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El CEO detrás del contrato

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Blurb

Tras años en el extranjero Soledad Álvarez de Toledo está decidida a independizarse de su familia así que viaja hasta Viena con una propuesta que cambiará su destino para siempre. Elegante, decidida y marcada por un pasado que nunca terminó de sanar, vuelve a la vida del único hombre que alguna vez logró quebrar sus defensas: Su mejor amigo Raphael von Richter. Para ella, el acuerdo es claro, frío y temporal. Un matrimonio por conveniencia. Nada más.

Para Raphael, en cambio, el CEO que nunca dejó de observarla desde las sombras es la oportunidad perfecta para finalmente hacerla suya.

Un contrato matrimonial firmado entre miradas cargadas de secretos.

Una historia de amor donde el deseo se convierte en una ardiente pasión.

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Obra registrada en Safe Creative bajo el número 2509143063104. Prohibida su reproducción, distribución o adaptación sin la autorización de la autora.

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Prólogo
A veces, el destino deja sus cicatrices antes de que aprendamos a dar nombre al dolor. Aquella tarde de verano, mientras el sol pegaba fuerte sobre la mansión von Richter, el mundo de Soledad y Raphael estaba a punto de cambiar para siempre. Ninguno de los dos lo sabía. Ninguno de los dos estaba preparado. El verano había vestido los terrenos de la familia von Richter con una elegancia casi cruel, como si el universo se esforzara en embellecer el escenario de una tragedia inminente. Los jardines estallaban en tonos de esmeralda y aquello era el tipo de belleza controlada que solo los millonarios podían pagar, mantener... y perder. Soledad Álvarez de Toledo, de diez años, cruzaba descalza la galería, alzando con una mano el borde de su vestido, mientras su risa rebotaba contra las columnas al viento. Corría entre los arbustos como si pudiera volverse aire y escapar de las expectativas, como si la libertad cupiera en una carcajada. Raphael von Richter, dos meses menores, intentaba alcanzarla, cargando una cometa que se arrastraba tras él como un recuerdo. No reía tanto como ella, pero sus ojos la seguían con una devoción que no correspondía a su edad, como si mirarla fuera el único juego que verdaderamente le importaba. —¡Más rápido, Raphael eres muy lento! —gritó Soledad sin detenerse, apenas volteando con travesura. —¡No te burles! —replicó él, acelerando con esfuerzo—. ¡No soy lento, tú haces trampa! Cuando al fin logró alcanzarla, ambos se refugiaron entre los arbustos que formaban un arco de sombra y misterio. Allí, donde la luz apenas osaba filtrarse, sus risas bajaron hasta convertirse en susurros. —Me gusta jugar contigo —dijo Raphael, con voz tan baja que parecía un pensamiento. Soledad lo miró, y su dulzura genuina, esa que solo los corazones intactos pueden ofrecer, iluminó la penumbra. —Claro que sí, tonto. Somos mejores amigos, ¿recuerdas? Raphael no respondió de inmediato. Su silencio fue denso, como si intuyera que ese instante estaba destinado a grabarse en su alma. Desde la terraza, Constanza, la media hermana de Soledad, los observaba con frialdad prematura. Apenas dos años menor que su hermana, mantenía la espalda recta y el abanico inmóvil, como si fuese parte del decorado. Sus rizos oscuros, impecables, no se agitaban con el viento. Parecía una niña moldeada para fingir perfección. Pero en sus ojos, ardía algo más que celos infantiles: era resentimiento, peligroso. —Eres la más bonita del mundo —dijo Raphael, incapaz de contenerse más. Soledad bajó la mirada al suelo de piedra. Sus mejillas se enrojecieron, y un brillo le cruzó los ojos. —No digas eso. Constanza puede escucharte —murmuró, sin saber por qué le preocupaba. —No me importa —susurró él—. Ella no eres tú. ¿Acaso le tienes miedo porque su mama es la nueva esposa de tu padre? Pero antes de que Soledad pudiera responder, una voz los interrumpió. —Raphael. Friedrich von Richter, el patriarca de la familia, abuelo de Raphael, avanzaba por el sendero, la espalda recta como una espada y el bastón golpeando el suelo. —¿Otra vez jugando? Un von Richter