I - II: Solo el amor duele así

4951 Words
Fue un miércoles a mitad del verano cuando lo conoció. Tenía diez años. La casa al lado de la suya y con la cuál compartía un patio estuvo desocupada por meses, hasta que un día, camiones de mudanza comenzaron a llegar. Toda una semana descargando cajas, hasta que al final, llegó una familia de cuatro, los padres y dos hijos. Rebeca tenía su cuarto en el piso de arriba con una ventana que le daba una vista completa a dicho patio y a la otra casa. Miraba por su ventana cuando la familia que se mudaba bajó de un auto fiat color azul. La señora era bajita, de cabello n***o y facciones redondeadas. Iba acompañada de dos chicos muy parecidos al señor que iba a su lado, los tres mucho más altos que ella. Rebeca no pudo evitar reírse. —¡Baja de ahí, Rebeca! -La madre de ella gritaba y seguramente era para que fuera a comer. Así que la niña solo obedeció y encontró a su mamá en la cocina. —Ven a comer que se enfría la sopa. -Rebeca hizo una mueca de asco, ella odiaba a morirse la sopa pero tenía que tomársela porque si no lo hacía, el regaño que vendría sobre ella sería magistral. —Ya llegaron los nuevos vecinos. -Dijo sentándose a la mesa y usando su cucharilla para menear aquel caldo en el tazón. —Mamá ¿Puedo comer otra cosa? —Termina tu sopa y luego comes paella. Es importante que te alimentes bien, estás en crecimiento, la sopa es nutritiva. -Aquel era el argumento favorito de Maya, la madre de Rebeca, y sin rechistar, la niña comenzó a comer. En su mente pensaba en lo injusto que todo era, pues sus hermanos podían saltarse la sopa e ir directo a la paella, de hecho sus hermanos podían hacer lo que quisieran porque “eran varones”, cómo ella era una nena, debía comportarse como señorita todo el tiempo, nada de reírse a carcajadas, gritar, caerse, jugar con tierra, nada de estar despeinada, o morderse las uñas cuando estaba nerviosa. Tenía que aspirar a ser perfecta, cuando en el fondo, Rebeca sabía que le encantaba ser original. —Y otra cosa, no quiero que estés espiando a los vecinos desde tu ventana. -Rebeca asintió y vio a sus hermanos, Raúl y Angelo llegar como huracanes a la mesa, apenas y lavándose las manos pero asquerosos, sudados y con la ropa llena de tierra por haber estado jugando fútbol en el patio. A Rebeca le parecía demasiado injusto, si ella llegaba así a casa, mínimo tenía una tarde de castigo. —Esto está buenísimo má. -Dijo uno de los hermanos de la niña mientras ella solo tomaba su sopa. Terminó de comer y decidió que había sido suficiente. —¿No vas a querer tu paella? -La niña negó y sonrió. -—Bueno. —¿Puedo salir al patio a leer un rato? -Maya asintió y Rebeca se levantó a lavarse las manos, luego de hacerlo, solo fue por un libro de cuentos a su habitación y salió al patio a sentarse en un columpio para leer. No había pasado mucho cuando alguien le lanzó una pelota a la cara y le tiró el libro. —¡Oye! ¿Qué te pasa? -Era uno de los muchachos que había llegado a la casa de al lado, usaba unos pantalones color caqui, una camisa del Real Madrid y una gorra echada hacía atrás. Rebeca rodó los ojos y se dignó a recoger su libro antes de comportarse como una auténtica loca y golpearlo. —Tienes que disculparte. —¿Crees que me voy a disculpar con una niña? -La voz de aquel chico sonaba igual a la de sus hermanos. Ellos creían que seguramente, por estarles cambiando en plena adolescencia se escuchaban varoniles y machotes, pero lo cierto es que en oídos de Rebeca (y seguramente de todas las niñas) solo sonaban como pollos de hule. —Ja, fue una buena puntería, ¿No crees? —Lo que creo es que eres un idiota. -Rebeca lo miró con dignidad y decidió que, aunque era mejor entrar a la casa y evitar que ella