La nave de Nahraa atravesó la atmósfera de Ca‑pa 7 envuelta en turbulencias de polvo metálico.
Los sensores chisporroteaban mientras restos de chatarra orbital caían lentamente alrededor, como lluvia muerta.
—Este lugar no figura en ninguna ruta segura —dijo la piloto, ajustando los controles—.
No hay ciudades. No hay comercio. Solo desechos.
La nave descendió entre enormes estructuras oxidadas:
cruceros estelares partidos en dos, hangares colapsados, torres de comunicación convertidas en esqueletos de metal.
El suelo era una mezcla de arena negra y fragmentos de máquinas antiguas.
—¿Qué podemos encontrar aquí? —preguntó la piloto, mirando el paisaje con desconfianza—.
No hay nada vivo según los registros.
Nahraa observaba en silencio a través del visor frontal.
Sus ojos recorrían el terreno, pero no buscaban con lógica.
Buscaban con instinto.
—No lo sé —respondió al fin—.
Pero lo que busco… está aquí.
La nave tocó tierra con un golpe seco.
El viento levantó nubes de polvo brillante alrededor.
Nahraa se puso de pie, ajustó su armadura de guerrera y tomó su arma, aunque no parecía tensa.
Parecía… expectante.
Bajó por la rampa.
El suelo crujió bajo sus botas.
—Este planeta está muerto —insistió la piloto desde la cabina—.
Aquí solo vienen cosas a desaparecer.
Nahraa se detuvo, cerró los ojos un instante.
Sintió el lugar.
—No —dijo con voz firme—.
Aquí vienen las cosas que el universo todavía no terminó de usar.
Abrió los ojos y miró hacia el horizonte de chatarra infinita.
En algún punto, más allá de lo visible,
alguien jugaba.
Y sin saber por qué, Nahraa sonrió.
—Prepárate —ordenó—.
No vinimos a rescatar basura.
Vinimos a encontrar pasión.
A lo lejos, entre restos de metal y sombras alargadas,
un balón improvisado golpeó el suelo.
El destino acababa de poner un pie en Ca‑pa 7.