con una sola rosa roja, viva y perfumada. Un toque sutil, pero elegante.
Melissa detalló todo, platos de porcelana, servilletas con bordado dorado. Una jarra de jugo de naranja recién exprimido. Trozos de melón, piña, kiwi y fresas. Una torre de hotcakes con miel de maple derramándose como oro líquido. Pastelitos pequeños de hojaldre, rellenos de crema y mermelada. Café humeante, té de canela, mantequilla batida en un cuenco de vidrio.
Un desayuno digno de una princesa.
Cuando terminaron, las chicas salieron sin mirar atrás.
Mauro se levantó, estiró los hombros y caminó hacia el centro.
—Vamos —dijo con tono firme pero no agresivo—. Levántate y desayuna conmigo.
Melissa se incorporó lentamente. Seguía envuelta en la sábana como si fuera su escudo. Lo miró con cierta distancia, desconfiada.
—¿Puedo ir primero al baño? Quiero asearme —pidió con voz pausada.
Mauro frunció el ceño. No dijo nada por unos segundos. Luego asintió.
—Cinco minutos.
Ella asintió, recogió el vestido del suelo, y entró al baño cubriéndose aún con la sábana, como si no soportara la idea de que él viera su piel, incluso ahora.
Pasaron los cinco minutos.
Melissa salió. El cabello aún húmedo, la cara estaba limpia y sin maquillaje. Se quedó parada frente a él, con la cabeza agachada. No sabía si debía hablar, o avanzar, o pedir permiso.
Mauro la observó con los ojos entrecerrados. Luego señaló la mesa con un leve gesto.
—Adelante. Siéntate y come.
Ella caminó con lentitud y se sentó. No tocó nada. Solo sirvió un vaso de jugo de naranja. Lo sostuvo entre sus manos por varios segundos, luego bebió, un sorbo tras otro.
La comida estaba allí, tan provocativa, tan colorida, tan ajena. Cerró los ojos, como para evitar mirarla.
—¿Por qué no comes? —preguntó Mauro, sin levantar la voz.
Melissa apretó los labios. Trató de responder, pero la garganta se le cerró.
—Porque después me dirás que engordé —murmuró finalmente—. Y me harás sentir culpable. Como todos.
Mauro dejó el tenedor sobre el plato. Se pasó una mano por el rostro, de modo desesperado. Como si cargara con mil conversaciones parecidas.
—A ver, Melissa… —exhaló con fuerza—. Yo no quiero que te mates de hambre. No estás aquí para marchitarte. Si tienes hambre, come. Si subes de talla… se renueva el clóset. Punto.
Ella lo miró sorprendida. No entendía nada. ¿Era en serio?
—Por Dios, Melissa. Soy humano —continuó él—. No soy un monstruo. Yo no acostumbro a golpear a las mujeres…
Hizo una pausa demasiado larga.
Y entonces, con una voz más baja, más áspera, añadió:
—A menos que desobedezcan mis órdenes.
Melissa sintió un escalofrío recorrerle la columna. Bajó la mirada de inmediato. El vaso tembló en su mano.
Todo se volvió claro en ese instante.
No estaba frente a un príncipe.
Solo frente a un hombre… que aún no había mostrado todas sus sombras.
Melissa no pensaba comer. O eso se decía a sí misma.
Pero algo en el olor del desayuno, en la calidez del jugo de naranja y en los pastelitos de hojaldre todavía tibios, empezó a ablandar la barrera de su orgullo y desconfianza.
Tomó el tenedor con lentitud. Pinchó un trozo de fruta. Luego otro. Y cuando probó el primero, cerró los ojos sin darse cuenta. El dulzor del melón, la acidez fresca de la piña hizo que su boca se humedeciera.
Comió un bocado de hotcake con miel y mantequilla derretida. Luego otro. Respiró hondo. Cerró los ojos otra vez. Sus labios se curvaron apenas. Era la primera vez, en semanas, que degustaba algo sin miedo a ser interrumpida, criticada o castigada.
Mauro la observaba desde su lado de la mesa.
No comía. Solo la miraba disimuladamente, sin que ella lo notara, la contemplaba con el codo sobre la silla, los dedos apoyados en la boca. Y en su pecho, algo se movió. No lo esperaba. Un calor tibio, algo incómodo. ¿Felicidad?
¿Desde cuándo una mujer comiendo podía removerle el alma?
Pero justo cuando esa sensación lo invadía, sus pensamientos se nublaron. Algo en su mente volvió a lo de siempre. A los recuerdos, a los enemigos, al mundo sucio al que pertenecía. bajó la mirada y empujó el plato. Ya no quería comer.
—¿Qué quieres que haga durante el día? —preguntó Melissa, rompiendo el silencio, sin levantar la mirada de su vaso.
Mauro la miró. Y sonrió.
