El silencio que se instaló en el auto era como una bomba a punto de estallar. El chofer salió del auto y los dejó solos. Melissa supo que ahí venía la consecuencia de su actuar impulsivo. Ella mantenía la mirada clavada en el vidrio, con las manos apretadas sobre sus piernas. Podía sentir la furia de Mauro llenando cada rincón del vehículo. No dijo una palabra durante varios segundos. De pronto, giró hacia ella y sin aviso la tomó con fuerza de las mejillas. Su agarre fue seco, firme y doloroso enterrando sus dedos en la piel. —No juegues con mi maldita paciencia —espetó, entre dientes. Melissa lo miró, sin parpadear. Su corazón golpeteaba dentro del pecho. Sentía que cada latido era una cuenta regresiva. Mauro acercó su rostro, la observó como si quisiera atravesarla con los o

