Lira regresó a la cabaña con la cabeza dando vueltas. La universidad había sido un campo de batalla emocional, pero Kael había sido su victoria. Su promesa de quietud, su mano firme contra la burla; todo ello había dejado a Lira en un estado de euforia temblorosa. Se sentía visible, por primera vez, desde su encuentro en el kiosco.
Al entrar a la casa, el ambiente era el mismo: silencioso, distanciado. Subió las escaleras a su refugio sin cruzar palabra con sus padres.
En su habitación, la luz del atardecer filtrada por la ventana daba un tono dorado a las paredes. Y entonces lo notó: sobre su mesita de noche, junto al vaso de agua donde había colocado el ramillete original, había un nuevo manojo de flores silvestres.
No eran iguales. Eran flores más oscuras, de un púrpura intenso, entrelazadas con hojas de un verde profundo y húmedo, como si acabaran de ser extraídas de la tierra. Su aroma era diferente: un perfume espeso, casi narcótico, que contenía el olor a pino, a tierra mojada, y a una dulzura embriagadora que le recordó intensamente a Kael.
Lira se acercó, el corazón latiéndole fuerte. ¿Quién las había puesto allí? ¿Su padre? Imposible. Su madrastra era demasiado artificial para flores tan salvajes. Solo una persona las conocía.
Llevó el ramo a su nariz e inhaló profundamente. El aroma la envolvió, se deslizó por sus fosas nasales y llegó directamente a su mente. La fatiga del día se volvió repentinamente abrumadora. El perfume no solo era embriagador; era una esencia mágica concentrada.
Se desplomó sobre la cama, sintiendo que sus párpados se volvían plomo. Cerró los ojos y, en un parpadeo, cayó en un sueño profundo, vívido y dirigido.
El Sueño Prohibido
No estaba en su cama, sino de vuelta en el claro de su primer sueño, en la quietud etérea del bosque. La diferencia era que esta vez, el aire no era solo cálido; estaba cargado de expectación y deseo. El vestido blanco de luz se formó alrededor de su cuerpo, una envoltura de pureza.
Ante ella, materializándose desde los rayos de luna filtrados, estaba Kael.
No con la ropa de cuero, sino desnudo y glorioso, con la luz dorada delineando la perfección de su cuerpo humano. Sus ojos grises, en el sueño, eran más intensos, casi plateados por la concentración.
Kael se acercó lentamente, y sus pasos sobre el musgo no hicieron ruido. Extendió las manos y, con una delicadeza que la hizo temblar, la elevó en el aire. Las flores danzaban a su alrededor, y Lira sintió el vértigo placentero de estar suspendida.
—Mi ninfa —susurró la voz de Kael, grave y sensual, resonando en su mente.
Ella lo miró, incapaz de hablar, con el deseo ardiendo en sus venas.
Kael no la tocó con la piel, sino con su magia. Lira sintió cómo una brisa tibia y sensible, dirigida por las manos de él, comenzaba a deslizarse por su cuerpo, acariciando la línea de su cintura, subiendo por sus costados y envolviendo la curva de sus caderas.
La sensación era intensa, nueva, excitante. Cada vello de su cuerpo se erizó con el placer silencioso de ser tocada y venerada. Se sintió arder. Las imágenes de sus libros de romance se desvanecieron ante esta realidad onírica.
Kael la mantuvo suspendida, meciéndola suavemente en el vaivén del aire. El contacto de la brisa mágica se detuvo un instante en la base de su cuello.
—Dime, Lira —susurró Kael, y su voz estaba llena de una oscura necesidad—. ¿Te gusta esto? ¿Sentirte tan... vista?
—Sí… —su voz era apenas un hilo, cortada por la excitación que la inundaba.
Kael la atrajo más cerca, y aunque sus cuerpos no se tocaron, Lira sintió su calor. Él inclinó su rostro hacia su cuello. En el sueño, Kael no la besó con sus labios, sino que depositó un beso con la brisa, un contacto de aire y esencia pura.
—Dime tu verdad, mi luz. Eres tan pura, tu aroma es el de la inocencia. ¿Eres virgen? ¿Jamás has sido mancillada por el tacto de un hombre?
Lira sintió la importancia de la pregunta. La verdad era absoluta. Era una confesión que nunca antes se había hecho a sí misma.
—Sí —respondió Lira, con el cuerpo temblando bajo el influjo de su magia—. Soy pura. Nunca… nunca he besado a nadie. Jamás he estado con un hombre.
El rostro de Kael se iluminó con una satisfacción sombría y triunfante. La verdad, confirmada por la misma fuente, era el motor de su pacto. Su ninfa era perfecta.
El fauno le dedicó una última y profunda mirada de deseo, y la soltó suavemente.
—Duerme, mi preciosa ninfa —susurró.
Lira cayó de nuevo en el vacío, y el sueño se disolvió.
Lira despertó con un jadeo, sintiendo el cuerpo pesado y la piel aún vibrante por la intensa excitación. Se llevó las manos al cuello, luego a las caderas. Estaba sola. Pero la intensidad del sueño era tan real que sintió que había tenido un encuentro físico. Las flores, en el vaso, despedían ahora un aroma más suave, como si su magia se hubiera agotado.
