Desde ese día decidió firmemente que no perdería ante Ariel.
— Creo que esto es demasiado… — Anna se hizo espacio entre los libros amontonados en el piso de su habitación, le llevaba comida liviana que no sabía dónde poner debido al inusual desorden. — ¿Tan malo fue?
— ¿Bromeas? ¡Fue terrible, la peor humillación que jamás sentí en mi vida! — Calíope alzó la cabeza para que su nana pudiera verla sobre la cama, rodeada de decenas y centenas de libros.
Anna, la mujer que había cuidado de ella desde el momento de su nacimiento recogió uno de los libros con los que tropezó, leyendo en voz alta el título. — ¿’’Nociones básicas del piano’’? ¿No fue este el libro que leíste cuando tenías tres años?
— Corrección, tenía dos años y medio. — Aclaró — Fue el primer libro sobre piano que leí, con él aprendí a tocar. Si quiero ganarle a ese idiota tengo que empezar desde lo más básico y así podré recuperar lo que dicen que perdí, ya verán, se tragarán sus palabras.
Anna miró la decisión en ella, incapaz de reprocharle nada atinó a suspirar.
— No te duermas tan tarde.
— No lo haré, solo debo leer todo esto y me iré a dormir, lo prometo.
Anna negó con la cabeza, una media sonrisa dibujaba su rostro, no podía contra Calíope y su determinación, pasó por encima de los libros en el piso, cuidando no pisarlos en su retorno.
Pero la voz de Calíope la hizo dudar un poco.
— ¿Te dijeron algo? — Preguntó a pesar de no querer la respuesta, o más bien, de saber perfectamente lo que diría.
— Mi linda niña… Sabe que sus padres son-
— Personas muy ocupadas, lo sé. — Completó la oración, no había levantado la mirada de su libro. — Buenas noches, Anna.
— .. Que descanses.
Y luego cerró la puerta al salir.
Calíope se quedó allí, atiborrada de libros que distraerían sus pensamientos con la idea en la cabeza de que jamás alguien como Ariel lograría superarla.
[. . .]
Tomando en cuenta que la noche anterior no durmió estudiando y que se encargó de liberar su agenda, realizando todas sus actividades en tiempo récord para poder distraer sus ansias llegó temprano, antes que siquiera dieran las tres de la tarde.
Tenía una sensación extraña hormigueando, nunca en su vida había tenido tanto tiempo libre.
«¿Qué se supone que debo hacer?» Meditó, por lo pronto se sentaría.
A diferencia de ella que no sabía qué hacer con su tiempo libre los demás si sabían cómo emplearlo perfectamente, en la inmensidad de aquel patio las personas se dividían en grupos: los que estaban comiendo, probablemente porque no alcanzaron a hacerlo antes, los que ensayaban sus piezas musicales -Muchos de ellos fingían tener el instrumento entre manos- y los que se reunían para conversar antes de que empezaran las clases.
Luego estaban las personas como ella, que solamente miraban lo que hacían los demás sin que nadie se les acercara.
Pero también estaban personas como Ariel -a quien últimamente estaba viendo demasiado para su gusto- el tipo de gente que siempre tenía personas a su alrededor con una sonrisa que a su parecer era estúpda en la cara.
— ¿Cómo siquiera es posible compararme con ese vago? Debería estar estudiando en lugar de perder el tiempo. — Masculló de mala manera, continuando con su charla a pesar de permanecer mirando el libro en sus manos. — Seguramente el profesor hippie ni siquiera puede diferenciar sonidos de colores por todas las prquerías que ha de ingerir, mira que llamarme a mí una aburrida, es ridículo, absoluta y completamente ridículo ¿Qué tan bajo han caído los estándares de esta academia que cualquiera puede entrar? Tendré que hablar seriamente con el director.
Mientras se quejaba a voces la presencia de una segunda persona la tomó por sorpresa.
