Cuando volvió en sí, estaba recostada en su cama, envuelta en sábanas de lino blanco que olían a lavanda. La luz que entraba por la ventana era suave, tamizada por las cortinas, y a su lado, un rostro familiar la observaba con atención. Era el médico de su padre, el doctor Silverman, un hombre mayor de mirada bondadosa y modales impecables. —¿Qué ha sucedido? —preguntó Miranda con voz débil, frunciendo el ceño mientras intentaba incorporarse. Una punzada en la sien la obligó a recostarse de nuevo. —Se ha desmayado, milady —respondió el doctor con tono sereno, mientras le tomaba el pulso con dedos firmes y atentos—. Pero ya está fuera de peligro. —Esta mañana me sentía mal… —dijo, cerrando los ojos brevemente—. Creo que fue algo que cené anoche. —No lo creo—replicó él con suavidad, reti

