Al terminar la clase, Kael se levantó rápidamente, alisando la chaqueta de cuero con un gesto apenas perceptible. Se dirigía a la salida con un paso firme y determinado, cuando la figura rubia de Vivian obstruyó el umbral.
—Hola, nuevo —dijo ella, su voz revestida de una seducción forzada, habitual en su repertorio.
Kael solo la miró con sus ojos grises, un "Hola" seco que carecía de interés. Vivian, acostumbrada a que los hombres cayeran a sus pies, sintió una punzada de frustración. En un impulso, lo tomó del brazo, sus uñas pintadas aferrándose al cuero.
En el instante del contacto, Kael sintió la invasión, pero también un golpe psíquico de su verdadera esencia. Percibió la vida de Vivian como un libro abierto: la frivolidad, la abundancia sin amor, los padres ausentes. Vio la semilla de la crueldad que nacía de su propia invisibilidad. El fauno entendió su dolor, pero despreció la forma en que lo proyectaba.
Kael regresó la mirada hacia ella. Vivian, interpretando su quietud como fascinación, sonrió de manera coqueta.
—Y dime, ¿qué te trae por aquí? Se ve que no eres de estos lugares.
—La verdad es que no —dijo Kael, su voz un escalpelo cortante—. No me gusta entablar conversaciones con personas a las cuales no creo intelectualmente atractivas.
Una risa ahogada estalló en el fondo de la clase, entre los estudiantes que presenciaban el rechazo público de su reina.
Vivian sintió el golpe en el ego, soltó su brazo como si se hubiera quemado.
—Pues yo quería ser amable contigo, pero por lo que veo, aparte de ser forastero, eres un grosero.
Kael no hizo el más mínimo esfuerzo por suavizar la situación. Su objetivo era la autenticidad brutal, la misma que Lira anhelaba.
—Por favor, no me vuelvas a dirigir la palabra. Si tú no eres capaz de hablar ni tratar con respeto a las personas, no mereces el respeto de las demás personas a las cuales tú les quieres agradar.
Vivian se quedó boquiabierta. Nadie en la universidad, mucho menos un hombre tan atractivo, le había hablado con tanta dureza.
—Pues no quiero que me hables —replicó ella, intentando salvar la dignidad—. Simplemente quería ser conversadora y que no te sintieras excluido, pero adelante, no pasa nada.
Kael solamente la miró de nuevo, pero la mirada ahora era pura indiferencia, despectiva. Dio media vuelta y salió caminando con paso firme y lento fuera del salón, dejando a Vivian humillada ante sus propios seguidores.
Lira, mientras tanto, recogía sus libros con manos temblorosas. Al salir del salón, la atmósfera se había enrarecido. Los cuchicheos y las miradas se dirigían hacia ella. El hecho de que Kael la hubiera defendido con tanta fiereza, y que la hubiera ignorado tan olímpicamente después, la había convertido en el nuevo centro de la burla.
—¿Viste cómo la defendió? Solo lo hizo por lástima.
—Claro, la pobre necesita que alguien la defienda, no tiene amigos.
—Kael jamás se fijaría en la ratona de biblioteca.
Los murmullos eran dardos venenosos. Lira sintió el familiar peso de la humillación, pero ahora venía con un agravante: el protector que había soñado se había ido, y la había dejado como un faro para los depredadores. La única diferencia era que, ahora, el recuerdo de la mirada de Kael era su único escudo.
Ella aceleró el paso, sintiendo la necesidad urgente de esconderse. Se dirigió a la biblioteca, el único refugio seguro en su vida.
La biblioteca de la universidad era un laberinto de estanterías altas y el olor familiar de papel y polvo. Lira se sentó en un cubículo oscuro, abriendo un libro de historia y haciendo un esfuerzo desesperado por concentrarse. Pero su mente solo reproducía la voz grave de Kael en francés, la forma en que él la había visto mientras todos los demás solo veían la burla.
Media hora después, cuando la sala de estudio estaba casi vacía, una sombra se cernió sobre su cubículo. Lira levantó la vista y su respiración se enganchó.
Era Kael. Llevaba una pila de libros antiguos, cuyas cubiertas se veían desgastadas por el tiempo. No se sentó a su lado, sino justo frente a ella, usando su presencia como una barrera contra el mundo.
—¿Te escondes? —preguntó Kael, sin preámbulos, su tono llano y libre de juicio.
—Sí —admitió Lira, sintiéndose incapaz de mentirle.
—Hiciste bien. Las ratas suelen reunirse en los pasillos —dijo él, sin mencionar a Vivian, pero dejando clara su alusión.
Kael deslizó un libro por la mesa hacia ella. Era un tomo grueso sobre Mitología Celta y Folclore Europeo.
—Vi que te gusta leer. Esto es... más sustancial que el romance juvenil —dijo Kael.
Lira tomó el libro. La cubierta de cuero era fría y olía a tierra y a algo antiguo.
—¿Qué sabes de mitología? —preguntó Lira, fascinada por su elección.
Kael sonrió con una autenticidad alarmante.
—Sé más de lo que la mayoría ha olvidado. Los humanos, Lira, creen que la Tierra es suya. No es cierto. Existen secretos, criaturas, esencias que habitan entre las sombras, más antiguas que cualquier ciudad. Y son mucho más interesantes que los chismes de tus compañeros.
Lira sintió un escalofrío de excitación. Él estaba hablando el idioma de su alma, el lenguaje de las historias que amaba.
—¿Crees en la magia? —murmuró.
—Creo en la naturaleza —corrigió Kael, y sus ojos grises se fijaron en los de ella, transmitiendo una verdad profunda—. Creo en lo que crece y lo que se esconde. Creo en lo que la gente descarta. Y he aprendido que las cosas más preciosas son a menudo las más frágiles y las que están más ocultas.
Esa última frase fue un bálsamo directo a la herida de su soledad.
Kael se acomodó, abriendo su propio libro (un texto en latín que Lira no pudo identificar), y continuó con un tono de voz bajo y cómplice:
—Sabes, Lira. No me gusta la gente, pero me gusta la quietud. Y tú, eres la única persona en este lugar que irradia quietud.
La estrategia de Kael era impecable: la estaba aislando sutilmente del mundo y ofreciéndole el único refugio genuino que conocía. La estaba conectando con su propia esencia de bosque, aunque ella lo veía como una afinidad intelectual.
—¿Por qué eres tan amable conmigo? —preguntó Lira, temerosa de la respuesta.
Kael dejó el libro y se recostó en la silla, observándola con una intensidad que la desnudaba emocionalmente.
—Porque tú no eres ruidosa. Y porque eres la única que no me ha preguntado si tengo auto, ni cuánto dinero tengo, ni me ha tocado el brazo para ver si soy real. Tienes profundidad, Lira. Y eso es lo que vine a buscar.
El fauno había pronunciado las palabras exactas que ella necesitaba escuchar. Ella no era una causa, no era una pobrecita. Era profunda.
—¿Estudiamos aquí mañana? —preguntó Lira, una invitación que se sentía como un salto de fe.
Kael sonrió, su triunfo contenido.
—Estaré aquí. No lo dudes.