peleara con un extraño, aquel también era su patio y tenía derecho de quedarse. —Si no te vas a comportar puedes volver a tu casa. Aunque si decides quedarte aquí puede pasarte algo muy malo. —Estabas leyendo un libro de cuentos ¿Cuántos años tienes? ¿Cinco? -Rebeca no se iba a poner a discutir con aquel muchacho, tenía diez y lucía como de su edad. Llevaba el cabello largo en una trenza, zapatillas, una falda de mezclilla que le cubría hasta la rodilla y una camisa con un cardigan rosa. —Tal vez sea muy avanzado para ti, que parece que no sabes leer. -Contestó la niña y sonrió. —Sí vas a quedarte, entonces cállate. Si al golpearme pretendías que me fuera no te va a resultar, porque yo llegué primero y tengo derecho de estar en este jardín tanto como tú. -Volvió a sentarse en su columpio vigilando los movimientos del chico. Vió como volvía a sujetar su balón y lo pateaba practicando. El silencio reinaba entre los dos, y cuando pasó la página notó como se acercaba y le extendía la mano. —¿Qué haces? —Me presento. Me llamo Gadiel Loaiza, señorita. ¿Cómo te llamas tú? -Rebeca de inmediato pensó que aquel chico debía ser bipolar porque hacía solo quince minutos la había golpeado con un balón. —Rebeca Sánchez. -Contestó y le tomó la mano viendo su sonrisa. —Es bueno conocerte. Bienvenido, supongo. -Dijo y lo soltó rápido para volver a su libro. —Ahora somos vecinos. ¿Qué edad tienes? Yo tengo doce. —Diez. ¿No te estás portando como alguien de seis al hacer tantas preguntas? Intento leer, si te quedas callado es mejor para mi porque así me concentro en mi libro. —Lee en voz alta, a mi no me gusta leer, pero sí escuchar. -Rebeca negó, aquello era mala idea en muchos sentidos. La cubierta decía “CUENTOS CLÁSICOS”, pero el interior era un libro completamente diferente, una novela para mayores de dieciséis llamada: “Eres mía, pequeña”. Estaba en el estante de su casa por alguna razón y ella solo la había comenzado a leer una noche estaba aburrida. —No seas aburrida. —No puedo leer en voz alta, me trabo. -Mejor que creyera que se volvía una tartamuda a que notara que clase de cosas estaba leyendo. —Me tengo que ir. -Rebeca rápido se levantó y dejó solo al muchacho volviendo a entrar a su casa mientras abrazaba el libro contra su pecho. *** —Dios. ¿Nunca vas a olvidarte de eso? -Rebeca rió y se echó un mechón de cabello tras su oreja mientras estaba sentada a la mesa con Gadiel. Habían quedado de compartir un café y aquella mañana decidieron encontrarse antes de que él se fuera a Jerez. —No, jamás. ¿Recuerdas que subí por ese árbol que daba a tu ventana cuando no quisiste leerme un cuento? Después me dijiste que era lectura para niñas. Y no quisiste contarme nada. —Fuiste abusivo cuando entraste en mi cuarto. Aún no te disculpas por eso. -Bebió de su café y Gadiel, al frente de ella solo rió. —Jamás te dije que entraras. —Ya lo sé. Pero tenía doce y era bastante tonto. Compartía jardín con la casa de al lado, tu casa, y todos los días salías de ahí tan bonita, tan tierna, que no sé… eso me llevaba a hablarte. –Rebeca lo miró, era increíble como nada había cambiado entre los dos. Un nuevo recuerdo apareció en su mente llevándola directo al pasado. *** —¿Es necesario que aprenda a tocar el piano? –Ella no quería ir, prefería quedarse en casa antes de echarse un viaje de una hora hasta una escuela de música pero su madre insistía en que debía aprender aunque sea un instrumento. Y ni siquiera era el instrumento que ella quería, le gustaba la flauta transversal pero de nuevo, en su casa se hacía lo que su mamá decía. —Sí es necesario. Es mejor que vayas a que estés aquí ociosa leyendo en esa habitación. Raúl también irá, lo inscribí en guitarra. –Terminaba de peinar a su