Mauro volvió a Italia con el mismo peso en el pecho con el que había partido. No había pasado ni una hora desde que pisó el país cuando ya estaba en camino a la residencia donde mantenían a Jimena. Necesitaba ver con sus propios ojos cómo seguía el embarazo. Entró en la habitación sin anunciarse. Jimena estaba recostada en una chaise longue, con una mano sobre el vientre y la otra sosteniendo una copa de jugo. Lo miró con un brillo extraño en los ojos, mezcla de desprecio y desafío. —Mauro, desgraciado… —dijo con una sonrisa torcida—. Cuando este hijo esté a punto de nacer, voy a apretar las piernas y lo ahogaré. No pienso dártelo. Si no lo crías conmigo… no vivirá. Ya me ha deformado el cuerpo suficiente. Me arrepiento de haber cometido este error. Mauro la observó en silencio un insta

