La brisa nocturna acariciaba las farolas del jardín cuando Mauro y Melissa salieron por el sendero de piedras, alejándose de la música, de las miradas, del veneno. Ella no decía nada. Caminaba en silencio, tomada de su brazo. Con el rostro tranquilo, pero el corazón latiendo demasiado rápido. Mauro no miraba atrás. Caminaba con decisión, como si no necesitara explicación alguna. Como si fuera más importante protegerla que complacer a cualquiera. Entonces una voz resonó detrás de ellos: —¡Melissa! Ambos se detuvieron. Melissa giró apenas el rostro. Y ahí venía Romina, corriendo con la falda recogida entre las manos y el peinado temblando de un lado al otro. Detrás de ella, con pasos más largos y precisos, venía Enzo, sin soltar la copa de whisky que aún llevaba en una mano. Romina al

