Capítulo — El umbral de la verdad Mateo había golpeado la puerta con los nudillos tantas veces que la madera empezaba a dolerle en los huesos. El eco se expandía en la galería, rebotando contra las paredes blancas y perdiéndose en el aire fresco de la mañana. Su respiración estaba entrecortada, no por el esfuerzo, sino por la ansiedad que le mordía el pecho. El corazón latía fuerte, desacompasado, como si esperara que al abrirse aquella puerta apareciera ella. Julieta. La idea le había atravesado el alma desde que vio las botas negras alineadas junto a la puerta trasera. Ese detalle lo había dejado tambaleando: botas pequeñas, embarradas pero prolijas, puestas derechitas como sólo ella sabía hacerlo. No era costumbre de cualquier mujer. Era de Julieta. Ella nunca dejaba nada fuera de lu

