Orión no logró dormir.
El cuerpo descansaba, pero la mente no.
Cada vez que cerraba los ojos veía lo mismo:
el rostro cansado de su madre,
la respiración débil,
las manos pequeñas de su hermanita aferradas a la suya.
Ellas no sabían nada.
No sabían dónde estaba.
No sabían si estaba vivo.
Se incorporó sobresaltado.
El cielo rojizo de Ton‑Ton 5 comenzaba a aclararse. El viento arrastraba polvo y ecos antiguos. A unos metros, Nahraa lo observaba en silencio.
—No podés concentrarte —dijo ella, sin reproche.
Orión bajó la mirada.
—No debería estar acá —respondió—.
Ellas están solas.
Desprotegidas.
Apretó los puños.
—Si Varhlok descubre quién soy…
va a ir por ellas.
Nahraa se acercó despacio y se detuvo frente a él.
—Tenés razón —dijo—.
Lo haría.
Orión levantó la cabeza, sorprendido por la honestidad.
—Varhlok no ataca primero lo que ama el elegido —continuó Nahraa—.
Ataca lo que lo sostiene.
El silencio pesó entre ambos.
—Por eso —añadió— no voy a dejar que eso pase.
Orión negó con la cabeza.
—No podés proteger a todo el mundo.
Nahraa lo miró con firmeza.
—No —admitió—.
Pero puedo mover recursos.
Puedo esconderlas.
Puedo hacer que desaparezcan antes de que Varhlok las vea.
Se inclinó un poco hacia él.
—Te lo prometo, Orión.
Vamos a hacer algo.
Él tragó saliva.
—¿Por qué harías eso por mí?
Nahraa sostuvo su mirada.
—Porque si Varhlok te doblega…
no va a ser solo tu derrota.
Se enderezó.
—Y porque este Torneo no se gana solo con fuerza.
Se gana protegiendo lo que importa.
Orión respiró hondo.
Por primera vez desde Ca‑pa 7, sintió que no estaba completamente solo.
Desde lo alto, Lycar los observaba sin intervenir.
—El miedo es un ancla —dijo finalmente—.
Pero también puede ser combustible.
Orión se levantó.
—Entonces enséñeme a usarlo.
Lycar apoyó el bastón en el suelo.
—Eso intento —respondió—.
Desde el primer golpe.
El viento volvió a soplar con fuerza sobre Ton‑Ton 5.
Y muy lejos de allí, en algún punto del universo,
Varhlok seguía moviendo piezas…
sin saber aún que alguien ya había pensado
en su próximo movimiento.