No ha lugar la razón contra la fuerza de la pasión. Francesco Petrarca Gabriel permaneció inmóvil, observando cómo su esposa se alejaba, dejándolo solo. Era la primera vez en su vida que una mujer lo rechazaba, y la ironía era cruel: esa mujer era su propia esposa. Inspiró hondo, intentando recordar que aquel matrimonio no era más que un acuerdo de conveniencia. Pronto, debería anularse. Los motivos que le impulsaban a mantener distancia seguían ahí: no podía permitirse aprovecharse de Miranda. Él no tenía nada que ofrecerle. No era, ni sería jamás, un hombre constante. Había hallado consuelo en brazos ajenos durante años; mujeres hermosas, complacientes, pero efímeras. Ninguna le había importado más allá del placer fugaz que pudieran darle. Incluso con Megan creyó, por un breve tiempo

