Calíope tenía el don de conocer los pasillos del instituto de música como a la propia palma de su mano.
Lo primero en atravesar serían los instrumentos de viento y las personas desafinadas soplando como si su vida dependiera de ello, una verdadera tortura para sus delicados oídos, luego le seguirían los instrumentos de cuerdas -En su mayoría se tratarían de personas que creen poder conquistar a alguien sacando una guitarra de repente como si tocarla disimulara el resto de sus defectos- era un poco gracioso pensar que el piano básicamente contaba como un instrumento de cuerda y sin embargo tenía su propia extensión.
Luego seguirían los molestos instrumentos de percusión donde existían aquellos tontos que extraviaban las baquetas al intentar hacer trucos con ellas, luego le seguirían los que parecían no saber que la puerta debía estar cerrada durante las clases.
Y justo antes de llegar a su extensión de cuerdas percutidas estarían los instrumentos eléctricos, salones repletos de aspirantes a estrellas de rock que seguían tocando en la cochera de sus casas porque los padres de alguien los sacaron del sótano al no poder tolerar más el ruido.
La extensión de pianistas era una de las más solicitadas, incluso conseguir la oportunidad de hacer el examen para entrar era increíblemente complicado, un lugar en el que no importaba tu estatus económico ni la posición que tuvieras en la sociedad mientras tuvieras talento, y por supuesto que ella sabía que lo tenía.
La profesora Robinson -Una de las mejores músicos de todo el país que se dedicaba a dar clases en dicha escuela- le dio clases de piano desde que era joven, muy joven. Para bien o para mal era la única que recibía sus elogios sinceros, y eso era gracias a que trabajaba más que nadie para ganárselos.
— ¿Cerrado? — Cuestionó al momento de abrir la puerta hacia su salón, sin lograrlo.
Miró la hora en el reloj, todavía no daban las 3:30. Naturalmente la puerta permanecía sin llave hasta la hora en que comenzaban las clases.
«Probablemente la profesora Robinson todavía no ha llegado» Intentó convencerse, era la única solución posible.
Tratando de no lucir más nerviosa de lo que ya estaba ante el repentino cambio en su agenda inhaló hondo y buscó el número de la profesora en su móvil con la esperanza de hallar las respuestas que necesitaba y no recibía.
En eso la puerta se abre.
Al estar de pie tras la puerta fue inevitable recibir el golpe que la desestabilizó justo en la nariz, como si se tratase de alguna absurda película cliché de las que tanto odiaba.
Pero detrás de la puerta no estaba su príncipe azul, al contrario, había un hombre de edad mediana y con una absurda apariencia hippie que lo asemejaba más con un vagabundo.
Por instinto Calíope retrocede.
— Lo siento, creo que me equivoqué de salón.
Él miró la estirada apariencia refinada de Calíope y las bonitas perlas que adornaban su cuello.
— ¿Eres alumna de Mildred? — Preguntó en seguida.
Calíope solo entonces asintió. — Sí, la profesora Robinson me da clases de piano. ¿Podría decirme en qué salón está por favor? Me parece que ha habido un cambio, pero es extraño porque no me avisó con antelación y bueno..., no tengo tiempo para esto, ya casi van a dar las 3:30.
— Ella ya no trabaja aquí, renunció ayer. Yo soy el nuevo profesor y la clase comenzó hace media hora, por lo que es natural que la puerta se encuentre cerrada.
Su sorpresa fue, pues, desagradable.
— ¿Perdón? Creo que aquí hay un error. Yo nunca he llegado tarde a una sola clase, jamás. — Sostuvo Calíope — Ni siquiera aquella vez que me enfermé de varicela y nadie se me quería acercar por temor a contagiarse ¡Nunca he llegado tarde!
— Pues acaba de hacerlo.
— La hora de entrada es a las 3:30.
— Eso era con Mildred Robinson, pero ella renunció y yo, que ahora soy el profesor digo que mi clase es a las tres en punto ¿Le queda claro? Que no vuelva a repetirse.
Calíope lo siguió apresuradamente hacia el interior del salón.
