El cansancio se le notaba. Melissa apoyó la frente contra la ventana del auto. Llevaban más de diez horas en carretera. Sus párpados pesaban y la cabeza le palpitaba. El paisaje comenzaba a repetirse como una cinta que no acababa. —No podemos seguir así —dijo Erick, rompiendo el silencio. Ella giró apenas el rostro hacia él. —¿Qué? —Estoy hablando en serio, Melissa. Estamos agotados. Tú no puedes más, y yo… yo tampoco. Hay que detenernos. Buscar un lugar para descansar. Unas horas. Ella dudó. El impulso le gritaba que siguieran, que no pararan hasta saber la verdad. Pero su cuerpo ya no respondía. —Está bien —aceptó con voz baja. En el siguiente pueblo encontraron un motel sencillo a la orilla de la carretera. Las luces de neón parpadeaban como si también estuvieran al borde del col

