Melissa se recostó en el sillón de su estudio, mirando por la ventana el atardecer que teñía el cielo de tonos cálidos. Desde que Romina le había contado sobre el nacimiento del hijo de Mauro, no podía dejar de imaginarlo. Pensaba en él, en su mirada, en la forma en que debía cargar al bebé con esas manos fuertes, en el modo en que seguramente lo acunaba contra su pecho y le susurraba promesas. La idea la conmovía y la inquietaba a la vez. —No quiero que me lo cuenten —murmuró para sí misma, con un suspiro—. Quiero verlo yo misma. Tomó su agenda y la revisó. Los días estaban repletos de reuniones, llamadas con diseñadores, citas con inversionistas y ensayos para la pasarela de la colección Dulce Bella. —Debo esperar un poco —se dijo, pasando una mano por su cabello—. Esta colección es