— Eso no puede estar en mi reporte, arruinará mi expediente perfecto. ¡Nadie me dijo que la clase era media hora antes!
El profesor se giró hacia ella. — Se anunció a través del chat grupal que hicimos con todos los integrantes del salón.
— ¿Chat grupal? ¿Quién demonios revisa los mensajes de un chat grupal? Yo no estaba en ninguno, nadie me agregó.
Las risas de la mala suerte no tardaron en hacer presencia.
— ¿Cómo es posible que no te hayan añadido al chat grupal, Calíope? Si eres la mejor de la clase y la favorita de la profesora, es una completa falta de respeto.
Calíope se giró de inmediato, casi como una reacción involuntaria y natural de su cuerpo hacia la dueña de tan crueles palabras
— … Tú. — Masculló — No me agregaste a propósito ¿Verdad?
Lindsay ni siquiera se molestó en regresarle la mirada, Calíope no era gran cosa a sus ojos, solamente una más del montón.
Calíope trató de mantener la compostura, no era la primera vez que recibía este tipo de tratos por parte de sus propios compañeros que no gustaban de ella, estaba bien con eso, al menos hasta el punto en que el odio irracional que recibía la afectaba académicamente.
Solo cuando eso pasaba las ganas de llorar eran estremecedoras.
— Ya basta, las dos. Imagino que tú eres Calíope ¿No? — La recién mencionada asintió. — En primer lugar no puedes llegar y reclamar por las decisiones que toma tu profesor, no importa qué tan amiga hayas sido de la profesora Robinson, conmigo las cosas son diferentes y mis decisiones se aceptan en silencio, segundo es impensable que acuses a tu compañera de no haberte agregado al chat grupal a propósito ¿Siquiera revisas los mensajes?
— Pero profeso-
Él la interrumpió:
— Por esta vez porque es el primer día lo dejaré pasar y no lo anotaré en tu expediente, pero resuelve las cosas de una forma menos inmadura la próxima vez. Siéntate por favor.
Abatida hasta el cansancio Calíope no tuvo más que acceder, aceptando que su primer día con el nuevo profesor comenzó con el pie izquierdo.
El profesor regresó a su sitio, justo en frente del alumnado dentro del inmenso espacio que quedaba reducido gracias a la presencia del par de pianos de cola enfrentados.
— Para los que no saben, a pesar de que me presenté hace media hora, mi nombre es Franco y debido a que la profesora Mildred renunció yo seré su nuevo profesor a partir de ahora. — Anunció — Les estaba diciendo que la música no es solo tocar, rasgar o soplar un instrumento para que haga ruido, la música es EL ALMA del universo, la música es capaz de llevarte a un mundo mágico donde eres libre, nos hace sentir vivos, que somos uno con el universo…
«No puede ser, él incluso habla como un hippie» Murmuró Calíope un tanto desubicada, mirando el drama que su profesor había hecho en cuestión de segundos.
— Y es exactamente ESO lo que quiero que ustedes me transmitan hoy para nuestra primera clase. — Terminó de explicar — Chicos, quiero que toquen con el alma y no con los dedos, quiero que me hagan estremecer, quiero que expresen sus más ocultos sentimientos sin necesidad de hablar, si pueden hacer eso esta clase conmigo será como un paseo para ustedes.
Estaba segura de que sería fácil, el piano siempre había sido su verdadera pasión.
Al ser prácticamente imposible que practicaran todos al mismo tiempo durante las clases el profesor terminaría llamando dúos de manera organizada y los pondría a prueba, la calificación sería objetiva y dependería del desempeño particular de cada uno, aquello que los hacía iguales pero diferentes al mismo tiempo.
— ¿Alguien gustaría pasar primero?
Calíope fue la única que levantó la mano, aceptada de inmediato se dirige hacia el piano y toma asiento. El profesor parece juzgarla con la mirada y se sienta también donde antes estaba ella.
«Miren y lloren» Estiró las manos por encima de las teclas del piano.
Si había alguien que supiera sobre expresar emociones al tocar el piano definitivamente se trataba de Frédéric Chopin. Ni siquiera necesitaba leer una partitura, todo estaba maravillosamente grabado en su memoria.
