La cita

1495 Words
—Estamos llamando la atención —respondió Daniel con la cara enrojecida. Ella miró detrás y al darse cuenta de que él decía la verdad, tomó asiento frente a él. Daniel, todavía apenado, por inercia había cogido la carta y estaba mirándola sin realmente ver su contenido. Solo era consciente de su mano temblorosa, del vacío que sentía en el estómago y su rostro enrojecido. Quería que el piso se abriera y se lo tragara completo con todo y la vergüenza. —¿Sabía que era yo? —Daniel levantó la mirada hacia su profesora. Su voz había sonado casi como un susurro, pero aun así no dejó de ser autoritaria. —No, señorita Thompson. ¿Cómo iba a saberlo? No me dio su foto. «Maldita sea, esto es una mierda». La escuchó murmurar Daniel. Sorprendido, se dio cuenta de que tal vez no era el único que se sentía defraudado de sí mismo. —Tampoco tiene veinticinco años… ¿Cómo es que usted pretendía mentirme? —No. No los tengo. Pero es un sitio de citas en donde mujeres mayores buscan carne fresca, ¿no? Así que, en realidad, mi edad no importa —respondió de manera retadora. Aunque por dentro se sentía tan cobarde como un ratón. —Sí que importa… ¡Por Dios! Puedo meterme en problemas por usted. ¡Es menor de edad! Daniel la miró con sus ojos grandes de niño idiota, como sí en ese momento cayera en la cuenta de la gravedad del asunto. —Lo… lo siento, no medí las consecuencias... yo cumplo en dos meses. —¡Cayese, no diga que lo siente, porque es una mentira! Ella miraba a sus lados como si esperara que la maldita policía llegara en ese momento para llevársela por perversión de menores. Él sabía que ella no crearía ni una mierda. Por lo que respondió de nuevo como hubiese querido hacer hace unos días en clase. —¡Piense lo que quiera! Usted es tan… —Nunca hablará de esto. ¿Entiende? ¿Quería su nota aprobatoria? Pues ya la tiene, solamente espero, por favor, que no le diga nada a nadie sobre esto. Ahora retírese. Daniel se quedó mirando a la señorita Thompson que veía a otro lado con la ceja levantada y la mirada dura y déspota. Una mujer que, a los treinta años, vestía como su abuela, camisas de cuello alto, almidonadas, faldas largas y rectas, sacos una talla más grande, cabello atado en un moño sin un pelo fuera de lugar, lentes y sin maquillaje alguno. —Me preguntaba, por qué una joven de treinta años tendría que rentar un novio… ahora sé que es porque la mujer, tiene el carácter de una madre frustrada y la apariencia de su abuela. Ella de inmediato lo vio a los ojos, estaba más que furiosa. —Me ofende, ahora creo que me estoy arrepintiendo por aprobarlo —murmura. —No mentí cuando le dije que tenía mi trabajo hecho en casa. Puedo recitárselo ahora de memoria. Así no le quedará duda de que… —Usted debería rendirse, debería simplemente abandonar la facultad, regresar a casa, buscar un empleo y dejar su lugar a un joven de buenos modales, una moral excelente y mucho respeto hacia sí mismo y la vida. ¡Mira que con su imagen de chico serio y estudioso!... Daniel apretó la quijada… e intentó guardar las apariencias, no quería que ella notara como sus crueles palabras lo afectaban. No se hacía a la idea de que ella, una arpía, se regodeará en su dolor. Porque de algo estaba seguro, ella lo detestaba. —¿A quién le importa un tonto trabajo de clase? No le será útil a la hora de la práctica, para cuando sea residente ya habrá nuevos avances —mencionó con amargura. —Obviamente, a mí. No quiero recursar —Daniel estaba molesto, por las palabras de la profesora. —¡Váyase, por favor! Solo nos está avergonzando más. Daniel sabía en su corazón que, si se marchaba de ese lugar tal y como ella se lo había ordenado, él terminaría por no repetir la experiencia loca de buscar una sugar mommy, porque pensaba que la próxima vez se toparía con la madre de alguno de sus compañeros de la facultad. Además, de que estaba un poco… demasiado necesitado. —Es mi primera vez… —Ella levantó una ceja tras escuchar esa frase que, si bien no era una declaración s****l, había parecido