— Nunca harás amigos si sigues aquí parloteando sola con esa expresión puesta, puedo sentir tu mirada asesina a kilómetros de distancia. — No necesitaba ser un genio para saber que se trataría de Ariel, en el transcurso en que lo perdió de vista había llegado hasta su lugar y tomado asiento junto a ella.
— ¿Qué Eres? ¿Un aco*sador? — Se llevó la mano hacia su agitado pecho y frunció el ceño al ver de quién se trataba. — a quién le interesa hacer amigos. Piérdete y déjame en paz.
— Entonces es verdad que no tienes amigos. — Se rió.
Calíope se paralizó, ya no valía la pena seguir con la mentira.
— Quién los necesita. — Refunfuñó. — No necesito tener amigos, así como tampoco necesito mejorar en nada porque ya soy la mejor en lo que hago, tengo varios premios ganados, he tocado en recitales y muchos se pelean para que toque en alguno de sus eventos, ninguno de ellos cree que mi música es aburrida, al contrario, la creen gloriosa y angelical ¿Qué pueden saber ustedes sobre buena música? Yo tengo todo lo que se necesita para ser una triunfadora ¿Qué tienes tú en cambio? Piojos, pésima coordinación, poco talento y mugre bajo las uñas.
— Y tú seguramente tienes taaanta humildad. — Respondió Ariel sarcásticamente.
— Di lo que quieras, pero no he trabajado tan duro durante toda mi vida para que un sucio zarra-pastroso y su profesor con flores en el cerebro me arrebaten todo lo que he logrado. — Se pone de pie, observa a Ariel de frente y entonces decide plantearle una propuesta: — Te propongo un reto, un duelo de piano.
Ariel simplemente negó con la cabeza. — No quisiera aumentar más la rivalidad que hay entre nosotros.
— Eso es lo que diría un cobarde presumido ¿De verdad crees que puedes ganarme?
Ariel se giró hacia ella.
— ¿Qué obtendrá el ganador?
Calíope solamente quería una cosa, la que más le había estado molestando: orgullo.
— Si yo gano recuperaré mi posición como la mejor de la clase y tú no volverás a dirigirme la palabra con ese tono pretencioso que siempre tienes. — Contestó, pero esa no era la parte que Ariel deseaba escuchar.
— ¿Qué hay si yo gano?
Calíope casi se ríe, como si fuera a permitir que eso pasara de nuevo.
— Si tú ganas accederé a formar un equipo contigo, prometo enseñarte todo lo que deberías saber sobre el piano y la música…, y admitiré mi derrota.
La sorpresa en el rostro de Ariel no fue sencilla de disimular, ¿De verdad aquella niña estaba dispuesta a tanto con tal de recuperar su orgullo? La intriga comenzaba a carcomerle, pensaría no aceptar hasta que ve la fiera que lo atacaría si se negaba en la mirada cristalina vibrante de Calíope.
Ambos estrechan sus manos con algo de recelo hacia el otro.
— Tocaremos una misma canción y el que lo haga mejor será el vencedor. Pero ni creas que el profesor Franco te volverá a elegir… — Añadió ella — Porque la clase será el jurado y él solamente se quedará sentado en un rincón sin abrir la boca.
— De verdad no confías en el juicio del profesor ¿Verdad?
Calíope le sostuvo la mirada. — Ni un poco.
[. . .]
La tensión que había entre ambos era palpable, Calíope no dirigía su mirada hacia Ariel con su torpe táctica de la amistad fingida para acercarse a ella, sabía que no valdría la pena.
Ambos están de pie frente a la clase, dos pianos detrás de cada uno enfrentados, todos esperaban ver cómo sería el desenlace de aquella batalla, algunos ya habían sacado conclusiones y se inclinaban hacia la veterana Calíope como vencedora mientras que el resto del grupo prefería darle oportunidad a la frescura que manejaba el novato Ariel, algunos de ellos -realmente una minoría. – decidieron darle su apoyo a Ariel únicamente por el rechazo que sienten hacia Calíope, Lindsay estaba entre esa pequeña cantidad, por supuesto.
