Ca‑pa 7 no aparecía en los mapas oficiales.
Era un planeta olvidado, oculto en los márgenes más oscuros del espacio.
Un mundo de desechos.
Montañas de chatarra se extendían hasta donde alcanzaba la vista:
restos de naves de combate, cruceros estelares partidos en dos, máquinas de guerras pasadas, oxidadas y abandonadas.
Allí terminaba todo lo que el universo ya no quería.
Y allí vivía Orión Aje.
El muchacho avanzaba entre los restos metálicos con una bolsa al hombro.
Sus manos sabían exactamente qué buscar.
—Esto sirve… —murmuró, arrancando un módulo de energía aún funcional—.
Esto también.
Cada pieza recuperada era comida.
Cada tornillo, una noche más.
El sol artificial de Ca‑pa 7 apenas iluminaba el paisaje cuando Orión se detuvo.
Sacó de entre los restos un balón improvisado, armado con placas flexibles y sellos magnéticos.
Lo dejó caer al suelo.
Un toque.
Dos.
Tres.
El balón parecía obedecerlo.
Orión sonrió apenas.
No sabía por qué, pero cuando jugaba… el planeta dejaba de pesar.
—Orión… —se oyó una voz débil desde una estructura semiderruida.
Era su madre.
El muchacho guardó el balón y corrió hacia la vivienda, una antigua cápsula de escape adaptada.
—Ya voy, mamá.
Ella estaba recostada, respirando con dificultad.
A su lado, una niña pequeña observaba en silencio.
—¿Encontraste algo hoy? —preguntó la mujer.
Orión levantó la bolsa.
—Sí. Lo suficiente para comer… y tal vez medicina.
La niña sonrió.
—¿Jugaste otra vez?
Orión le guiñó un ojo.
—Un poco. No podía evitarlo.
La madre lo miró con ternura y preocupación.
—Ese juego… —susurró—. Siempre estás distinto cuando juegas.
Orión bajó la mirada.
—No lo sé, mamá.
Es como si… todo tuviera sentido por un momento.
Afuera, entre los restos de antiguas guerras, el balón quedó quieto.
Esperando.
Orión aún no lo sabía, pero en ese planeta de desechos…
acababa de crecer el jugador más peligroso del universo.