Gabriel bajó las escaleras a zancadas, sin detenerse a saludar ni a mirar a nadie. Su rostro era una máscara de tormenta. Al llegar al vestíbulo, se topó de frente con Andrew, que salía distraídamente de la cocina con una manzana en la mano. —Andrew, vámonos —espetó con voz cortante. —¿A dónde, hombre? Si apenas acabamos de llegar —repuso el vizconde, arqueando una ceja mientras daba un mordisco. —A cualquier lugar. Necesito salir de este maldito infierno. Andrew lo miró con renovado interés, dejando a un lado la fruta. Algo en el semblante de su amigo le indicó que era mejor no bromear… al menos no aún. Cabalgaban por los caminos rurales bajo un cielo encapotado. Gabriel mantenía la mandíbula apretada, los ojos fijos en el sendero, como si pretendiera dejar atrás algo más que una cas

