La película seguía rodando en la pantalla, pero para Melissa todo había terminado mucho antes del final. Estaba sentada, tiesa, con las piernas cerradas, las manos en el regazo y el rostro ardiendo como si hubiera metido la cabeza en un horno. No podía mirar a Mauro. No podía mirarse a sí misma. La respiración aún la traicionaba con espasmos involuntarios. Como si su cuerpo quisiera recordar lo que su mente deseaba olvidar. Se sentía expuesta, vulnerable, demasiado frágil. Y su corazón golpeaba como queriendo castigarla por haberse dejado llevar. Por haberse derretido entre las manos de ese hombre… allí. En ese lugar. Donde cualquier cámara podría haberlos grabado. Donde cualquiera podría haber entrado. —No puedo creer lo que hicimos… —murmuró, al fin, apenas un susurro. Mauro l

