Estoy perdidamente enamorado de alguien que no me ama, alguien que no me mira, no me habla, no sabe de mi existencia, y ¿a quién le miento? duele, quema cada segundo de mi vida su mortal indiferencia. — ¿Tienes todo en orden? — Por supuesto —respondo, finalizando de archivar los últimos expedientes de la oficina de mi padre—. Te los he dejado etiquetados, estos de aquí solo necesitan tu sello y los de aquí tu firma. Aquel alto y vigorosos hombre de traje sonríe limpiamente y palmea mi hombro. — Eres mi orgullo, Dan. Ve a clases. Le devuelvo la sonrisa y recojo mi chaleco de la silla junto a mi mochila para luego dirigirme a las aulas de clase, saludando con cortesía a quienes me encuentro por el pasillo hasta dar con mi salón. — ¿Puedo? —inquiero, tocando dos veces la puerta.