hija y luego de hacerle una coleta alta le completó el estilo con un lazo. —Listo princesa, ya está. –Su madre los llevaba a clases de piano y guitarra, pasaba una hora de compras y volvía para cuando ellos terminaban, una rutina aburrida para Rebeca. Era de noche cuando Gadiel subía por su ventana. Ya tenía once años y él trece, sonrió al verlo en la rama del árbol que daba a su ventana. —Hola. –Lo saludó y sonrió. Desde su primer encuentro se habían hecho amigos. Hablaban de todo en el patio mientras se recostaban en el césped y veían el cielo. Cuando no estaba la mamá de Rebeca jugaban a la pelota o saltaban la cuerda. Habían conversado acerca de sueños y de que quería ser cada uno en el futuro. Y hasta ese entonces no habían sido descubiertos. —¿Cómo estás? —Mal, no te ví en todo el día. –Se rió viéndola y le lanzó algunas hojitas del árbol encima. —¿Dónde estuviste? Hoy no hay escuela, y de hecho, no lo hay por todo el verano. —Escuela de música, ahora práctico piano. Debo ir y a mí me aburre soberanamente. —¿Por qué siempre tienes palabras tan rimbombantes? Y que conste, esa la aprendí de ti. —¿De quién más sería si no? –Rebeca sonrió y lo miró. —Desearía que estuvieras ahí. No sería tan aburrido ir. —¿Y cómo te tratan ahí? —Bien, pero no es como si eso bastara para ir. –Rebeca no se dió cuenta de la expresión que ponía Gadiel. La sorpresa se la llevó una semana luego. —¡Apúrate Rebeca! ¡Nos van a dejar! —¿Dejar? ¿Quienes? –Se terminaba de poner sus medias y sus converses de color rosa que combinaban con su overall y bajó viendo a su mamá hablar con la vecina. —Asbel y Gadiel también son músicos, Asbel toca el piano y Gadiel la guitarra, como nos enteramos de que sus hijos van también a una escuela de música, le pregunté a su hijo, Raúl, cuál era. –Maya le servía una taza de café a Ofelia y la mamá de sus vecinos agradecía. —Cómo le contaba, nos dió el nombre y ahora todos van a la misma escuela de música. Es bueno que practiquen. —Eso digo yo. –Rebeca veía a su mamá, Maya lucía feliz, como si hubiera encontrado su alma gemela. —Rebeca no quería ir. —Una señorita tan linda debería aprender a tocar un instrumento. Es lo que yo opino. –Ofelia miró a Rebeca y sonrió. —Que bonita estás. –Ella quería preguntar de qué se perdió pero sabía que su mamá le pegaría por interrumpir una conversación de adultos, así que solo sonrió a lo que le dijo la mamá de Gadiel y asintió. —Rebeca, espera en el patio con tus cosas. Tu hermano y los hijos de Ofelia están ahí. –Rebeca obedeció y fue cuando entendió lo que estaba pasando. El hermano mayor de Gadiel, Asbel, tenía las llaves del auto con dieciséis años, ya tenía su licencia y podía conducir con un adulto acompañándole. Gadiel llevaba su guitarra igual que Raúl, su hermano. —¿Tú nos vas a lle–var? –Preguntó nerviosa a Asbel quien solo le daba vueltas a las llaves en un dedo. Él asintió, era más callado que su hermano. —Gracias. —Sí, gracias. Agradece Rebeca, los hombres te solucionamos la vida. —Cállate, Raúl. –Rebeca vió a Gadiel quien le guiñó un ojo y ella sonrió. Le había mencionado aquello solo por desahogarse, pero con ese gesto supo que había sido su idea asistir a las mismas actividades de verano. —No sabía que tocaras guitarra. —Tú nunca preguntaste. –Rebeca le sacó la lengua a Gadiel y juntos esperaron a sus madres. En el auto de los vecinos se fueron a su escuela y por primera vez, Rebeca no se durmió la hora de camino de su casa al instituto. *** —¿Qué no querías ser escritora? ¿Cómo es que terminaste siendo abogada? –Gadiel pedía otro café y un panecillo, miraba a Rebeca y ella solo negó. —Te dijeron lo mismo que a mí, ¿Cierto? Que no era una carrera lucrativa. —No, yo decidí cambiar mi especialidad. Yo