Mauro lucha por contenerse

1051 Words
Salió del baño con una bata, se secó el cabello con calma y, cuando la luz del sol empezó a declinar, se puso una pijama de algodón suave: pantalón largo, camisa holgada. Quería sentirse protegida, aunque fuese por la ropa. Pero apenas vio por la ventana que el cielo tomaba ese tono violáceo que anunciaba la llegada de la noche, su corazón dio un vuelco violento. Como una campanada de alarma. —Dios… —susurró, llevándose una mano al pecho. El miedo la devoró de golpe. Ese miedo familiar. Ese que le apretaba la garganta, que le impedía respirar. El mismo que había sentido tantas veces con Eduardo. «Él vendrá… vendrá y me hará pagar». Porque siempre era así. Y entonces vio como la camioneta blanca pasaba las rejas de la entrada con lentitud, como un lobo que vuelve a su cueva. Las luces se apagaron. Y una silueta descendió del vehículo. Era Mauro. Melissa retrocedió como si hubiera visto un monstruo. —No… no, por favor… —susurró. Sintió las lágrimas empezar a rodar sin control por sus mejillas. Se tapó la boca para no gritar. Se culpaba y se arrepentía. —No debí golpearlo… ¿qué me pasó? —sollozó. Pero sabía la respuesta. Recordó los gritos de Eduardo. Recordó cómo la encerraba en el baño. Cómo le arrancaba el vestido con furia. Cómo la obligaba a decir “perdón” mientras lloraba y sangraba. “¡Es tu culpa, Melissa! ¡Tú provocas que yo sea así!” Eso le decía Eduardo. Y por eso, cuando Mauro se acercó por detrás con ternura… ella reaccionó como un animal asustado. —Fue el impulso… fue el miedo… —decía Melissa, con las manos temblorosas. Se acercó a la cama y se sentó. El corazón le latía sin control en el pecho. Escuchó pasos. Puertas abriéndose. Voces apagadas. La noche había comenzado. Y con ella, el temor de lo que vendría. Mauro no era Eduardo… o eso quería creer. Pero hoy lo había golpeado. Y los hombres como ellos, poderosos, ególatras, no dejaban pasar algo así jamás. Volvió a llorar, en silencio, con los brazos abrazando sus piernas. Como si pudiera hacerse pequeña e invisible. —Perdóname, Dios… perdóname si esta noche no salgo viva… …. Esa noche, Mauro no entró a la habitación. Ni un solo crujido en la cerradura. Ni una sombra bajo la puerta. Nada. Melissa durmió sola. O al menos, intentó hacerlo. Había colocado varias cosas contra la puerta: una bandeja metálica, un jarrón, incluso una percha pesada. Si alguien abría la puerta, todo caería al suelo y haría ruido. Ella necesitaba una advertencia. Una fracción de segundo para huir o defenderse. Esa era su única paz. Cuando al fin logró cerrar los ojos, su mente no se apagó. Solo se arrastró entre sombras y memorias rotas. El cuerpo de Mauro encorvado de dolor. la mirada incrédula de él. Y el miedo. Siempre el miedo. Al amanecer, la luz la despertó con brutalidad. Le dolía su cabeza demasiado como si hubiese bebido sin medida. Pero no. Era el insomnio, el estrés, pensando en el castigo anticipado. El teléfono de la mansión sonó varias veces. Melissa no contestó. Cada tono era un disparo en el pecho. Pasados unos minutos, alguien tocó la puerta. —Melissa —la voz de Mauro, grave y cortante—. Romina llamó. Devuélvele la llamada. Está preocupada por ti. Melissa no respondió. Solo asintió. Ni siquiera levantó la vista para mirarlo. Se quedó un rato más en su habitación, sentada en la orilla de la cama. Después, bajó, hizo la llamada, le dijo a Romina que estaba bien. Mintió con una voz apagada y sin entusiasmo. Cuando subió nuevamente… él estaba ahí. Sentado en la cama como si no hubiera pasado nada. —Acércate —dijo sin más. Ella lo hizo. Sus pies descalzos rozaron la alfombra. Se detuvo a un metro. Pero Mauro ya se estaba sentando en el piso. La sorprendió, y no dijo ni una palabra. Solo tomó sus tobillos con firmeza y empezó a acariciar sus pies. Sus dedos eran cálidos. Expertos. Lentos. Ningún gesto s****l. Solo contacto. Melissa no sabía si debía retroceder. Sin embargo, no se movió. Mientras que, una lágrima escapó de su ojo sin pedir permiso. No por dolor, ni por ternura. Sino por la certeza de que aún debía pagar. Ese momento de calma era solo la antesala del castigo. Y entonces él lo hizo. La atrajo hacia él con un tirón suave, sin violencia. Su rostro descendió y aspiró el aroma de su piel. Primero sus pies, luego sus tobillos. Ascendió por sus piernas. Melissa contuvo el aliento. El cuerpo le temblaba. Su mente gritaba “¡No!”. Pero su boca no dijo nada. Hasta que ocurrió. Un segundo de lucidez y de impulso. —¡Aléjate! —gritó. Le dio un empujón con un pie clavándole la planta contra el pecho. Mauro cayó de espaldas, sentado. No se quejó. Se quedó allí mirándola. Ella temblaba. Pero él… sonreía. Era una sonrisa mínima, casi invisible. No de burla, más bien de comprensión. Como si algo dentro de él acabara de encajar. «No me odia… solo tiene miedo». «No me rechaza… se está defendiendo de sus fantasmas». Y luego pensó. «¿Qué diablos me pasa?». Un hombre como él. Dueño de media ciudad. Respetado por el infierno. Temido por jueces, mafiosos, presidentes. Un hombre que con una sola mano podía quebrarle el cuello a cualquiera. Y aún así… se dejó golpear dos veces por la misma mujer. No sintió furia. Ni orgullo herido. Sintió algo más raro. ¿Placer? ¿Excitación? ¿Curiosidad? No lo sabía. «¿Soy un maldito enfermo que disfruta de esto?» «¿Un sadomasoquista domesticado por una mujer frágil y herida?» No le explicó que su intención no era hacerle daño. No le confesó que, si se hubiera arrodillado un centímetro más, le habría besado la piel con adoración. Que tenía hambre. Una hambre visceral. No solo de cuerpo… sino de alma. Pero no dijo nada, se levantó del suelo, pasó junto a ella sin mirarla y salió. Melissa se quedó sola. Con el corazón a punto de salirsele del pecho Y con la terrible sensación de que el verdadero juego… apenas estaba comenzando.  
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