no corre como campesino. Y no desperdicia su tiempo en debilidades. Raphael bajó la cabeza de inmediato. Su cuerpo se tensó, como si esas palabras le pesaran sobre los hombros. Soledad no se movió. Comprendía, aunque no del todo, que había familias donde la ternura era un crimen. Cuando Friedrich se alejó, ella rozó el brazo de Raphael. —No hiciste nada malo —le susurró—. Está molesto porque el ya no puede correr. La sonrisa de él fue frágil, pero real. —Ven. Quiero mostrarte algo. La condujo por un sendero, entre la hierba y los árboles. Junto a un pequeño refugio que el mismo construyo en secreto y que estaba, cubierto de maleza. Dentro del tenía una caja de madera y dentro había un dibujo infantil, torpe pero cargado de intención: una niña de trenza larga y un niño que la tomaba de la mano mientras un sol enorme brillaba sobre ellos. —Lo hice para ti. Así te recuerdo cuando me voy a dormir y cierro los ojos —dijo, sin atreverse a mirarla. Soledad acarició el papel. —¿Por qué no hay puertas en la casa? —preguntó. —Porque así nadie puede entrar y separarnos —respondió él. —Eres raro —sonrió ella—. Pero me gusta eso que solo seamos tu y yo. —¡Qué ridiculez! —chilló Constanza, surgiendo de entre los arbustos como una sombra. Soledad se sobresaltó. Raphael, en cambio, se puso de pie y habló con firmeza. —Vete, Constanza. Nadie te ha invitado. Constanza se dio media vuelta, pero sus ojos no dejaban de arder. De regreso a la casa, Raphael tomó la mano de Soledad. Era un gesto silencioso, pero poderoso. Como un voto. Esa noche, la mansión brillaba con candelabros encendidos y valses suspendidos en el aire. Friedrich alzó su copa. —Mi nieto y sus padres partirán mañana de vacaciones. Les deseo la mejor de las suertes. Los aplausos fueron automáticos. Soledad, en cambio, sintió que algo dentro de ella se hundía. Horas después, Raphael la encontró junto al lago. El agua estaba quieta, como esperando. —No quiero irme sin darte algo —dijo. Le entregó un paquete envuelto en seda. Dentro, una brújula de plata, con una inscripción grabada: "Donde estés, allí estoy." —Para que siempre sepas cómo volver a mí. Soledad lo abrazó, y el viento apagó la linterna cercana. Todo quedó suspendido en un suspiro. Al día siguiente, el vehículo se perdió en la curva del camino. Soledad, escondida tras un rosal, lo vio partir. Constanza apareció con su sonrisa maliciosa. —Mejor que se vaya. Así deja de mirarte como si fueras una princesa. Ella no respondió. Solo abrazó la brújula con fuerza. Esa noche, la tragedia cayó como una tormenta silenciosa. En una curva maldita, el vehículo se volcó. Los padres de Raphael murieron. Él sobrevivió. Pero no volvió a caminar. La mansión enmudeció. Soledad escribió una carta. Su madrastra la rompió sin que ella lo supiera. —Tu amistad no le hace bien. Tú caminas. Él ya no. Friedrich selló la orden. —Las emociones lo debilitan. No vuelvas a acercarte. Pero Soledad desobedeció. Lo encontró en el salón. Raphael la vio. Su mirada se heló. —¿Qué haces aquí? —Quiero verte somos amigos. —Ya no. Yo ya no quiero verte nunca más. Soledad no lloró. Aún no. Solo salió. Esa noche, durmió abrazada a la brújula. Escribió cartas durante días y las escondió en una caja por temor a que Raphael nunca contestara, todas junto al dibujo que el le dio. Luego llegó la noticia. Sería enviada a estudiar a Estados Unidos. —No quiero irme. Raphael me necesita. —¿Estas loca? —dijo su padre—. Ambos son unos niños claro que no te necesita. En su último paseo por el jardín, Soledad caminó desolada. Enterró la caja con las cartas y el dibujo, pero conservo la brújula. Desde una ventana, Constanza sonreía. El día que partió, Raphael fue hasta la casa de Soledad. Pero ya era tarde. Solo, en su cuarto, sostuvo una fotografía de ambos. Luego la guardó. Friedrich se acercó. —Los von Richter no lloran por el pasado si ya no puedes usar tus piernas usa la cabeza. Raphael no lloró. Pero sus ojos ya no eran los de un niño. Y mientras en el cielo Soledad volaba hacia otro continente, rodeada de nubes que parecían promesas rotas, cerró los ojos. —Lo voy a olvidar —susurró. Pero las lágrimas la delataron. No podía. Jamás podría.

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