Capítulo 4: El Encuentro

626 Words
Pasaron las horas. Alrededor de las tres de la tarde, mi cuerpo comenzó a pasarme factura. El dolor en mi vientre, ese espasmo familiar que me recordaba mi "deficiencia", empezó a intensificarse. Necesitaba mis gotas de extracto de sauce y manzanilla, pero las había dejado en mi departamento en las prisas de la mañana. Decidí ir por un vaso de agua. Al salir del área de archivos, me perdí en el laberinto de pasillos del subsuelo. Al dar la vuelta en una esquina, las puertas de un elevador se abrieron. No era el elevador de servicio; era el principal, el que conectaba directamente con el despacho de la presidencia. Y ahí estaba él. Dimitri Belikov salió del elevador hablando con dos hombres de traje oscuro. Su presencia llenó el pasillo de inmediato, una marea de poder oscuro y autoridad que me hizo retroceder instintivamente contra la pared. Se veía impecable, con el cabello n***o perfectamente peinado hacia atrás y una expresión de concentración absoluta. Me quedé petrificada. Mis manos sudaban y sentí que el aire me faltaba. Quise dar media vuelta y correr, pero mis pies no respondían. Dimitri se detuvo a pocos metros. Sus acompañantes siguieron caminando, pero él clavó sus ojos grises en mí. Fue como si el tiempo se detuviera. El frío de San Petersburgo entró en mis pulmones a pesar de estar bajo tierra. —Vasilisa —dijo mi nombre. Su voz era profunda, rica, con un tono aterciopelado que me recorrió la columna vertebral como una caricia prohibida. —Señor Belikov —logré articular, haciendo una reverencia que me pareció torpe y exagerada. Él caminó hacia mí. Cada paso era medido, dominante. Se detuvo lo suficientemente cerca como para que yo pudiera oler su perfume: sándalo, cedro y algo metálico, como la nieve recién caída. —¿Te has perdido? —preguntó, bajando ligeramente la cabeza para encontrar mi mirada. Sus ojos no tenían calidez, pero eran hipnóticos. —Yo... buscaba agua. El área de archivos es un poco confusa —mentí, tratando de ocultar el temblor de mis manos tras mi espalda. Dimitri recorrió mi rostro con una lentitud insoportable. Se detuvo en mi cabello, y por un segundo, creí ver una chispa de irritación —o quizás curiosidad— en sus pupilas. —Este no es lugar para deambular, Vasilisa. El subsuelo es peligroso para quienes no están alerta. Espero que Saskia te haya entregado el pase. No quiero que tu madre me llame para quejarse de que su hija está pasando hambre. El tono fue seco. Educado, pero cargado de ese desprecio sutil hacia mi linaje. Para él, yo no era una mujer; era un problema logístico que debía gestionar por cortesía a mi hermano. —Ella me lo dio. Gracias —dije, sintiendo que la humillación empezaba a arder en mi pecho junto al amor platónico que me consumía. —Bien. Vuelve a tu puesto. Tenemos una reunión de seguridad en una hora y no quiero ver a civiles en los pasillos de tránsito rápido. Me dio la espalda sin esperar respuesta. Fue un rechazo absoluto, envuelto en la capa del deber profesional. Lo vi alejarse, con sus hombros anchos y su caminar seguro, y sentí que una lágrima traicionera picaba en mis ojos. Él ni siquiera me veía como una Vrykolakas. Para él, yo era una "civil". Una extraña en mi propia especie. Regresé a mi escritorio de metal, me senté en la silla dura y abrí el primer expediente. Las letras se borraron ante mi vista empañada. Me alimentaría de esa interacción durante semanas, diseccionando cada palabra, cada mirada, mientras ignoraba el hecho de que, para Dimitri Belikov, yo era tan relevante como el polvo que cubría los archivos que yo estaba condenada a organizar.
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