Capítulo 4: Abaddona

1398 Words
Alex tomó todas las botellitas, plantas y lo que sea todo lo demás que Jane le trajo e de inmediato comenzó a mezclar, moler y picar. Dank se sentó en el sofá que estaba en frente del mío y me dedicó una sonrisa torcida. El ardor de mi pierna iba en aumento y comenzaba a doler y quemar. Se sentía horrible pero igual intentaba mantenerme serena. Luego de unos minutos, los más largos que alguna vez haya soportado, Alex llegó con un líquido azul cielo y una especie de crema verde en las manos. —Esto te va doler, arcángel. —Sonrió con malicia mientras se acercaba. Rodé los ojos e hice contacto visual con Jane quien estaba parada en el marco de la puerta de la cocina, que daba hacia la sala de estar en donde estábamos. Su expresión era pensativa y sus ojos estaban desenfocados. Me sentí un poco culpable, pero después lo resolvería. —Bien, tómate esto y resiste. —Dijo Alex tendiéndome el frasco con líquido color celeste. Tragué saliva, deslicé el líquido por mi garganta y apenas pude terminar de tragar  cuando sentí la crema siendo aplicada sobre mi herida. La pierna ya me ardía de por sí pero la crema me hizo sentir un dolor indescriptible, nunca en mis tantos años había sentido nada tan doloroso. Yo no era de reaccionar al dolor, pero mierda, en serio dolía, quemaba. Empecé a retorcerme y morder mi lengua para no soltar ningún sonido aunque no pude evitar que un grito ahogado se me escapara. Mantenía los ojos cerrados y trataba de aguantar lo mejor posible. De a poco comencé a sentir como mi pierna dejaba de arder y sólo me sentía adormecida, y también me percaté de que unas manos me tenían sujeta de los hombros pegándome al sofá, seguramente para que no me moviera. Abrí los ojos y era Dank, respire profundo y me soltó. Sus ojos hicieron contacto visual con los míos —sólo por unos segundos— y mi interior se revolvió. Era algo intrigante e inquietante que su mirada oscuro mantuviera la mía, y más aún cuando compartía información con él que Jane ignoraba. Una de mis misiones hace doscientos años fue bajar de los cielos para resolver un caso de una bruja que había abierto la puerta a dos príncipes del infierno. La bruja era Isabella, la vida anterior de la Jane actual. Conocí a Asmodeo y Belcebú mientras cumplían una misión encargada por ella. Para sus veinticinco años era una experta en la magia negra y manejaba los grimorios —o libros de brujería— a la perfección. Al final no alcancé a intervenir, el ángel de la muerte ya había marcado su alma y no quedaba nada más por hacer. —¿Gabrielle, estás bien? —Preguntó Dios y asentí con la cabeza mientras salía de mi ensoñación—. Eso es bueno, espero que te mejores rápido. Me retiro, tengo algunos asuntos pendientes —dijo y luego de una inclinación, desapareció. —Yo también o moriré infectado en esta casa —dijo Lucifer y salió casi corriendo. Nos miramos entre todos los que quedábamos en la sala unos minutos, pero nadie dijo nada. —Son las cinco de la mañana, quiero dormir —gruñó Jane antes de desaparecer por las escaleras. Todos seguimos sin hablar hasta que la puerta de la habitación de Jane se escuchó cerrar. —Es ella —dijo Alex más como una afirmación que como una pregunta. Con Dank compartimos una mirada y asentimos. —¿Ella sabe algo? —Preguntó con el ceño fruncido. —Dank abrió la boca y le dijo que la conoció en su vida pasada. Eso es todo. —Respondí mirando acusatoriamente al demonio que estaba frente a mí. —Sabes las reglas, Dank. No deberías haberlo hecho. —Sólo lo hice por molestar al arcángel. —Respondió quitándole importancia y encogiéndose de hombros. —No volveré a repetirte que si le haces algo que la perjudique haré que toda tu existencia se esparza por todo el puto infierno. —Amenazó Alex haciendo aparecer toda su presencia demoníaca en el lugar y que sus ojos tomen un brillo verde esmeralda