Melissa despertó unas horas después, más lúcida. El antídoto había hecho efecto y el cuerpo empezaba a estabilizarse. Su respiración era más tranquila. Sus labios ya no estaban tan pálidos. Aún estaba débil, pero consciente. Mauro seguía allí. De pie, inclinado sobre ella, hablándole bajito de vez en cuando. Acariciándole el cabello. Cambiándole la toalla húmeda de la frente. Pendiente de cada detalle como si fuera su única misión en la vida. —¿Estás aquí? —preguntó Melissa, con la voz ronca. —Aquí estoy, preciosa. No me he movido. Ella lo miró fijamente. Había algo distinto en sus ojos. Más suaves. Más suyos. Tan cerca… tan presente. —Me siento… protegida —dijo, bajito. Él sonrió con ternura. —Eso es exactamente lo que quiero que sientas. Protegida. Siempre. Hubo un momento de s