— Como ya saben Calíope y Ariel estarán enfrentándose en un duelo musical, motivando así el espíritu de competitividad y superación que debería existir en todo salón de clases… Sin rebasar los límites — Aquello último Franco lo pronunció muy bien, dirigiéndose a Calíope de manera indirecta — Dado que mis gustos han sido puestos en duda ustedes serán los jueces y al final realizaremos una votación completamente anónima, el más votado será el vencedor.
Como siempre, nunca faltaba la tercera persona que abogara por el que parecía en desventaja.
— Profesor, es injusto que Calíope, que lleva practicando piano toda su vida se enfrente contra Ariel, que acaba de llegar.
— Cierra la boca, Richard, esto es cuestión de orgullo. — Contestó Calíope, recibiendo la reprimenda del profesor mediante una mirada intensa. — Como sea, pensando en eso he seleccionado una canción con la que yo misma tengo dificultades, es un estudio de Chopin acerca de practicar arpegios y la apertura de la mano derecha, cuando era más joven tuve una lesión que actualmente casi me imposibilita el correcto uso de mi mano derecha, lo que me pone en desventaja a comparación con Ariel y la canción que seleccioné.
Ariel recibió la partitura, leyó el título ‘Op. 10, n.º 1’e hizo una mueca que Calíope alcanzó a observar.
— ¿Sucede algo? — Preguntó en vista de su confusión.
— No conozco esta canción. — Respondió Ariel, afligido.
— Por supuesto que no lo haces. — Contestó Calíope. — ¿Crees que es fácil encontrar una canción con la que yo tenga problemas? Por eso la escogí, pero estarás bien, expliqué todo a detalle en la partitura. Solo tienes que leerla.
Ariel no se sintió seguro del todo. — ¿Podrías ir tú primero? Me gustaría escuchar cómo va.
No era algo que Calíope no pudiera hacer.
El ritmo de la música iba deprisa, la concentración se dividía igualitariamente entre los dedos de sus manos y la partitura frente a ella. Era necesario un muy buen nivel de habilidad para tocar correctamente aquella melodía y estaba segura de tenerlo.
Luego empezaron los errores.
La mano diestra, que debía tocar los arpegios, empezó a hacerse tensa, pesada al arrastre y la concentración que podía mantener con este problema se redujo, la zurda levantaba antes de finalizar las notas graves y presionaba demasiado rápido, el ritmo musical aceleró y cada vez se hizo más difícil de mantener, pero continuó, sin detenerse, sorpresivamente.
«¿Estás viendo esto? Es como maneja las cosas una verdadera…» Dejó de pensar cuando miró a Ariel « ¿Qué diab-los está haciendo?
Tenía los ojos cerrados.
Sus largos dedos descansaban sobre un cuaderno en su regazo, no, no estaban descansando, ellos se movían, tamborileaban sobre el cuaderno, Calíope no tardó en darse cuenta de lo que hacía: Él estaba imitando las notas musicales que tocaba en su cabeza.
Descolocada tocó una nota fuera de tono, el sonido equivocado en la pieza le dio un sobresaltó, un golpe de realidad que la hizo regresar a concentrarse en lo que hacía.
Pero al final no se sintió satisfecha consigo misma.
— Calíope ¿Estás bien? — Preguntó el profesor Franco al mirarla, ella estaba sujetándose la muñeca diestra. — ¿Te lastimaste?
Ella negó, abriendo y cerrando los dedos de la mano. — Solo duele un poco.
— Deberías tener más cuidado, no es bueno llevar tu cuerpo al límite. — Comentó Ariel, tomando el lugar donde antes ella estaba sentada.
Calíope lo ignoró.
Y justo cuando ella tomó asiento Ariel comenzó con su presentación.
«¿A esto llama tocar? Un bebé que solo golpea las teclas con su sonajero produciría un mejor sonido…» Se rió mentalmente, Ariel había empezado, pero seguía siendo torpe, no paraba de cometer errores, tanteando lentamente las teclas del piano una por una hasta encontrar la nota correcta y tocarla con la mano incorrecta.
