La paciencia de Mauro parece agotarse

1504 Words
La tarde estaba pesada y la mansión muy silenciosa. Melissa había bajado a la biblioteca con un libro bajo el brazo, pero no leía. Sus ojos se paseaban por las páginas sin retener nada. Y entonces lo sintió. Ese magnetismo que solo él tenía. Mauro estaba en la puerta, apoyado contra el marco, los brazos cruzados y la mirada clavada en ella. —¿Puedo entrar? Melissa no respondió. Simplemente cerró el libro y lo dejó sobre la mesa. —Ya estás aquí, ¿no? Mauro se acercó con pasos firmes. Se detuvo frente a ella. Parecía tranquilo, pero sus ojos tenían esa chispa que ardía cuando algo le daba vueltas en la cabeza. —Melissa… —dijo al fin, con voz grave—. Quiero hacerte una pregunta. Y quiero que me respondas sin rodeos. Ella lo miró con el ceño fruncido. Desconfiada y siempre en guardia. —Habla. —¿Por qué me golpeas cada vez que puedes? —soltó él, sin más. La pregunta quedó flotando entre ellos. Como una amenaza. Melissa entrecerró los ojos. —¿De verdad quieres saber? —Sí. Estoy harto de recibir tus rodillazos y empujones como si fuera un maldito abusador. Solo intento acercarme… entenderte. Ella se puso de pie. Su cuerpo era pequeño frente al de él, pero su energía llenaba la habitación. —Porque no estoy dispuesta a ser usada, Mauro. —Melissa se sentía con confianza para defenderse. —¿Usada? —Sí —escupió, con rabia contenida—. No soy una muñeca. No soy una propiedad más de tu colección. No voy a servir para saciar tus placeres más asquerosos. No soy una herramienta para cubrir tus perversiones de macho enfermo. El silencio fue brutal. Mauro no se inmutó al principio. Luego, una sonrisa lenta apareció en su rostro. —¿Así me ves? —Así veo a todos los hombres que quieren tocar sin preguntar. Que se acercan, huelen, se arrastran con palabras dulces para hacer lo que les da la gana. —¿Y tú crees que eso es lo que yo quiero hacer contigo? Melissa no respondió. Pero su mandíbula tensa lo decía todo. Mauro se acercó un paso. Ella no retrocedió. —Escúchame bien —dijo él, sin elevar la voz—. Puede que yo sea un mafioso. Puede que haya hecho cosas horribles. Puede que esté podrido de sangre hasta el cuello. Pero hay algo que jamás voy a hacer. Hizo una pausa. La miró con esa intensidad que desarmaba: —Yo no obligo a una mujer. Jamás. Soy un caballero, aunque no lo parezca. ¿Me entiendes? Contigo… no voy a tocarte si no me lo pides. No voy a besarte si no lo deseas. No voy a probarte si no te entregas. Melissa tragó saliva. No esperaba eso. Algo dentro de ella se quebró un poco. —¿Un caballero? ¿Tú? —Sí —respondió con firmeza—. Con las mujeres, siempre. —Y con los demás… —Con los demás soy un monstruo —dijo, sin vergüenza—. Pero no contigo. Melissa bajó la vista. La rabia estaba allí, mezclada con miedo, con dolor, con todo lo que Eduardo le había dejado incrustado en el alma. —Me cuesta creerlo. —Lo sé. —Me cuesta confiar. —También lo sé. Hubo un momento de silencio. Mauro volvió a hablar. —¿Te crees que no noto cómo tiemblas cada vez que entro en la habitación? Ella lo miró, desafiante. —¿Y qué? ¿Acaso esperabas que actúe? —No —dijo él, serio—. Pero tampoco esperaba que intentará dejarme sin hijos para siempre con ese golpe. Melissa soltó una carcajada, inesperada, irónica, cortante. —Te lo merecías. —Tal vez —dijo él, con una sonrisa torcida—. Pero aún así… sigo aquí. No me he ido. No me he vengado. Y no pienso hacerlo. Ella lo observó. Ese hombre podía romperle los huesos con solo un movimiento. Pero estaba hablándole. No gritándole, ni amenazándola. —¿Por qué? —Porque eres mi mujer, Melissa. Y porque quiero ganarme tu confianza. Aunque me tome años. Melissa se quedó callada. Un murmullo se escapó de sus labios. —No me toques sin permiso. —Jamás —respondió él. —Y no esperes que te sonría como si fueras mi héroe. —Esperaré paciente. Ella cruzó los brazos. —Esto no cambia nada. —Pero es un comienzo —dijo Mauro—. Uno jodidamente lento… pero real. Ella no respondió. Solo lo miró, no con miedo, sino con cautela. Y eso, para