— Estoy harto de esto —me quejo, masticando chicle barato en la cochera de mi amigo—, necesito despejar mi mente, no se me ocurre nada. A mi lado e igualmente tirados en el suelo, mis amigos asienten con pereza mientras se pasan uno a uno aquel enrollado porro que nos había costado la comida del día. Sydney, la única chica del grupo, se saca la camiseta y la arroja sobre la mesa llena de lo que vendría a ser nuestras únicas ideas para la nueva maqueta que debíamos presentar. — A mí me importa un carajo —suelta, acomodando sus pechos en el sostén—, tengo calor. Mauris, el más salido de mis amigos, la mira con descaro y sonríe. — Yo también tengo calor ahora. ¿Y si nos refrescamos? La morena le muestra su dedo medio y todos reímos. Es una manera de bromear entre ambos, llevamos si