sobrenatural. —Cálmense —ordené sentándome. Alex retomó su compostura de inmediato—. Mi amiga ya tiene suficiente con lo que ha pasado hoy —susurré y me volví a recostar en el sillón. Los dos murmuraron algo y tomaron asiento en el sofá del frente. Sin mucha dificultad — y sin poder evitarlo— empecé a sentirme adormecida, al igual que mis compañeros en frente. Pero en mi último suspiro semiconsciente sentí una presencia en la casa. No era ni ángel ni demonio, aunque si algo sobrenatural. Rápidamente puse todo mi esfuerzo en volver a la consciencia, de manera lenta me di cuenta de que la presencia estaba en la habitación de Jane y mi pecho se estrujó. Ella era como mi otra mitad. Todos mis sentidos se alertaron de golpe y salí corriendo hacia su habitación. En la puerta estaba Alex, quien me miró e hizo una seña de silencio. Fui tan rápida que ni siquiera me había percatado de que él ya no estaba en el sofá frente a mí. Fui a su lado y me susurró. —No hagas ruido o lo puedes espantar, —parecía estar esperando algo, hasta que abrió la puerta de golpe. Jane estaba allí dormida, y un chico rubio estaba sentando en la esquina de la cama, al lado de Jane. Él nos miró sorprendido con unos ojos verdes que reflejaban la tristeza más profunda. Parecía un adolescente común pero las alas negras que se veían detrás, en su espalda, demostraba lo contrario. Su expresión se suavizo cuando nos reconoció. —Baal. Gabrielle. —Dijo posando su mirada nostálgica en cada uno de nosotros–. Asmodeo —agregó llevando su mirada hasta la ventana, en donde estaba Dank. Probablemente Dank había aparecido en la ventana para que no escapara, pero al parecer no tenía intención alguna de huir. —Abaddona —susurré con nostalgia. Abadonna, el ángel al que engañaron para caer, el que pidió perdón y no fue disculpado. El ángel caído al que se le negó el cielo y él se negó a volver al infierno. El serafín arrepentido que se echó la culpa de la muerte de su amigo y hasta de la misma caída de Lucifer. También conocido como Abaddona, el arrepentido, o el seductor de suicidas. A veces podía recordar el resplandor de su existencia cuando era un ángel y relucía como todos. Mi corazón se partió. Jane se había intentado suicidar, por eso él estaba aquí. Aboddona era un presagio de muerte para los suicidas o quien los ayudaba a cruzar al otro lado. Alex corrió hacia su lado antes de que siquiera me pudiera mover, tomó a Jane, quien estaba inconsciente y lánguida, la llevó al baño y una vez allí lo ayude a poner su cara sobre el retrete. Le metí los dedos a la boca para que vomitara todo lo que sea que había tomado. Jane logró estar semiconsciente pero no tenía las fuerzas suficientes para volver a la cama, por lo que Alex la tomó en brazos de nuevo para recostarla. Abadonna ya se había ido. Soy un ángel que lleva un siglo viviendo con los humanos. He visto asesinados terribles, muertes grotescas y sido testigo de la pura y cruda desesperación humana, pero nada de eso me había preparado para ver a mi única mejor amiga, después de siglos sin relacionarme con humanos, querer suicidarse. Mi corazón, si es que tengo uno, se partió en mil pedazos y sabía que volver a juntar las piezas sería difícil ya que siempre se pierden algunas. Ver a Jane en su cama pálida y lánguida me hizo pensar que no quería perderla. No de nuevo. Antes de que pudiera controlarme lágrimas calientes recorrían mi rostro. Pensaba esconderme ya que, como el orgullo es cosa de humanos, la fortaleza es cosa de seres sobrenaturales. Abraza tu debilidad y serás más fuerte, es lo que llevo milenios enseñando a los mortales. Al fin y al cabo Gabrielle significa la fortaleza de Dios. Pero, mierda, estábamos hablando de mi mejor amiga. Me recosté al lado de Jane, tomé su mano fría y susurré. —Siempre te protegeré, mi otra mitad.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD