El chasquido de un frasco al abrirse me despierta y me duele muchísimo el cuello. Tengo la cabeza gacha, el cuerpo desplomado y apoyado contra la pared. No puedo creer que haya dormido así toda la noche, porque tengo la espalda y los hombros tan tensos que necesitaré una semana de masajes para que se me enderece la columna. Poco a poco, logro enderezar un poco el cuello, levanto la cabeza y, al abrir los ojos, veo a Eden sentada en la cuna con las piernas cruzadas y un tarro de peras en la mano. En la otra mano tiene media pera, cuyo jugo le gotea por el brazo mientras la mastica. —Buenos días —dijo, alzando el frasco hacia mí a modo de brindis y sonriendo. Ni siquiera recuerdo haberla oído moverse ni encender la luz esta mañana. Debió de estar callada por respeto, porque tengo el sueño

