Capítulo — La decisión del barbudo Mateo llevaba noches con el sueño roto. Desde que volvió a la hacienda, cada vez que cerraba los ojos aparecía ella: Julieta, con su perfume clavado en la almohada que había dejado atrás, con su voz que lo llamaba entre suspiros. Al principio eran recuerdos dulces, después se volvieron sueños inquietos, tan reales que lo dejaban con el corazón galopando como un potrillo desbocado.No se reconocía estuvo años con abstinencia y ahora parecía un adolescente en pleno reconocimiento de su cuerpo. El cuarto olía a madera y a ese jabón rústico que no alcanzaba para borrar la ansiedad. Se pasó la mano por la barba, caminó dos, tres vueltas alrededor de la cama, como un animal enjaulado. Afuera, los teros gritaban a lo lejos; adentro, su respiración se enredaba c

