Salí de la hacienda junto a ella, iba concentrado en el volante cuando la mano de ella se posó sobre la mía. Aquel contacto hizo estremecer cada músculo de mi cuerpo, la miré por un segundo y la volví a ver sonreír, si, estaba sonriendo como hace años no lo hacía, el brillo en sus ojos reflejaba la alegría que la embargaba. Aunque me costara la vida, yo le entregaría a nuestro hijo para que ella pueda ser feliz siempre, así sea sin mi. Llegamos a la empresa y rompí la caja fuerte, saqué todo el dinero que se encontraba ahí. —¿Cuánto hay? —Un millón y medio—, dije y saqué mi móvil. Seguido llamé al abuelo que me diera el poder de retirar más dinero y así completar los dos millones que pedía. Cuando recibí su aprobación empecé con los trámites. Aquella noche la pasamos en vela, esperando