—Quiero que vayas de compras —dijo con voz suave, inesperadamente amable—. Que te despejes la mente un rato. Si quieres, puedes llamar a tu hermana Romina.
Melissa alzó los ojos, incrédula.
—¿De compras?
—Sí —asintió él—. Necesitas ropa nueva. Zapatos, perfumes, lo que se te antoje. Vas a ir escoltada, por supuesto. No olvides quién eres.
Hizo una pausa. Luego su voz se volvió más grave.
—Eres la prometida del gran Mauro Lombardi… uno de los hombres más odiados de toda Italia.
Melissa se quedó muda.
Él estiró la mano hacia su chaqueta, sacó de un bolsillo interno una tarjeta dorada. Brillaba bajo la luz. Se la tendió entre dos dedos.
—La clave… es tu fecha de nacimiento.
Los ojos de Melissa se abrieron, sorprendidos.
La miró, luego lo miró a él. No sabía qué sentir. Ni qué pensar.
—No voy a salir de esta casa hoy —dijo Melissa, con una firmeza que hizo vibrar el aire.
Mauro, que aún sostenía la tarjeta dorada entre sus dedos, alzó una ceja.
—¿No? —preguntó en tono grave.
Ella negó con la cabeza, cruzando los brazos sobre el pecho.
—No voy a empezar a doblegarme tan rápido. No me visto, no sonrío, y no gasto tu dinero como una muñeca plástica. No soy tu trofeo.
Mauro frunció el ceño, molesto… pero no replicó.
Solo bajó la mano lentamente y volvió a guardar la tarjeta en su chaqueta.
Melissa dio media vuelta, sus pasos lentos y seguros la llevaron hasta la enorme ventana que daba al jardín trasero.
El día estaba nublado. El cielo gris parecía un espejo de su corazón. Apoyó una mano contra el cristal y cerró los ojos.
Detrás de ella, Mauro la observaba en silencio.
Su figura de espaldas, su cuello delicado, los mechones de cabello cayendo por su espalda. Se la veía frágil. Inalcanzable. Tan distinta a todas.
En su mente, sin quererlo, recordó aquellas escenas tontas de películas que había visto en su juventud… donde el protagonista se acercaba por detrás, la abrazaba con ternura y ella por fin cedía.
Por un segundo, quiso que eso ocurriera.
Solo por un segundo.
Mauro se acercó, despacio, como si temiera romper el momento. Extendió las manos, temblorosas, y las posó sobre la cintura de Melissa, suavemente.
Pero no hubo magia, ni ternura, ni rendición.
Solo hubo un grito ahogado… y luego, el dolor más cruel que había sentido en años.
—¡Agh! —gimió Mauro, cuando Melissa se volteó de golpe y su rodilla lo impactó con fuerza en sus partes nobles.
El mafioso cayó de rodillas al suelo, con las manos cubriéndose, la respiración entrecortada y los ojos nublados.
Melissa lo miraba con el pecho subiendo y bajando, furiosa.
—¿No dijiste que no me forzarías? ¿Acaso ya lo olvidaste? —interrogó Melissa con su cuerpo temblando por lo que había acabado de hacer. Y porque ese abrazo la hizo sentir enfadada, humillada y asustada de nuevo
—Yo solo quería… —Interrumpió su excusa porque de pronto Mauro entendió que la forma de reaccionar de Melissa había sido por instinto.
Así que la miró desde el suelo, jadeando. Su rostro estaba desencajado del dolor, pero en sus ojos no había furia.
Solo sorpresa. Y una tristeza muda.
Se puso de pie lentamente, cojeando, con los dientes apretados.
Melissa pensó que iba a golpearla.
Pero Mauro solo la miró por última vez… con esa mirada fría y lastimera, como un niño que acababa de ser traicionado… y salió de la habitación en silencio.
Ella escuchó el portazo cerrarse detrás de él.
Y entonces, la rabia que la sostenía se derrumbó. Se cubrió el rostro con las manos… y se dejó caer contra la pared.
Nunca imaginó que él se atreviera a tocarla.
Y Mauro… nunca pensó que una mujer tan linda pudiera ser tan ruda.
Melissa no salió de su habitación en todo el día.
No respondió a los toques de las empleadas.
No contestó a los llamados de nadie.
No quería ver a nadie.
El desayuno seguía ahí, con restos fríos que nadie había retirado. Ella se había sentado en el alféizar de la ventana a leer una novela que encontró en la pequeña biblioteca del rincón. Leía, sí… pero no comprendía una sola línea.
Su mente no dejaba de dar vueltas.
Una y otra vez volvía a la escena oyendo el gemido de Mauro retorciéndose.
A media tarde se duchó. Necesitaba agua caliente en la piel. Quizás así se lavaría la culpa, el miedo y la incertidumbre.