Apenas terminaron la cena, Mauro se puso de pie. No dijo una sola palabra. Solo se levantó, recogió su plato… luego el de Melissa… y también el de Garras. «¿Qué estás haciendo?» se preguntó Melissa, sin poder ocultar la sorpresa. Mauro caminó con paso firme hacia la cocina, cargando los platos como si fuera el mesero de una fonda. Melissa lo observaba, petrificada. Jamás había visto algo parecido. En la cocina, Ornella estaba secando unas copas cuando Mauro se le acercó, dejó los platos sobre la encimera y sin previo aviso le besó la frente. —Gracias por todo, mi viejita —le susurró con ternura. Ornella lo miró con una mezcla de cariño y resignación. Melissa se quedó en el marco de la puerta. ¿Qué clase de mafioso recogía los platos? ¿Quién era realmente ese hombre al que todos