Al terminar el salón quedó en silencio total, la impresión que Calíope quería dar pareció surtir efecto, por supuesto, no todos interpretaban a Chopin de una manera tan perfecta como ella. Quizá no recibió los aplausos que estaba esperando, pero lo que tuvo en su lugar tampoco fue una reacción tan mala.
— Nunca en mi vida había escuchado una interpretación del preludio op 28 No. 4 tan perfecta, si Chopin pudiera escuchar esto seguramente estaría llorando… — Calíope reconoció el agudo oído del profesor, dueño de aquellas palabras. — Ha sido maravilloso, Calíope. Pero esto no es lo que yo pedí.
De fondo se escucharon risas.
— ¿Perdón? — Preguntó Calíope con sorpresa sentida.
Entonces el profesor suspiró. — Ha sido maravilloso, por supuesto que lo fue pero yo pedí que demostraran sus sentimientos…, y eso no es lo que me has dado, no vi ninguna clase de sentimiento en ti, al contrario, se sintió un poco… Monótono y desabrido, la música que escogiste tampoco fue la mejor para la ocasión pero aprecio tus esfuerzos.
— ¿Qué parte? — Preguntó — ¿Qué parte no le convenció? Puedo… Yo puedo hacerlo otra vez, lo haré mejor, con más ganas, de verdad.
Pero no importó cuántas veces lo intentó, la respuesta seguía siendo la misma:
‘Aburrido’
Aquella maldita palabra siguió sonando en su cabeza, el profesor Franco suspiró, toda la hora de clases se había ido en los intentos fallidos de Calíope por usar su corazón en lugar de la cabeza.
— Lo piensas demasiado, no es algo que puedas lograr de un momento a otro, necesitas averiguar por ti misma en qué estás fallando y corregirlo.
— ¿Qué puede saber usted? Me he dedicado al piano durante toda mi vida, no existe una persona que toque con mayor sentimiento que yo. — Corrigió Calíope, enojada, realmente enojada.
El profesor la miró, observó la furia en ella y mandó llamar a una persona en específico: — Levántate, Ariel, es tu turno ahora.
Entonces ella lo vio: El idiota delgaducho que la había molestado poniéndose de pie.
— Tiene que ser una broma ¿Él me va a enseñar a tocar piano? Eso quiero verlo. — Calíope tomó asiento, en primera fila, donde siempre se sentaba.
Quien asumía era ‘’Ariel’’ se sentó donde antes estaba ella, le dedicó una mirada de reojo en la que se pudo apreciar una sonrisita burlona y empezó a tocar.
Por suerte las únicas risas que se escucharon no fueron las de Calíope.
Ariel no tenía talento, su interpretación de Pachelbel era descuidada, difícilmente pudo reconocer que canon era la canción que estaba tocando, una pieza en que una melodía principal es imitada por una o más voces, Ariel parecía innovar, como si no supiera qué nota seguía después de cuál y solo estuviera presionando la que sonara igual de bien, aquella molesta escena la hizo sentir estresada.
Incluso tocaba las notas con los dedos inadecuados.
«¿Qué en el mundo está pensando el profesor para haberlo elegido a él?»
Seguía sin comprenderlo hasta que las cosas cambiaron de un momento a otro, el ritmo de la música se elevó, las expresiones faciales de Ariel eran diferentes y sus manos no parecían ajenas a las teclas sino que se movían con increíble destreza, la música que antes sonaba como si estuviese rechinando cruelmente sobre sus orejas ahora era una melodía increíble, esta vez el auditorio sí se quedó en silencio ante la sorpresa de repentino cambio de ambiente en conjunto con la extraña sensación alegre que daba, no comprendía cómo hacía eso.
Todavía seguía siendo torpe, mordiéndose el labio o sacando la lengua y frunciendo el ceño al tocar, pero no era tan malo como pensaba.
«¿Realmente es posible hacer un cambio así de rápido?»
Escuchaba murmullos no muy agradables de fondo, pero Ariel no tomó importancia de las personas que creían que estaba jugando con las teclas y aquello fue una coincidencia, jamás se detuvo, jamás los miró, siguió adelante.
