Mis muñecas duelen ceñidas violentamente contra la mesa con cuero, mis rodillas escuecen contra la misma superficie y ya ni siquiera tengo la fuerza para seguir forcejeando, hace mucho tiempo que dejé de tenerla y empecé a contar cada segundo de esta interminable tortura. Levanto mi cansada mirada y veo como al fondo de la habitación, con las piernas cruzadas y un cigarrillo en su mano, una rubia bruja hija de perra se divierte con la visión que de abre frente a sus ojos. Sonríe y coloca al máximo el pequeño control en su mano recién manicurada, haciendo que de golpe mi cerebro de revuelva y el juguete en mi interior me haga casi perder el sentido. — Oh —musita— ¿Te diviertes, Kitty Kitty? ¿Se siente bien ese nuevo consolador moviéndose dentro de ti? Esta es mi vida; este es el infierno

