Capítulo 7: Familiar

1883 Words
Narra Gabrielle: Las puertas del ascensor se abrieron en mi piso y pudimos ver a Alex salir corriendo de mi departamento, dirigiéndose a las escaleras de emergencia al final del pasillo. Mi cuerpo vibró con un mal presentimiento enseguida. Corrí hacia el departamento y al entrar me encontré a una Jane que se veía sorprendida y algo confusa medio recostada en el sillón. —¿Qué pasó? —Pregunté con la confusión invadiéndome a mí también. —Me... besó —me respondió casi en un susurro. Mierda. Ahora sí que tengo una razón para no confiar en un demonio de nuevo. Dank estaba entrando pero al darme vuelta lo miré con intención de que me siguiera y así lo hizo. Caminamos hasta el final de pasillo, subimos las escaleras hasta la azotea y allí estaba Alex, apoyado en la pared al lado de la puerta fumando un cigarrillo. Su cara me lo decía todo. —Tú no eres Baal, eres Belcebú —dije reflexionando. Alex solo asintió. —¿Por qué Lucifer mintió con tu nombre? Ahora entendía porque era la mano derecha de Lucifer, sabía que no tenía sentido que un duque lo fuera. Fui una tonta al dejarlo pasar. —El demonio de Bonnefer era yo. Intenté ayudarla pero se rehusó —susurró Alex con la garganta apretada—. No pude resistir al verla en esta vida... es igual —habló casi en un susurro y una lágrima cayó por su rostro, una lágrima de sangre, ya que los demonios no lloran agua porque lo único que puede mostrar su dolor es la sangre. Antes de poder conocer a Isabella, sólo había escuchado rumores sobre ella. Una campesina simple y huérfana que al parecer tenía un gran poder mágico. Se decía que había podido convocar a demonios de alto rango, cosa que no se veía desde el Rey Salomón, quien pudo convocar centenares de ellos. Al parecer ella había estado enamorada de un hombre noble que solo la utilizó y manipuló por lo que —como venganza— usaba el poder que le daban los demonios para hacer imposible la vida de todos aquellos nobles que estaban en Bonnefer. Se desquitó con todas las personas, hombres o mujeres, exceptuando las mujeres que tenían el corazón roto como ella. Y eso era lo único que sabía de Isabella Funt, hasta ahora. Narra Jane: ¿Qué había en mi vida anterior para que Alex reaccionara así? A pesar de ser una bruja, nunca fui capaz de tener una visión de mi pasado. Había algo que me impedía hacerlo, pero recordé que tenía un grimorio que contenía un ritual para visiones del alma. Tomé una chaqueta, las llaves de mi casa, las de la moto de Gabe y salí del departamento. Me dirigí a toda velocidad por la autopista central hacia la salida norte de Lancaster hasta llegar a mi casa. En cuanto abrí la puerta pude sentir un molesto olor a azufre y me puse en guardia. Avancé hasta la sala de estar y allí, sentado en el sofá grande estaba sentado un hombre esbelto, de cabello castaño claro, con un rostro hermoso de rasgos masculinos pero delicados y ojos verdes, parecidos a los de Alex solo que estos eran pálidos y no tenían ese color esmeralda fuerte. —Isabella —susurró en un tono sedoso. Se puso de pie y me sonrió. Su estatura no era mucha pero era más alto que yo. Podía sentir el pánico correr por mis venas y el sudor frío en la espalda. —¿Quién eres? —Pregunté con temor. Era un demonio y no uno cualquiera, era uno de alto rango. Lo sabía por su aura que era negra con toques de verde musgo. —¿No me recuerdas, mi bella Isabella? —Preguntó el demonio con una sonrisa aterciopelada que lo único que podía hacer era dar aún más temor. —No soy Isabella, soy Jane —dije con determinación, pero el sudor helado de mi espalda no se desvanecía. —Mi preciosa Isabella, sigues siendo tú. Tu carácter, tu belleza, tu fiereza, hasta tu aroma. —Se acercándose como un felino que acecha a su presa. Cuando su mano se acercó para tomar un mechón de mi cabello corto algo lo alejó de golpe. Una gata blanca con manchas negras apareció frente a mí, justo en medio de la poca distancia que nos separaba. —¡Lavanda! –Exclamé al ver a la gata de mi abuela que había desaparecido hace unas semanas. Lavanda no era solo una gata, era la familiar de mi abuela. Los familiares son aquellos animales que nacen bajo el mismo signo solar, algo así como una alma gemela, al cual puedes involucrar en los hechizos o invocaciones. Lavanda le gruñía al demonio desde una mesita a mi lado y yo me debatía entre llorar o sentir de sobremanera miedo por todo lo que sucedía. —Un familiar —soltó una sonrisa socarrona—. Pero tu amo no está vivo, solo eres un animal —susurró con deleite. —Te pregunté quién eres demonio. —Dije con voz potente. —Hieres mis sentimientos al no recordar al demonio que te ayudo a vengarte de tu precioso amor —dijo con desdén pero sin dejar de sonreír—. Soy Maimón, duque infernal y vine a llevarte al infierno donde tu alma pertenece. —Terminó acercándose pero Lavanda en seguida se puso en guardia, como si fuese a saltarle encima si me tocaba. —Yo no pertenezco allí —susurré entre dientes. —Claro que perteneces allí. No sabes a cuanta gente mataste. —Acercó