iba a preguntar eso. Recordé cuando íbamos a Muziart. Tú tocabas la guitarra como un Dios de las Guitarras. —Ja, ¿Dios? No, no tanto. Tenía mucho que aprender. Tu hermano era mucho mejor, dominó el fingerstyle primero que yo, era más dedicado. Lo mío era fiebre. —Yo te consideraba bueno, pero como sea. Tú dijiste que querías ser músico. ¿Cómo es que ahora manejas los negocios de tu familia? ¿Y Asbel? Es el mayor, ¿No debía heredar todo eso? Toda su cadena de negocios y lo que tuvieran. Tu papá era como un narco. Siempre tenía dinero y algo nuevo surgiendo por ahí. Tiendas de instrumentos, almacén de ropa, papelerías, una farmacia. Dios, que locura. —Sí, pero no quiso. Papá aceptó, y dijo que si yo quería podía. Y quise, y pude. Aún toco la guitarra en casa. Pero me reúno con proveedores nacionales para surtir algunas tiendas. Él maneja las que le gustan, yo tengo los almacenes… —Suena muy importante ¿Y qué estudiaste? —Todo lo referente a administración de recursos, soy licenciado en Administración. —Y yo abogada. Si alguna vez necesitas redactar un contrato, llámame, estoy calificada, haré un post-grado en derecho mercantil, aunque aún no lo decido. No sé si es lo que yo quiera hacer. —Lo que hagas, saldrá bien. Lo sé. –Seguían hablando de todo y el tiempo se les fue. Gadiel acompañó a Rebeca a su casa y se despidieron quedando en que seguirían hablando luego, no perderían el contacto. En su casa, Rebeca fue justamente a su armario a buscar algo que creyó olvidado. Su diario y el sitio donde escribía todo lo que su corazón imaginaba. *** Sucedió a sus quince años. Los Loaiza y los Sánchez se habían vuelto amigos además de vecinos, por lo que Rebeca y Gadiel no ocultaban su amistad. Iban juntos a la playa incluso. Ofelia y Maya se hicieron amigas y disfrutaban de coser juntas, Hernán Sánchez y Asbel Loaiza (padre) hablaban de carreras de caballo. Sus hermanos se llevaban de maravillas. Lo único malo que a Rebeca no le gustaba es que al ser la “niña”, tenía que mantener su distancia de los varones. Pero lo que más le agradaba era que Gadiel siempre buscaba la manera de incluirla en la conversación. —Pero eso de los robots no es factible, pueden dominar el mundo ¿No crees, Rebeca? -Ella no había oído mucho, se encontraba en bañador mirando el mar mientras Asbel, Angelo y Raúl hablaban de la última película de Terminator. —Vamos, di algo. —Paso. -Cada vez se había vuelto más cohibida con él. No porque le tuviera miedo, sino porque cada vez más sentía cosas que no podía controlar. Él teniendo diecisiete se había puesto increíblemente guapo. Sus músculos, su cabello n***o, el tatuaje que se hizo en el antebrazo. El corazón se le aceleraba de una forma que le daba miedo. Decidió levantarse de la arena donde estaba y meterse al agua a nadar un rato. Alcanzó una roca en el mar y se sentó sintiendo el viento, escuchaba el sonido de las gaviotas, y por unos minutos estuvo en calma, hasta que alguien le salpicó agua a la cara. —¡GADIEL! —Tú con tu actitud me están jodiendo la tarde, quiero saber que te pasa, no puedes estar en una playa así de molesta o triste, así que habla. -Rebeca lo miró y negó antes de que él le volviera a salpicar agua. —Rebeca, si no me dices haré esto todo el día. —¡Bien! Me gusta alguien. ¿Contento? -Así lo admitió, solo que no le dijo que era él quien le gustaba. Lo pensaba a cada rato. Gadiel sonrió y se subió a la roca con ella. —¿Qué? —Es un bastardo con suerte, seguro. ¿Ya le dijiste a él? -”Sí”. Pensó Rebeca, pero su cabeza negó. —¿Y? ¿Por qué no? Eres muy guapa. Lo digo como amigo. —¿Tú has tenido sexo? -Gadiel se echó a reír como un poseso mientras Rebeca se ponía roja. —Yo sé que sí. -Y eso le dolía tenía que admitirlo. Estaba enamorada de él y quería tener el lugar de esas otras chicas que se lo follaban. —Te gusta entonces experimentado. Wow. ¿Cuál es el problema? Sigo sin verlo, ilúminame. —Nada, ninguno. Mejor dime. Tú vas de flor en flor. —No me gusta como lo estás poniendo. -Dijo Gadiel mirándola. —Las chicas con las que he tenido algo no alcanzan las diez todavía. Son como… —Son siete. Pero solo es sexo ¿No? Cuéntame como es eso. -Lo vió toser y ponerse rojo y rió. —Dios mío, es algo simple ¿No? ¿Ahora quien se pone nervioso? —Eres mi amiga, pero no abuses. Okay, es algo muy físico. Hay puntos exactos en cada cuerpo que… te ponen como un loco. Ejemplo, si tú vinieras y comenzaras a besarme el cuello y a tocarme, pues… tendría una erección. Yo podría tocarte a ti, suave, de esta manera. ¿Puedo? -Rebeca asintió y dejó que él pasara las puntas de sus dedos por su cuello hasta bajarla hasta su espalda baja, la otra de sus manos iba subiendo por su rodilla suavemente y hasta su muslo y Rebeca intentó probar que tanto lo podía provocar. Extendió su mano sobre la pierna de Gadiel y lo miró a los ojos mientras subía cerca de su ingle. Lo vió tragar saliva y luego soltarla. —Vas entendiendo. ¿Sentiste eso? -Si se refería a la electricidad que ahora corría por su cuerpo pues sí. Asintió y sintió sus pezones endurecidos y como se marcaban en la tela de su bañador. —Cre-creo que… Fue suficiente la clase. -Dijo antes de meterse al agua fría apenada y lo miró algo roja. —Gracias por decirme eso. —¿Lo pondrás en práctica con tu hombre misterioso? -Rebeca notaba como Gadiel tenía la voz más ronca y tragó saliva al notar una ligera erección. Sonaba celoso y eso le gustaba. —Respóndeme algo. ¿Sí? —Mientras no sea otra cosa s****l. -Rebeca negó, quería una señal más contundente. —¿Qué le dirás? —¿A quién? —Formulé mal mi pregunta. ¿Y qué le dirás a la chica que te enamore cuando creas que es la indicada? Gadiel sonrió mirándola. —Pienso enamorarte con cada suspiro, adorar tu piel, y darte un beso en cada lunar que tengas, en el lugar donde lo tengas. -Rebeca ahogó un jadeo al escuchar esas palabras y solo sonrió. —Eso suena románticamente perfecto. —Gracias. -El día en la playa pasó bien, comieron brochetas, vieron cangrejos, pasearon en lancha y nadie volvió a mencionar lo que pasó en la roca o que se dijeron. Al llegar a casa Rebeca había tomado una decisión. Gadiel sería su primera vez. *** Vió aquel cuaderno decorado con cintas y lo abrió sentándose en su cama. Todos sus sueños ahí plasmados. Leyó el sueño erótico que había tenido el día luego de la playa. Su cuerpo tenía lunares así que imaginó a Gadiel beśandolos todos, desde el que tenía a la altura de su boca, pasando por los de su cuello, deteniéndose un largo rato en el que tenía en el pecho derecho, luego su abdomen, tres al lado del ombligo, su muslo, muy cerca de su intimidad. Aquella noche había reconocido el deseo s****l de ambos, pues él también había estallado esa vez que lo tocó de un modo diferente. Querido diario: Conozco un príncipe. Siempre que he estado en aprietos o simplemente aburrida él ha ido a salvarme. Recuerdo cada ocasión. Un día, ocultos de mi mamá, pateé un balón y rompí la maceta de begonias. Estaba aterrada por el regaño que me darían, pero él se puso en mi lugar. Ha venido a visitarme cada noche en mi ventana y hablamos, somos mejores amigos. También fue a la misma escuela de música que yo, solo porque le dije que sería mejor con él. Tengo tantos celos de esas chicas que están detrás de él, yo quiero que me mire a mi. Tuve un sueño, me dijo algo en la playa que quedará grabado por siempre en mi mente y corazón. “Pienso enamorarte con cada suspiro, adorar tu piel, y darte un beso en cada lunar que