Capítulo: Asuntos en la capital

1017 Words
Desde el encuentro en el callejón, la cabaña se sentía más pequeña, más sofocante. La vida de Lira se había polarizado en dos mundos: el gris de su rutina familiar y el eléctrico gris tormentoso de los ojos de Kael. Él la había visto, y ese simple acto había encendido una chispa que la devoraba. ​La mañana siguiente, la inquietud era insoportable. Las flores silvestres en el vaso de agua parecían vibrar en la luz, y su aroma, antes dulce y silvestre, ahora era una llamada insistente. ​—Voy a dar un paseo. Necesito aire —dijo Lira, y esta vez, ni siquiera esperó la aprobación de su padre. ​Salió disparada, buscando no el pueblo, sino la frontera. El bosque era el único lugar que ahora se sentía honesto, y por alguna razón, tenía la certeza helada de que lo encontraría allí. ​Kael, en su piel prestada, la esperaba. Había vuelto al perímetro de la cabaña, sintiendo la debilidad de su forma humana lejos del corazón del bosque, pero se negaba a alejarse. Su deseo no era solo un plan; se había convertido en una necesidad visceral. La había visto anhelar algo en el pueblo, y él era la única respuesta. ​Lira se detuvo en un pequeño claro, justo donde el césped de la cabaña se rendía a los helechos. Alzó la mirada y lo vio. ​Kael estaba sentado sobre una roca plana, su perfil esculpido contra la inmensidad del verde. Llevaba la misma ropa oscura, y un aura de melancolía roquera lo envolvía. No parecía un turista; parecía un rey desterrado. ​—Sabía que te encontraría aquí —dijo él, sin moverse, sin dejar de mirarla. ​Lira sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. No era la sorpresa, era la confirmación. ​—¿Cómo lo sabías? —preguntó ella, acercándose lentamente. ​—Este es el único lugar donde no hay que fingir. Las personas son… ruidosas. Aquí solo hay verdad —respondió Kael, su voz grave resonando con la honestidad que a Lira le faltaba en su vida. ​Él se puso de pie, y Lira notó su altura, la forma en que el cuero de su chaqueta se tensaba sobre sus hombros. La diferencia entre ellos no era social; era elemental. ​—Tú también te ves como si no pertenecieras a ese pueblo. ¿Estás de visita? —preguntó Lira, reuniendo todo su coraje. ​Kael sonrió, esa sonrisa controlada que nunca llegaba a sus ojos grises, pero que hacía que el corazón de Lira diera un vuelco. ​—Algo así. Estoy de vacaciones, aunque el concepto es extraño para mí. He venido a ver algo… que me faltaba. ​—¿Y lo encontraste? ​Kael dio un paso hacia ella, y Lira se obligó a no retroceder. Sus ojos se fijaron en los de ella, y la intensidad de la mirada era casi dolorosa. ​—Sí, lo encontré. ​La confesión, envuelta en ese aire de misterio, era un veneno dulce. Lira bajó la vista, incapaz de sostener la promesa implícita en sus palabras. ​—Yo… yo también me iré pronto —confesó Lira, sintiendo una punzada de tristeza. La idea de abandonar este lugar, que ahora contenía a Kael, era de repente insoportable—. Mis vacaciones terminan la próxima semana. Empiezo la universidad. Es lejos de aquí. ​La información resonó en Kael como un mandato divino. ​[Monólogo Interno de Kael] ​La universidad. Una palabra humana, un destino. El Rey me había ordenado traer a mi ninfa por amor, no por la fuerza, y el tiempo se agotaba en este exilio temporal. El destino había hablado. El bosque ya no era mi campo de acción. Si Lira se iba, mi sacrificio debía ir con ella. ​El precio por el amor es el destierro, pensó Kael con una frialdad faúnica. Abandonar el Fresno, los musgos, mi propio aire. Pero la visión de Lira, sola y triste en su sueño, y la orden de su Rey, eran más fuertes que su apego a la naturaleza. Tenía que seguir la luz, incluso si significaba quemarse. ​—¿Universidad? —dijo Kael en voz alta, su voz ahora llena de un interés repentino, calculado. ​—Sí. La de la capital —dijo Lira, sintiendo que sus sueños de futuro parecían insignificantes frente a la presencia de Kael. ​Él se acercó de nuevo, acortando la distancia de forma peligrosa. Kael extendió una mano y rozó la mejilla de Lira, un gesto tierno que no le correspondía a un extraño, pero que se sentía desesperadamente correcto. ​—Qué coincidencia —susurró, y el aire entre ellos se cargó de una tensión palpable. Sus ojos grises se clavaron en los de ella, y la profundidad era aterradora—. Creo que mis ‘vacaciones’ también están por terminar. Parece que tengo algunos asuntos… académicos… que atender en esa misma ciudad. ​Lira sintió que el aliento se le cortaba. ​—¿En la capital? ¿Vas a estudiar allí? ​—Quizás. O quizás solo estoy buscando algo profundo y difícil de encontrar —dijo Kael, jugando con las palabras, alimentando la necesidad de Lira. Retiró la mano, pero la conexión no se rompió. ​—Parece que… nuestro encuentro no fue tan casual, después de todo —murmuró Lira, con una mezcla de miedo y euforia. ​Kael sonrió con absoluta seguridad, y esa vez, el sentimiento llegó a sus ojos, haciéndolos brillar con una luz casi depredadora, pero hermosa. ​—Los bosques no creen en las casualidades, Lira. Creen en el destino —dijo él, dando un paso atrás. ​Se despidió con una inclinación de cabeza. Se dio la vuelta y se adentró en el bosque con una familiaridad que a Lira le pareció impropia de un simple turista. Ella se quedó paralizada, con el cuerpo vibrando por la promesa. Kael se iba, pero la iba a seguir. El fauno había resuelto el primer gran obstáculo de su misión.
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