Capítulo — Entre la Confusión, la Ternura y el Miedo La madrugada se estiraba lenta en el hospital, como si el tiempo hubiera decidido moverse más despacio para torturar a Julieta. El silencio apenas era interrumpido por el goteo del suero y el pitido constante del monitor. Afuera, el pasillo olía a café y desinfectante, un contraste amargo que le revolvía el estómago. Ella, con los ojos hinchados de cansancio, permanecía sentada en aquella silla incómoda junto a la cama de Mateo. Toda la noche había estado allí, sin soltarle la mano, aunque el cuerpo le pesaba como plomo y los párpados le ardían. Mateo, recostado con la cabeza apoyada en la almohada y la barba rubia revuelta, tenía los ojos entreabiertos. Todavía estaba débil, pero esa fragilidad no impedía que buscara su contacto.

