Capítulo —Los latidos del secreto Don Eusebio la despidió esa mañana como si se le fuera un pedazo de vida. Estaban en la galería, el mate ya lavado en la mesa, y el viejo la miraba con esos ojos llenos de cariño que ella había aprendido a reconocer. —Mija… espero que vuelva pronto —le dijo con voz grave, aunque la sonrisa intentaba ocultar la nostalgia. Julieta lo abrazó con fuerza, como se abraza a un padre que se gana todos los días el lugar en el corazón. —Claro que sí, don Eusebio. Tengo que pasar por mi casa a buscar unas ropas, la computadora… algunas cositas. Voy a necesitar empezar a buscar trabajo otra vez. El viejo le acarició la espalda con una palmada lenta, de esas que consuelan y reafirman. —Vaya, mija, pero ahora no se preocupe por lo que necesite. Si tiene plata par