tengas, en el lugar donde lo tengas”. Eso me ha hecho imaginar cosas. ¿Cómo sería ser suya y que cumpla esa promesa indirecta? Yo sé que me lo dijo a mi, no puede ser solo una casualidad que solo conmigo sea diferente. Yo sé que me ama. El sueño ocurrió así, era la orilla de la playa, estaba en mi bikini violeta y a veces entraba al mar, jugando con la espuma. Estábamos solos, él se acercó a decirme que era igual a Venus, pues nacía del mar y era una hermosura. Siendo así, él es el Dios Marte. Entre el amor y la guerra todo se vale y aunque él esté con otras, sé que yo seré quien se quede con él. Nos besamos justo en el agua, todo a mi alrededor cambió y ya no era el océano, era una gran habitación de color rojo. Yo me sentía apenada porque ya no tenía ninguna prenda y mi cuerpo estaba desnudo frente a él. Cumplió su promesa, un beso en cada lunar de mi piel. Y no solo uno, varios. No puedo contar mucho más porque tengo miedo de que alguien lea mis palabras, pero vivirán grabadas en mi corazón. Pasó la página encontrándose con otra carta que pensaba darle y lo habría hecho de no haber aparecido Elisa Vives. Una pianista como ella que iba a su misma clase de música, y que ahora era la esposa de Gadiel. "Cuando los escritores nos enamoramos solemos volver inmortal a la persona amada, no para que nunca la veamos morir, sino para que viva en los labios de cada persona que la lea. Déjame confesarte una cosa que me tiene el alma en un hilo. Como mujer me da vergüenza admitirlo porque en nuestra sociedad es mal visto, pero, me enamoré de ti, al momento que tuve la idea de crear un mundo contigo. Te inmortalicé, te hice mi historia de amor perfecta, con un poco de drama en muchos capítulos, con el típico cliché de que el amor siempre triunfa. Mis profesores cada vez más aplaudían mis osadías de escribirte. Te volviste un personaje favorito y amado por todos, incluyéndome. Hasta aquel día, en donde todo dejó de ser ficción. Fue lo mejor de mi vida que te acercarás a mí, que rompieras mis barreras, la historia de mi amor contigo dejaba de estar entre páginas para saltar a la realidad, mi hermosa y tormentosa realidad. Conforme pasa el tiempo contigo te escribía más cosas, más poemas, más historias, más cartas, cada una de ellas con un trozo de alma, con la esperanza de que no solo mis palabras, salidas de mi boca, dijeran cuanto te amo y te amaré, sino que también mis letras te dijeran todo aquello en otro tono… Me encantaba hacerlo, unía dos de mis pasiones, mi amor por las letras y mi amor por ti. Brindo por la amistad que nos unió, por el amor que surgió, por las letras inspiradas que causaste y la revolución que me provocaste, te agradezco, porque estoy aprendiendo por qué las grandes tormentas llevan nombres de personas, por enseñarme que el amor debe ser grande en tiempo y magnitud, lindo, especial, grotesco de alguna forma, rebelde, romántico y totalmente electrizante. Adoro cada segundo que vivo a tu lado, aunque las peleas aparezcan, aunque el mundo vaya en contra del amor que te profeso, mis promesas se mantendrán intactas. Te amaré, siempre, en cada momento, con cada trozo de mí. Lo verás en cada letra, en cada carta, en cada canción. Lo verás en nuestra historia, que a falta de magia está llena de realidad. Lo verás en cada nube, en el color azul, en el gris, en la luna. Lo verás y lo sentirás cuando veas mis fotografías, cuando escribas tus sueños que también se han vuelto míos. Estaré en cada lugar y en todo momento dentro de ti porque de todo el mundo, mi hogar es tu corazón. Amo nuestro amor de letras, amo nuestra historia plasmada con tinta en el corazón de los artistas, amo la forma espontánea en la que todo surge más y más entre tú y yo… Amo