El Senado Galáctico flotaba sobre un anillo de luz blanca.
Cientos de delegados observaban en silencio mientras una figura se adelantaba al centro.
Kira, senadora de alto rango, alzó la voz.
—Este torneo no es un espectáculo —dijo con firmeza—.
Es el pilar que sostiene la paz del universo.
Un murmullo recorrió la sala.
—Después de la destrucción de la Vía Láctea —continuó— juramos algo:
nunca más guerras.
El Torneo de las Mil Galaxias nació para evitar la extinción total.
Kira giró lentamente, mirando a cada representante.
—Pero la paz solo existe si hay transparencia.
Si las reglas son iguales para todos.
Si el poder no se concentra en una sola mano.
Desde su trono elevado, Varhlok observaba sin moverse.
Sus ojos, fríos.
—¿Insinúa usted irregularidades, senadora? —preguntó con una sonrisa controlada.
Kira sostuvo la mirada.
—Insinúo que el próximo torneo debe ser vigilado por el Senado completo.
Sin influencias.
Sin manipulaciones.
Sin equipos favorecidos.
Un delegado de los sistemas exteriores intervino:
—¿Y si el equilibrio se rompe?
Kira respondió sin dudar:
—Entonces el torneo dejará de ser un símbolo de unión…
y se convertirá en la chispa de una nueva guerra.
El silencio fue absoluto.
Varhlok apoyó los dedos sobre el brazo de su asiento.
—El Consejo decidirá —dijo—.
Como siempre.
Kira dio un paso atrás, pero antes de retirarse lanzó su última advertencia:
—El universo está mirando.
Y esta vez… el legado del pasado podría volver a jugar.
Los ojos de Varhlok se entrecerraron.
Sabía que Kira no hablaba solo del torneo.
Hablaba del humano.
Y eso lo inquietaba más que cualquier voto del Senado