Mauro, ya era una victoria. —Ya que no quisiste ir con Romina —dijo Mauro mientras se ajustaba la camisa—, irás conmigo. Melissa lo miró sin mover un solo músculo. —¿A dónde? —De compras. —No quiero. —No pregunté si querías, Melissa. Ella suspiró, larga y resignadamente. Sabía que decirle no a Mauro era como prenderle fuego a la casa con ella dentro. Así que, a regañadientes, lo siguió fuera de la mansión. En el camino al centro comercial, no cruzaron palabra. Mauro, como siempre, se mantenía tranquilo, como si su silencio fuera una estrategia pensada. Melissa, en cambio, contenía cada impulso de abrir la puerta del auto y echarse a correr. Cuando llegaron, Mauro se acercó como si fuera lo más normal del mundo y extendió su mano hacia ella. Melissa dio un paso hacia atrás. —No —dijo con frialdad. —¿Qué? —No te voy a dar la mano. No soy tu esposita feliz que sale de compras con su marido encantador. No voy a dar espectáculo. Él arqueó una ceja y la miró de reojo. —Melissa… —No me importa lo que pienses. No voy a hacer de marioneta. No soy parte de tu teatro. Mauro suspiró, con una sonrisa peligrosa. Bajó la voz hasta hacerla un susurro ronco, con ese tono que siempre helaba la sangre. —Si vuelves a quitarme la mano, te advierto que la próxima vez voy a usar pegamento. A ver si así aprendes a ser obediente y a respetar un simple antojo de tu futuro esposo. Ella lo fulminó con los ojos. Mordió su labio con rabia y asco, pero finalmente, con los dientes apretados, le dio la mano. Se sintió ridícula y vacía. Como si todo lo que quedaba de su orgullo estuviera hecho trizas. Mauro caminaba con ella como si fuera un trofeo, ajeno al odio que hervía en sus entrañas. En las tiendas, Melissa no escogía nada. Todo lo elegía él. Sostenía cada prenda con mirada crítica, se la entregaba y decía: —Ve a probártelo. Ella obedecía, aunque cada paso al probador se le hacía una tortura. Su rostro permanecía duro, obstinado, sin rastro de ilusión. Solo fastidio. Entonces Mauro escogió un vestido n***o, entallado, de tela suave y sugerente. Se lo pasó sin preguntar. —Póntelo. Quiero verlo. Melissa lo tomó y entró al probador sin mirarlo. Se lo puso con desgano y rabia. Cuando salió, él se cruzó de brazos y la recorrió con la mirada. —Da una vuelta —ordenó. Ella giró sobre sí misma, pero lo hizo con evidente fastidio. Nada en ella quería serle de su agrado. Mauro se acercó en silencio, rápido, y la tomó por la cintura. Antes de que pudiera esquivarlo, la besó con violencia. Fue brusco y asfixiante. Melissa lo empujó. Su rostro se encendió de furia. Sin pensar, le escupió en la cara y luego lo abofeteó con fuerza. El silencio en la tienda fue total. La gente dejó de moverse. Las dependientas dejaron de respirar. Todo se congeló. Melissa tragó saliva. Supo que había cruzado una línea. Que ese era el tipo de humillación que un hombre como Mauro no perdonaba. Esperaba el golpe. El rugido. Incluso la pistola. Pero Mauro no dijo nada. Simplemente se limpió el rostro, respiró hondo, y sin un gesto de advertencia, la cargó como un costal de papa sobre el hombro. Ella comenzó a patalear, a golpearle la espalda con los puños, pero él no la soltó. Caminó firme, como si nada hubiera pasado. Tronó los dedos. Uno de sus guardaespaldas se acercó sin hablar. —Paga todo. Recoge las bolsas —dijo Mauro sin girarse, y siguió caminando con Melissa encima, cruzando todo el centro comercial. Ya en el estacionamiento, la bajó bruscamente y le abrió la puerta del auto. —Entra. Melissa obedeció, temblando. No dijo una palabra. Él entró detrás y cerró la puerta con fuerza. El ambiente se volvió oscuro. Mauro giró hacia ella. Sus ojos brillaban, no con rabia… sino con algo más peligroso: contención. —Creo que fuiste demasiado lejos —dijo con voz seca—. Muy lejos, Melissa. Te lo advertí. Ella no pudo responder. Solo bajó la vista, con el pecho apretado, sintiendo que había cometido un error peor que todos los anteriores. Uno que tal vez no tendría marcha atrás.
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