todo de ti, y amo el saber que no era tan descabellado quien creía en las almas gemelas. Espero que leerme te cause una sonrisa, espero que regreses pronto a mis brazos porque la distancia es una cruel compañía aunque intensifiquen mis amores contigo, espero que sientas mi amor por ti a cada paso que des… Nuestra historia es inmortal… Somos inmortales, y por toda mi eternidad, te amaré, te buscaré y te encontraré cada vez que renazca en el alma de otro lector, en cada estrella, en cada beso… En cada parte de ti. Y al igual que mi historia, yo seré quien te haga feliz en cada faceta de tu vida, seré quien te adore con toda el alma, que te haga conocer el cielo, quien te haga pecar con toda la intención, quien te enseñe los besos de papel y las caricias de tinta, quien te haga tener un verdadero amor entre páginas." Y aquel fue el inicio de una historia que jamás salió del papel. —Ya basta de recordar tonterías, Rebeca. –Arrancó la página para lanzarla a la chimenea y quemarla, aunque sabía que no serviría de nada pues recordaba cada palabra, las grabó con fuego en su memoria, y en cada cicatriz de su corazón. —Un beso en cada lunar que tengas, en el lugar donde lo tengas. –Recordó con una claridad impresionante que cuando Gadiel comenzó a salir con Elisa, ella se había buscado el calor de alguien más, un amigo de la escuela, último año de secundaria y le pidió aquel favor. Estaba ahí, en su memoria. Un recorrido entero de su cuerpo que le borrase a Gadiel para siempre, una manera de exorcizar de sí misma un amor que jamás llegó a nada. Las caricias de Erick no hicieron más que intensificar aquellas ganas locas de que fuera el amor de su niñez. Los besos, si cerraba los ojos con fuerza, podía sentir que era Gadiel, solo que, al abrir los ojos, no era él, sino otro hombre, uno diferente que la amaba, pero ella, por desgracia, no. No se sentía bien mentir, pero sabía que Erick no se merecía un desprecio, dio todo de sí para enamorarse hasta la locura de él. –Rebeca, ¿Por qué siento que cada vez más te alejas? -Lo siento Erick, ando distraída. ¡Mucho! –Nunca encontrarás las palabras correctas para decirle a la persona que te ama que amas a alguien más… Así que lo evades. Mientras Erick luchaba por mantener a Rebeca enamorada, ella miraba la vida de cuento que llevaba Gadiel y Elisa. Su noviazgo era perfecto, como de una novela salida de los años sesenta, o tal vez cincuenta. Se tomaban de la mano, él de daba flores, sus detalles eran únicos y envidiables. Mirarlos era desear ser Elisa. No podía seguir con aquella situación extraña en donde estaba con alguien y su corazón estaba con otro. La despedida con Erick fue algo que marcó su existencia. Aquella noche, en cuanto la verdad salió a la luz y ambos corazones acabaron en el suelo siendo presos de un dolor agobiante, se entregaron en cuerpo en una última vez. Para tratar de sanarlo, Rebeca dio sus manos a las caricias más suaves que alguna vez otorgó, para asegurarse de que sus recuerdos serían permanentes, aquella fusión lenta, arrolladora, fue la más honesta que tuvieron en su vida. Un adiós como un sello en la piel. –Rebeca… -Erick… Lamento haberte usado. -No tienes que sentirte culpable… Diste todo lo que pudiste dar. Solo prométeme algo… Inténtalo. - ¿Intentarlo? Erick, está con otra chica. –Se miraron con cierta pena. –y está muy feliz con ella. -Solo sé que aquello que no se confiesa… termina destrozándote. ¿Y acaso ya no lo ha hecho? -Lo ha hecho. –La chica suspiró dándole un último abrazo a Erick. –Gracias, por amarme. -Espero Rebeca… que algún día tengas eso que quieres, unos verdaderos besos en cada lunar que tienes, en el lugar donde los tienes…
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