Desde el encuentro en el callejón, la cabaña se sentía más pequeña, más sofocante. La vida de Lira se había polarizado en dos mundos: el gris de su rutina familiar y el eléctrico gris tormentoso de los ojos de Kael. Él la había visto, y ese simple acto había encendido una chispa que la devoraba.
La mañana siguiente, la inquietud era insoportable. Las flores silvestres en el vaso de agua parecían vibrar en la luz, y su aroma, antes dulce y silvestre, ahora era una llamada insistente.
—Voy a dar un paseo. Necesito aire —dijo Lira, y esta vez, ni siquiera esperó la aprobación de su padre.
Salió disparada, buscando no el pueblo, sino la frontera. El bosque era el único lugar que ahora se sentía honesto, y por alguna razón, tenía la certeza helada de que lo encontraría allí.
Kael, en su piel prestada, la esperaba. Había vuelto al perímetro de la cabaña, sintiendo la debilidad de su forma humana lejos del corazón del bosque, pero se negaba a alejarse. Su deseo no era solo un plan; se había convertido en una necesidad visceral. La había visto anhelar algo en el pueblo, y él era la única respuesta.
Lira se detuvo en un pequeño claro, justo donde el césped de la cabaña se rendía a los helechos. Alzó la mirada y lo vio.
Kael estaba sentado sobre una roca plana, su perfil esculpido contra la inmensidad del verde. Llevaba la misma ropa oscura, y un aura de melancolía roquera lo envolvía. No parecía un turista; parecía un rey desterrado.
—Sabía que te encontraría aquí —dijo él, sin moverse, sin dejar de mirarla.
Lira sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. No era la sorpresa, era la confirmación.
—¿Cómo lo sabías? —preguntó ella, acercándose lentamente.
—Este es el único lugar donde no hay que fingir. Las personas son… ruidosas. Aquí solo hay verdad —respondió Kael, su voz grave resonando con la honestidad que a Lira le faltaba en su vida.
Él se puso de pie, y Lira notó su altura, la forma en que el cuero de su chaqueta se tensaba sobre sus hombros. La diferencia entre ellos no era social; era elemental.
—Tú también te ves como si no pertenecieras a ese pueblo. ¿Estás de visita? —preguntó Lira, reuniendo todo su coraje.
Kael sonrió, esa sonrisa controlada que nunca llegaba a sus ojos grises, pero que hacía que el corazón de Lira diera un vuelco.
—Algo así. Estoy de vacaciones, aunque el concepto es extraño para mí. He venido a ver algo… que me faltaba.
—¿Y lo encontraste?
Kael dio un paso hacia ella, y Lira se obligó a no retroceder. Sus ojos se fijaron en los de ella, y la intensidad de la mirada era casi dolorosa.
—Sí, lo encontré.
La confesión, envuelta en ese aire de misterio, era un veneno dulce. Lira bajó la vista, incapaz de sostener la promesa implícita en sus palabras.
—Yo… yo también me iré pronto —confesó Lira, sintiendo una punzada de tristeza. La idea de abandonar este lugar, que ahora contenía a Kael, era de repente insoportable—. Mis vacaciones terminan la próxima semana. Empiezo la universidad. Es lejos de aquí.
La información resonó en Kael como un mandato divino.
[Monólogo Interno de Kael]
La universidad. Una palabra humana, un destino. El Rey me había ordenado traer a mi ninfa por amor, no por la fuerza, y el tiempo se agotaba en este exilio temporal. El destino había hablado. El bosque ya no era mi campo de acción. Si Lira se iba, mi sacrificio debía ir con ella.
El precio por el amor es el destierro, pensó Kael con una frialdad faúnica. Abandonar el Fresno, los musgos, mi propio aire. Pero la visión de Lira, sola y triste en su sueño, y la orden de su Rey, eran más fuertes que su apego a la naturaleza. Tenía que seguir la luz, incluso si significaba quemarse.
—¿Universidad? —dijo Kael en voz alta, su voz ahora llena de un interés repentino, calculado.
—Sí. La de la capital —dijo Lira, sintiendo que sus sueños de futuro parecían insignificantes frente a la presencia de Kael.
Él se acercó de nuevo, acortando la distancia de forma peligrosa. Kael extendió una mano y rozó la mejilla de Lira, un gesto tierno que no le correspondía a un extraño, pero que se sentía desesperadamente correcto.
—Qué coincidencia —susurró, y el aire entre ellos se cargó de una tensión palpable. Sus ojos grises se clavaron en los de ella, y la profundidad era aterradora—. Creo que mis ‘vacaciones’ también están por terminar. Parece que tengo algunos asuntos… académicos… que atender en esa misma ciudad.
Lira sintió que el aliento se le cortaba.
—¿En la capital? ¿Vas a estudiar allí?
—Quizás. O quizás solo estoy buscando algo profundo y difícil de encontrar —dijo Kael, jugando con las palabras, alimentando la necesidad de Lira. Retiró la mano, pero la conexión no se rompió.
—Parece que… nuestro encuentro no fue tan casual, después de todo —murmuró Lira, con una mezcla de miedo y euforia.
Kael sonrió con absoluta seguridad, y esa vez, el sentimiento llegó a sus ojos, haciéndolos brillar con una luz casi depredadora, pero hermosa.
—Los bosques no creen en las casualidades, Lira. Creen en el destino —dijo él, dando un paso atrás.
Se despidió con una inclinación de cabeza. Se dio la vuelta y se adentró en el bosque con una familiaridad que a Lira le pareció impropia de un simple turista. Ella se quedó paralizada, con el cuerpo vibrando por la promesa. Kael se iba, pero la iba a seguir. El fauno había resuelto el primer gran obstáculo de su misión.