una. Al darse cuenta de ello, Daniel se retractó—: En esto, quiero decir. Debía tres meses de renta, me alimento cada tercer día porque es lo que le permito a mi mejor amigo hacer por mí. He buscado empleo, pero nadie quiere a un chico que cambia de turno a cada rato. Necesito el trabajo si quiero realmente terminar mi carrera, si solo es lo que dijo que era… tal vez podríamos… ¿o era mentira y en realidad si quería meterme en su cama? —Usted es mi alumno. —Si me aprueba… ya no lo seré. —Para el siguiente semestre, también le daré clase, señor Norman. —Para el siguiente semestre, ya no habrá nada entre nosotros, será como si nunca, además de la universidad, nos hubiéramos visto. Usted me ayuda, yo le ayudo. Será nuestro pequeño sucio secreto. —¿Por qué piensa que yo querría tener un sucio secreto con usted? —¡Oh, vamos! Señorita Thompson, ni siquiera es tan sucio. No haremos nada s****l, ¿verdad? —Largo de aquí, mocoso. —Bien, está bien. Llámeme si me necesita. —No, usted renuncie a la carrera, no sirve para ella, no tiene los medios ni el apoyo, por lo que veo, de sus padres, más tarde la decepción de su fracaso será más grande. —¿Habla por experiencia, señorita Thompson? —He visto a muchos como tú fracasar. Es una pérdida de tiempo tanto para ellos como para los profesores. Daniel negó con la cabeza se puso en pie, y antes de irse, sacó de su billetera un billete y lo dejó sobre la mesa. —No necesito que pague. Guarde su dinero, tal vez mañana lo necesite para comer. —No se preocupe, señorita. Ante todo, tengo modales y la buena etiqueta indica que debo pagar en la primera cita. Daniel dejó el dinero sobre la mesa, y salió del café con la cabeza bien en alto. Porque, aunque se sentía el hombre más humillado del planeta, nunca lo demostraría. Caminó por la avenida por largo rato hasta que se dio cuenta de que ni siquiera estaba yendo rumbo a casa. Estaba perdido en realidad. Y es que su molestia por las palabras de la mujer le había calado hasta el fondo. Hasta que al fin reconoció una verdad que no deseaba ver… ella tenía razón… nunca podría terminar la carrera. Estaba cansado de luchar, de no comer, de… sentirse un verdadero inútil. Nunca lo reconocería ante nadie, pero ella lo había hecho sentir una mierda. Nunca lo reconocería ante nadie, pero ella… lo había hecho llorar. Lo había hecho reconocer a la fuerza y con verdad que era un fracasado y que todos sus amigos envidiosos del pueblo tenían razón cuando le dijeron que no lo lograría; que volvería a casa con las manos vacías, sin título, y con el rabo entre las patas porque se atrevió a soñar en grande y no lo logró. Se dio cuenta de que era el orgullo lo que en realidad lo hacía levantarse cada día e ir a la facultad, a no rendirse ante la adversidad. Lo que lo hacía aceptar convertirse en… un mantenido por las mujeres, todo eso con tal de no volver a los brazos de su madre con el rostro derrotado. Daniel se detuvo en medio de la avenida, tenía el dinero que su amigo le había dado, pensando recuperaría su inversión muy pronto. Ahora estaba pensando en qué hacer… estaba cansado de tener hambre, estaba cansado de sentirse miserable. Podía volver a casa en ese momento, podía simplemente volver a su departamento y llamar a su amigo y decirle lo que sucedió, podía simplemente ir al restaurante más cercano zambullirse en el menú del establecimiento… comer hasta reventar y luego ir a una licorería y comprar una botella de lo que sea y beber hasta quedarse dormido en su vomito. Daniel eligió comer y beber antes de ir con su amigo y devolverle su dinero, porque lo cierto era que ahora le debía una renta, ropa, zapatos y lo que gasto en su cita. Lo cierto era que, estaba endeudado con él. Y que lo haría volver a entrar a ese sitio de citas con tal de conseguir a una sugar mommy para pagarle lo que ya le dio. Así que mandó todo al demonio y se zambulló en comida y luego fue a una licorería antes de volver a su departamento en taxi.
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