— ¡Vamos, entra!
A mi hermano le gustan los chicos. Él es alto, de buen parecer, atlético y muy carismático, pero contrario a lo que su dotado aspecto físico sugiere, él prefiere ser el pasivo dentro de los roles homosexuales, lo que le convierte en toda una trampa para los pequeños chicos estúpidos que se enamoran de él esperando que los tire al suelo y les someta.
— ¡La venda no se puede quitar! —chillan las chicas fuera de aquella habitación concurrida que no contenía más que un colchón en el suelo y unos cuantos objetos apilados en una esquina.
El hecho de que mi hermano y yo compartamos el mismo rostro siempre me pareció una desgracia, pero eso fue hasta hoy cuando cierto chico convenció a las chicas para dejarle entrar a esta habitación con "su platónico" durante el juego de siete minutos en el paraíso, lo que es una pena ya que mi hermano hoy no pudo venir.
Veo con una sonrisa al castaño, quien había sido rechazado días antes por mi hermano, parado frente a mí con su rulosos cabello oculto bajo un beanie de punto gris y sus ojos bajo la venda que se le había atado. Parado contra la pared, jugueteaba con sus nerviosos dedos esperando algún movimiento por mi parte.
Arrojo al colchón la venda que antes llevaba cubriendo mis ojos y me acerco con lentitud a él. Coloco mi mano sobre su cintura, sobre la sudadera que vestía, y me dedico a enrollar en uno de los dedos de mi mano libre uno de sus suaves rulos. Le escucho tragar grueso y mi vista baja a su boca, dándome la libertad de deslizar mi lengua entre sus rosados labios temblorosos que se abren con cautela permitiéndome entrar en su suave interior. Le beso con suavidad, enredándome en la temerosa lengua de su húmeda cavidad hasta arrebatarle suspiros, muerdo su labio inferior al separarme de él y un sentimiento de morbo se extiende en mi cerebro al ver sus labios hinchados y entreabiertos.
Sonrió con satisfacción.
La mano que antes jugaba con sus cabellos se escurre hasta su hombro y le empujo hacia abajo hasta dejarle de rodillas en aquel polvoriento suelo. Desabrocho mis jeans frente a su nariz y los bajo hasta medio muslo junto a mi ropa interior. Relame sus labios al captar la señal que el sonido le había otorgado pero no hace movimiento alguno, por lo tanto, levanto su barbilla con mis dedos y al tener mi m*****o sujeto en mi mano marco un lento recorrido con el glande desde comisura a comisura de su sexy boca, frotándome hasta lograr separarlos y mojarme con su transparente saliva.
— Abre la boca, dulzura —susurro.
Su boca se abre paulatinamente, su caliente aliento choca contra mi m*****o y lo introduzco dentro de ese lugar suave, estrecho y húmedo hasta el fondo, sus labios envuelven mi pene y succiona deliciosamente para luego alejarse, envolver mi glande con su lengua y volver a engullirla hasta donde su garganta le permitía. Tomo su cabeza con mis manos, enterrando mis dedos en su cabello y me empujo por completo hasta notar que su garganta se resiste, lo saco con suavidad y sonrío al ver como se le marcan dos hermosos hoyuelos mientras succiona; muevo su cabeza hacia un lado y llevo mi pene hacia un lateral de su boca, marcándola contra su mejilla hasta sacarla por completo, dejando una marca de brillante saliva y pre-semen en su rostro.
— Arriba —indico, tomándole de un brazo.
Se pone en pie torpemente y aprovecho para subirle la sudadera y deshacerme de ella junto con su camiseta, rodeo su caliente cintura con mi brazo y le pego a mi cuerpo para unir nuestras bocas en un beso profundo hasta que me separo de él y le empujo haciéndole caer de espaldas al colchón.
— Deshazte de los jeans —ordeno, mientras tomo una silla que reposaba en la habitación y la coloco obstruyendo la puerta—. Siete minutos no nos van a bastar.
Me giro mientras me saco la camiseta por sobre mi cabeza y sin esperarlo me coloco sobre el colchón, ayudando a un enredado chico a sacarse los pantalones de un tirón para arrojarlos a un lado. No tarda en cerrar sus piernas con vergüenza pero fue un acto que solo me incitó a avergonzarle más, por lo que tomo sus tobillos y los abro de par en par permitiéndome ver la hermosura de su sexo deseoso de atención. Beso el interior de su muslo con delicadeza y serpenteo mi lengua hasta llegar a su entrepierna en donde le lamo y chupo gentilmente, deleitándome en su sabor y el sonido de sus gemidos desesperados. Llegado este punto, sus manos toman mi cabello y me pegan entre sus piernas con anhelo, le succiono con más intensidad y arquea su espalda aumentando el ritmo de su respiración. Estaba completamente consumido por el placer así que aprovecho para llevar un par de dedos hacia su boca y lubricarlos en sus propios fluidos para luego los colocarlos sobre su esfínter, masajeándole y embadurnándole con su saliva mientras sus muslos se estremecían sobre mis hombros.