Lo que ella no sabía era que Kael había usado esa esencia floral para penetrar su mente. No había sido solo un sueño. Había sido la prueba. Había sido él, Kael, confirmando con certeza faúnica que el alma de Lira estaba intacta, sin mancha, perfecta para el sacrificio que la salvaría de la nada.
El día después del sueño, Lira asistió a clases con una conciencia alterada. Se sentía visible, no por las miradas burlonas, sino por la memoria física del encuentro onírico. Cuando Kael entró en el aula, sus ojos se encontraron de inmediato. Kael le devolvió la mirada con una intensidad que le dijo: Sé lo que soñaste.
La tensión entre ellos era palpable.
Al finalizar la clase, Kael no se dirigió a la biblioteca. Se detuvo junto a la mesa de Lira, su sombra envolviéndola.
—Suficiente papel y tinta por hoy —dijo él, su voz baja y exclusiva para ella—. Necesitas aire. Aire que sepa a algo más que polvo de libros.
Lira sintió un nudo en la garganta. La invitación que había anhelado.
—¿A dónde irás? —preguntó ella, recogiendo sus cosas con manos que temblaban ligeramente.
—A un lugar donde las paredes no intenten escucharnos. Donde el cielo sea el único techo —Kael la miró, sus ojos grises brillando con una mezcla de misterio y orden—. Te esperaré. Esta noche, a las ocho. En la plaza, junto a la fuente.
—Pero... ¿qué haremos? —Lira dudó. Las citas eran territorios inexplorados para ella.
Kael sonrió, su expresión volviéndose suave y peligrosamente encantadora.
—Solo caminaremos. Hablaremos de cosas que importan. No te preocupes, Lira. No te llevaré a ningún lugar donde no debas estar. A menos que tú me lo pidas.
La promesa y la insinuación se entrelazaron. Kael estaba ofreciendo más que un paseo; estaba ofreciendo una puerta a su mundo.
Lira asintió, sintiendo que no podía decir que no.
—Estaré allí.
Kael asintió, su misión para la noche asegurada. Se dio la vuelta y se marchó, sin decir una palabra más, dejando a Lira envuelta en la emoción.
Bajo la Fuente de Piedra
La noche era fresca y estrellada. Lira se vistió con el cuidado que solo la esperanza podía dictar, eligiendo un suéter de lana que la hacía sentir más cómoda. Su padre y su madrastra, absortos en la televisión, apenas la notaron cuando salió.
Lira llegó a la plaza y lo vio. Kael estaba esperando junto a la antigua fuente de piedra, su silueta alta y oscura bajo la luz de un farol. Parecía sacado de una pintura, un anacronismo en el mundo moderno.
—Estás aquí —dijo Kael, y no sonó a pregunta, sino a una confirmación triunfante.
—Te dije que lo haría —respondió Lira, sintiéndose extrañamente audaz.
Kael no hizo el menor intento de tomar su mano o de actuar como un chico de su edad. Su cortejo era diferente, más profundo.
—Bien. Caminemos.
Comenzaron a andar por las calles menos transitadas del pueblo. Kael mantenía un ritmo lento, y la conversación fluía sin esfuerzo. Hablaban de libros que Lira amaba, y Kael respondía con interpretaciones tan profundas que Lira creía que él había vivido esas historias. Hablaron de la soledad, y Kael confesó, sin dar detalles, que él también era un forastero, alguien que había dejado su hogar natal por una necesidad mayor.
Lira, sintiéndose completamente segura con él, se atrevió a preguntar:
—¿Por qué me elegiste? Es decir… en el salón. Tantas chicas te miraron…
Kael se detuvo. Estaban al borde del pueblo, justo donde las luces de las casas comenzaban a ceder ante la oscuridad del campo abierto, y el aire olía de nuevo a pino. Era el límite entre los dos mundos.
—Ya te lo dije, Lira. El mundo es ruidoso. Yo... no tengo tiempo para el ruido. Es agotador. Yo veo la quietud, la profundidad que la gente superficial no puede ver.
Se acercó a ella, y la diferencia de altura era un abrazo potencial. La luz de la luna iluminó sus ojos grises.
—Y tú, Lira, eres la persona más quieta y honesta que he encontrado. Eres un secreto bien guardado. Y a mí, me fascinan los secretos.
Kael hizo una pausa dramática, mirando al oscuro bosque que se extendía ante ellos.
—Hay un lugar, más allá de la última cerca, donde la vista de las estrellas es perfecta. ¿Confías en mí?
La propuesta era una prueba. Ir con él, cruzar el límite hacia la oscuridad, hacia su mundo. La imagen del sueño, de él elevándola, de la pureza confirmada, se grabó en su mente.
—Sí —dijo Lira, la voz firme.
Kael sonrió. Era el primer paso de su plan. Se adelantó, con la agilidad de su antiguo ser, y con un solo movimiento de su mano, abrió la cerca de madera.
—Ven. Déjame mostrarte un poco de verdad.
Lira cruzó la cerca y entró en la oscuridad de la noche, de la mano del hombre que estaba destinado a amarla para salvarla.