su mano a mi cara pero al instante la gata saltó a su cara con fiereza y lo atacó. —Estúpido animal —gritó en el suelo. Tomó a Lavanda del pellejo y la tiró a varios metros haciendo que se estrellara con una cómoda de la sala. Grité. Era la única conexión con mi abuela que tenía. Al acercarme pude ver en sus ojos como su vida se evaporaba. La tomé y la coloqué en mi regazo para acariciarla en un vano intento de hacerla sentir un poco mejor. —¡Maldito! —Grité con todas mis fuerzas y él me miró sorprendido. La ira corría por mi cuerpo de forma desenfrenada y las lágrimas en mis ojos amenazaban con salir. Lavanda era una compañía constante y valiente, era lo único que quedaba de la esencia de mi abuela y ahora la estaba perdiendo. —Isabella no tomes en importancia ese animal, hay miles mejores —comenzó a decir con desinterés. —¡Cállate! —lo interrumpí y miró mis ojos con miedo. —Isabella... —murmuró con miedo puro en su voz. De repente llamas rojas comenzaron a salir del suelo y a lamer todo su cuerpo mientras gritaba que parara. No eran llamas comunes ya que no quemaban el suelo o la casa, eran espirituales y sólo lo herían a él. —Querida Jane —escuché un susurro de una voz conocida. Lucifer estaba de pie en el marco de la puerta. Con paso seguro camino hacia donde Maimón se retorcía en medio del fuego y gritaba, tanto que parecía que se le iba a desgarrar la garganta. —Has hecho mucho daño por hoy —le dijo y tocó su cabeza, haciendo que el demonio desapareciera junto a las llamas–. Uriel sal, ahora sé que estás aquí —añadió con ironía. Detrás de mí apareció una chica morena de complexión pequeña, con cabello oscuro y rizado de mucho volumen y ojos café cobrizo, vistiendo un camisón largo blanco y dejando ver sus alas cobrizas en su espalda. —Lucifer, no puedes estar aquí —dijo con tono cortante. —Así que fuiste tú quien casi mata a mi demonio, El fuego de Dios. Casi pienso que Jane era otra cosa. —Reflexionó con los dedos debajo de su mentón recién afeitado. Uriel se acercó a mí, tomó a Lavanda en sus brazos y le dedicó una mirada de odio Lucifer. —Tienes cinco minutos antes de que te saque a patadas —murmuró con tono asesino y salió de la sala. Lo miré confundida y él me sonrió con satisfacción. Había que admitir que así, afeitado y con el cabello desordenado, vistiendo simplemente vaqueros oscuros y una camisa, Lucifer se veía más joven y más guapo también. La parte de mí que había pensado eso se sintió estúpida al instante por haberlo hecho en un momento así. —Ven, levanté. Tenemos que hablar de un pequeño tema —dijo tendiéndome una mano que tomé sin pensarlo mucho. Aun me sentía extraña, confusa y hasta un poco mareada. Me ayudó con delicadeza y me llevó hacia uno de los sillones de la sala. Se sentó justo en frente de mí y me dedicó una sonrisa. —Bueno, querida Jane, el tiempo es poco y hay muchas cosas que explicar —juntó sus manos y continuó—. Primero que nada ese al que conociste recién es tu fan número uno, él te conoció en tu anterior vida y vino a vengarse porque no lo preferiste. Es algo muy mundano pero lamentablemente los demonios no estamos exentos de eso. —¿Por qué todos me siguen por mi vida anterior? Yo ahora soy una persona diferente —solté recordando lo que dijo Maimón acerca de matar a muchas personas. —Créeme que no eres tan diferente, pero las cosas que nos determinan son las situaciones por las que pasamos y como nos afrontamos a ellas —dijo con sus ojos mirándome, pero en realidad parecía estar perdido en sus pensamientos—. Y no es tan solo eso, los demonios siempre se han sentido atraídos hacia las brujas, desde la primera hasta la última que exista pasará, es algo inevitable—-su mirada se dirigió a la mía, era muy intensa y transmitía oscuros deseos. Me removí incómoda en el sillón y él pareció notarlo ya que sonrió triunfante. —Un ejemplo puede ser Asmodeo, el gran príncipe de la lujuria, una vez cayó enamorado de una bruja. Claro que no contaba con que Rafael lo enfrentaría ganándole. Incluso yo una vez me enamoré de una, aunque eso es cuento para otro día. Pero mi punto es cuídate, pequeña Jane, los demonios están detrás de ti —levantándose de su silla, acercó sus labios a mi oído—. Hasta yo soy capaz de romper mi débil promesa y querer tenerte. Aun estando sentada pude sentir como mis piernas se aflojaron, y mi respiración se hacía pesada. —Tiempo, Lucifer —avisó Uriel apareciendo por la puerta, sin Lavanda. —¿En dónde está Lavanda? —Pregunté con un poco de dificultad para respirar. —Ella está enterrada al lado de tu abuela, donde un familiar pertenece. —Respondió y pude sentir una lágrima cayendo por mi mejilla. —No te preocupes, cariño, está en un lugar mejor. —Uriel se acercó a mí y me abrazó. Su calidez proporcionaba seguridad y bienestar. —¡Jane! —Escuché un grito desesperado que provenía del marco de la puerta principal. Era Gabe que parecía muy asustada. Detrás de ella estaban los demonios que palidecieron al instante al ver a Lucifer.
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