Y solo cuando hubo terminado Calíope se dio cuenta de lo sumergida que terminó en aquella absurda interpretación.
[. . .]
El profesor la llamó junto con Ariel apenas terminó la clase -No mucho después de la presentación de Ariel, apenas un par de personas alcanzaron a presentarse gracias a que ella había acaparado el piano durante un rato largo y tendido- Calíope no tenía ganas de hablar, mucho menos con la persona que la comparó con alguien que tiene el sentido musical y la gracia de un tronco.
Ambos se quedaron a esperarlo.
— No sabía que estábamos en la misma clase. — Murmuró Calíope. — Nunca te había visto.
— En realidad soy nuevo, me permitieron estar en esta clase porque se dieron cuenta de mi talento nato. — Contestó — Si tan solo voltearas al menos una vez durante las clases o prestaras atención a alguien más que a ti te hubieses dado cuenta de que llegué hace una semana.
— ¿Por qué debería? No tengo intención de relacionarme con nadie, las relaciones de cualquier índole solamente son una pérdida de mi valioso tiempo, no lo necesito.
— ¿Eso quiere decir que no tienes amigos tampoco?
Calíope se quedó en silencio, Ariel rió.
— ¿De verdad no tienes amigos?
— POR SUPUESTO que tengo amigos, mucho más de los que tú podrías contar.
— Dime el nombre de uno de ellos.
— ¿Perdón?
— De tus amigos, dime el nombre de uno de tus ‘’Muchísimos’’ amigos.
Calíope alzó una ceja. — Roxana… Así se llama mi amiga, ella vive en una gran casa al sur de la ciudad junto a sus hermanos… Dylan y Jorge… Y sus padres también viven allí… Siempre voy, es genial.
— Ya veo, supongo que se trata de una amiga real y no una que inventaste ¿Cierto? ¿Tienes alguna foto? Me gustaría saber que no estás mintiendo.
Calíope retrocedió, poniéndose a la defensiva cuando Ariel intentó acercarse a su móvil, en seguida lo bloqueó.
— ¿Por qué debería enseñarte nada sobre mí? — Preguntó.
— Solo tenía curiosidad.
— No deberías, tú y yo somos rivales. — Contestó ella. — No te creas tanto, tu presentación fue patética.
— Y la tuya fue aburrida.
Otra vez la misma palabra, últimamente la estaba escuchando demasiado.
— Ustedes dos ya dejen de pelearse, son compañeros de clase, no rivales ni tampoco enemigos ¿De acuerdo? — El profesor entró en el salón — Si los he llamado es porque tengo un proyecto especial para la clase en el que deberán trabajar en equipos.
— ¿Y eso qué tiene que ver con que nosotros dos estemos aquí? — Preguntó Calíope.
Franco tomó asiento y los miró. — Ustedes dos trabajarán juntos.
— ¡¿Qué?! — los dos manifestaron sorpresa al unísono.
Por lo que el profesor decidió continuar explicando.
— Calíope, tienes el talento, la teoría y la destreza, pero piensas demasiado y eso impide que toques con sentimiento por lo que tus canciones terminan tornándose un poco grises… — Luego se dirigió hacia Ariel — Tú tienes los sentimientos y las ganas, también el talento, pero te hace falta la teoría la experiencia. Pareces un pequeño ciervo aprendiendo a andar cuando te posas frente a un piano y empiezas a tocar, existen notas de la mano izquierda que tocas con la derecha y también al revés. Cada uno de ustedes tiene algo que al otro le falta.
— A él le falta sentido común y un par de tornillos que tiene zafados.
— A ella le falta carisma, también un amigo.
Ambos se gruñeron como par de perros rabiosos.
— A lo que quiero llegar es que trabajarán mutuamente, Calíope, tú le enseñarás todo lo que necesite saber, quizás incluso puedas aprender un poco sobre él en el proceso. — Siguió hablando el profesor. — Quizás encuentres ese algo que te falta.
Salió de allí enojada, incapaz de aceptar semejante trato.