Mauro regresó dos días después, pero no era el mismo. Atravesó el umbral de su casa como un huracán contenido. No saludó. No sonrió. No buscó explicaciones. Solo cargaba en los ojos una furia oscura, quemante, como si en cada paso que daba se estuviera vengando del amor que alguna vez sintió por Jimena. La vio sentada en el sofá, con esa expresión de falsa fragilidad que ya no le conmovía. —Levántate —ordenó con voz grave, seca. Jimena parpadeó, desconcertada. Trató de dibujar una sonrisa. —Mauro… ¿Ya volviste? No me dijiste que vendrías tan pronto. Él no respondió. Se limitó a alzar una ceja y dar una señal con la cabeza. En cuestión de segundos, dos médicos —un hombre y una mujer— entraron tras él con portapapeles, uniformes blancos y miradas decididas. Jimena se incorporó, sintiend

