No dejaba de pensar en las palabras del querido hijo de mi jefa y eso solo estaba logrando que no pudiera concentrarme en mi trabajo. No dejaba repetir mentalmente sus palabras y solo causaba furia dentro de mí. Solté un suspiro y apoyé mi espalda en el respaldar de la silla antes de seguir con el manuscrito, pero nuevamente sus palabras continuaron haciendo estragos en mi cabeza así que me tomé esto como una pausa para no terminar volviéndome loca o incluso con una vena reventada gracias al esfuerzo que le estaba poniendo a sus palabras. Llevé mis manos a mi rostro y apoyé mis codos en el escritorio tratando de regular mi respiración ya que era más que obvio que sus palabras me habían afectado. ¿Quién se creía para decirme que mi ropa estaba horrible? ¿O incluso para decirme que estaba