Una y otra vez, él se equivocó.
— Disculpe, ¿Podría empezar de nuevo? Creo que ya lo tengo.
Franco se despertó con la voz de Ariel, que ya llevaba un lao rato ahí sentado. — Sí, sí… Como sea.
Calíope bostezo. «Aquí vamos otra vez»
Se permitió cerrar los ojos, así el desastre llegaría solamente hasta sus oídos y no tendría que verlo.
Pero, su sorpresa fue que Ariel no volvió a equivocarse.
— ¿Está…? ¿Está imitándome? — Pregunto Calíope en cuanto abrió los ojos y lo vio.
La misma postura, las mismas notas, el mismo compás, él definitivamente la estaba imitando.
— No… No lo está haciendo… — Murmuró — Está corrigiendo los errores que cometí.
Ariel estaba haciendo la escena más insólita que jamás había visto, de pies a cabeza copió la presentación de Calíope y se tomó el atrevimiento de corregir los errores que ella cometió a pesar de seguir tocando con las manos en notas equivocadas, la melodía que llenó el salón pronto la dejó sin palabras, perpleja.
Pero lo más absurdo era el hecho de que desde el primer momento la partitura de Ariel se había caído al suelo.
— ¿Tiene esto sentido alguno? Ni siquiera está leyendo la partitura… — Balbuceó dentro de su sorpresa — ¿No dijo que nunca había recibido clases formales de piano? ¿Cómo es que él puede hacer eso?
Ariel finalizó su presentación en seco, el lugar se quedó en silencio y luego la ola de aplausos que recibió fue absurda.
— ¿Puedo dejarlo hasta ahí? Ya me cansé. — Apoyó el rostro sobre las teclas, cansado.
El profesor Franco se dirigió a ella, sin mirarla, pero estaba sonriendo. — Ese es el talento especial de Ariel, puede reproducir perfectamente cualquier canción con solo escucharla una vez.
— Eso… Eso no puede ser posible… ¿Acaso es un genio?
— Deberías darle una oportunidad, Calíope.
— Es una tontería. — Respondió, poniéndose de pie. — Voy a intentarlo de nuevo.
Al escucharla, Ariel intentó detenerla.
— Ah, Calíope… Pero tu mano.
— ¡Dije que lo intentaré de nuevo! — Alzó la voz, regresando al piano. — Ya sé en qué me equivoqué, así que podré hacerlo bien esta vez.
No quiso rendirse, inició de nuevo, no deseaba rendirse.
Había mucho más empeño puesto, limpió algunos errores que tuvo al principio al alto costo de sentir punzadas en los dedos ante el brutal estiramiento de la mano y el movimiento constante.
— Calíope… Por favor detente, no tienes que demostrar nada. — El profesor intentó detenerla, pero no fue escuchado.
Podía hacerlo, necesitaba hacerlo, estaba desesperada por hacerlo. «Un novato por más que sea genio no puede vencerme» El clímax -La parte de la melodía que más se le dificultaba- era el impulso que necesitaba para demostrar su valía, poco después de pasarlo fue el punto culminante de Ariel, si lograba hacer lo mismo sin cometer equivocaciones podría igualarse.
«¿Pero por qué no está sonando igual? ¿Por qué se escucha así…? ¿Por qué…? ¿Por qué?»
— ¡Ahg! — Suelta el piano de repente, el dolor en su mano derecha era intenso, podía sentir cómo palpitaba.
— ¡Calíope! — El profesor tomó su mano — Está demasiado hinchada y roja, necesitamos llevarte a la enfermería.
— ¡No sabes nada, necesito terminar la pieza, tengo que hacerlo perfecto!
— ¡¿A costa de qué, de perder la mano por tu orgullo?!
Calíope se paralizó, todos a su alrededor la estaban viendo con el mismo tipo de expresión.
‘No vas a superarlo’
Entonces comprendió que Ariel la había vencido.