— Ya m-me he preparado con anterioridad —informa con la voz temblorosa—, no tienes que hacerlo.
Meto ambos dedos dentro de él y noto que entran sin mucho problema aunque su cuerpo lo experimenta notablemente. Sonrío pegado a su m*****o y los muevo dentro mientras continúo estimulándole hasta que sus gemidos se tornan suplicas y decido subir hasta su cuello, acomodando sus piernas al rededor de mi cintura y haciendo que mi duro pene haga contacto con su entrada. Tomo un condón del bolsillo de mi pantalón y lo abro con mis dientes para luego colocármelo con rapidez.
— Mételo rápido —implora, meneando sus caderas contra mí.
Yo no me encontraba menos ansioso que él pero me obligué a concentrarme en mi tarea hasta que sujeto la base de mi pene ya enfundado en el preservativo para poder frotarlo entre sus glúteos con lascivia, jugueteando con su pulsante entrada hasta que su mano me interrumpe tomándolo por su cuenta y colocándolo justo en el dilatado lugar que debía irrumpir. Empujo mis caderas, negándome a hacer la espera mayor, y relamo mis labios al sentir la delicia de su argolla apretar la cabeza de mi duro m*****o, resistiéndose a ser penetrada por tal tamaño y sensación que separaba sus carnosas paredes y abría sus calientes entrañas húmedas hasta golpear firmemente su interior. Su cuerpo se tensa y sus uñas se clavan fieramente en mi espalda mientras gime.
— Hazlo...lento —masculla lastimero.
Tomo sus caderas y le embistió nuevamente, entrando aún más profundo. Sus piernas se envuelven en mi torso haciéndome más fácil el penetrarle fuertemente logrando que su cuerpo se balancee hacia adelante al chocar mi pelvis contra él, nuestros cuerpos se vuelven calientes ante el roce de la piel desnuda friccionarse entre si, todo a mi alrededor desaparece y mi mente se llena totalmente de su erótico aroma y la torturante sensación de su estrechez ceñirse celosamente y engullir cada centímetro de mi pene; la cabeza frotaba su ardiente interior y gemía con más fuerza en mi oído. Dejo sus caderas para subir un poco más sus muslos y le golpeo repetidamente hasta adentro sin pausas ni piedad; su cabello se despeinaba ante las embestidas bruscas y los sonidos que abandonan su garganta eran morbosos y cargados de placer. Entierro mi rostro en su cuello transpirado y muerdo su hombro al sentir como su cuerpo se contrae gloriosamente y me aprisiona dentro de si ante su clímax, suelta un grito y su mano me araña toda la longitud de la espalda provocando que mi m*****o estalle en borbotones de tibio semen en su interior hasta saciarse. Su cuerpo de vuelve débil bajo el mío y me separo poco a poco para poder sacar mi satisfecho m*****o de su palpitante interior; lo tomo por la base pero sin sujetar el condón y lo saco, dejando colgar de su esfínter el látex del que empezaba a escurrir aquella sustancia blanquecina.
— Eres todo un pervertido —murmura con la voz un poco lastimada.
Se acomoda sobre el colchón y abre sus piernas majestuosamente frente a mí para poder llevar sus delgados dedos hacia el condón, sacarlo con suma lentitud, tomarlo entre sus dedos e introducirlo nuevamente haciendo que todo el semen entre en su enrojecido hueco y el sobrante se escurra entre sus dedos y glúteos.
— ¿Y el pervertido soy yo? —sonríe ampliamente y me abalanzo de nuevo sobre su cuerpo— Si lo querías dentro, sólo lo hubieses pedido —susurro metiendo junto a él un par de dedos dentro de aquel tibio nido bañado con mi propia semen.
***
— ¿En qué piensas? —pregunta suavemente una voz a mi lado.
Suspiro y tomo con delicadeza la mano de quien hoy es mi pareja formal.
— Nada...—respondo pensativo— solamente en cómo te metiste mi condón usado dentro cuando tuvimos sexo por primera vez.
El golpe fuerte en mi cabeza no se dejó esperar por mucho tiempo por parte de un sonrojado Cole.
— ¡Tu hermano está aquí, imbécil! —chilla.
— ¿Qué te preocupa? ¿Sigues enamorado de él?
Su rostro parecía a punto de estallar, pero no logré investigar si era por la rabia o la vergüenza.
— Como si no me hubiese dado cuenta de que eras tú —murmura.
Suelto una carcajada y le planto un beso en su caliente mejilla.
— Te amo.
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