Mauro dormía con una tranquilidad poco común. La noche le había traído una dicha serena, y por primera vez en mucho tiempo, no había pensamientos oscuros rondándole la cabeza. Tenía a Melissa entre sus brazos, su cuerpo tibio, respirando lento contra su pecho. Sentía que por fin algo empezaba a tener sentido. Pero de pronto, esa calma se quebró como un cristal. —¡No! ¡No, por favor, no! ¡Déjenme! ¡Suéltenme! —gritó Melissa en medio del sueño, retorciéndose, llorando, su rostro empapado en sudor. Mauro se incorporó de inmediato, aún confundido por el sobresalto. —Melissa… tranquila, amor, tranquila… —murmuró mientras le acariciaba la frente con los dedos temblorosos. Ella se sacudía, atrapada en su pesadilla. Sus manos se cerraban con fuerza en las sábanas y su respiración era entrecor

