Rodrigo estaba a un solo golpe de dejar noqueado a Arnau, tenía el puño cerrado, el ceño fruncido, la mandíbula tensa, resopló, inhaló profundo. —No soy igual que tú, no soy un cobarde, pero la próxima vez que te metas con mis mujeres, te acabo —sentenció Rodrigo, se puso de pie, sacudió el polvo de su traje, miró a la superiora. —¡Ya deje el escándalo! —¡No sea atrevido! ¿En dónde está Lulú? Rodrigo miró al cielo, pidiendo un poco de paciencia. —Primero atiendan a ese sujeto, ah y si me demandan, ya no tendré consideraciones con ustedes —avisó amenazante. La superiora lo miró con seriedad y con ligero nerviosismo, lo conocía, sabía que ese hombre no actuaba con coherencia, sino llevado de sus impulsos. —Venga al despacho. Rodrigo siguió a la superiora, entró tras de ella. —A

